3 de septiembre de 2025

¡Sacalo!




   Nos juntamos con las chicas en la calle a jugar al saltapié. La pelota poseída por el viento, nos burlaba. En una ráfaga insulté a Natalia: su pelo molesto para todo, me ponía nervioso. Se llamaba Natalia Acosta, alta, morocha, de ojos negros, era capaz de partirte una costilla si le daba por patearte.
   Le molestó el insulto, le vi los tendones del cuello. Lo dejó pasar con esa mirada de advertencia tan temida. Fue un impulso, jamás la hubiera provocado. Después la pelota me dio en la cara.
   —Boludo — explotó.
   —¡Chupame un huevo! —contesté de memoria.
   —¡Sacalo!
   Todos enmudecieron. En séptimo grado fingíamos madurez. La mueca de fastidio minimizaba esos retruques. “Ser grande” significaba perdonar, evitar y dejar pasar las peleas y ante la duda, ceder al rival. Como cuando Nico (el del colegio técnico) le partió el ladrillo en la cabeza a Mariano, y él (lleno de sangre) lo rebajó de pies a cabeza levantando las cejas sorprendido ante la bajeza del oponente. Nunca entendí esa moda. Natalia jamás adhirió a ese estilo. Decir “Sacalo” era un compromiso.
   —Ahora no —le dije— , estamos en el partido.
   —Cagón.
   —No soy ningún cagón.
   —Bueno, dale, sacalo después del partido.
   Los chicos miraron el piso, no jodía.
   —Después del partido lo saco, vas a ver.
   Jugamos dos o tres puntos más, y cayó el agua. Corrimos cada uno a su casa. Antes de abrir la puerta, la vi ante la suya, al frente.
   Con el mate en la mano en pleno apagón, mi madre encendió la vela. Por la ventana del lavadero vi la luz tintineante de la vela opuesta, en la ventana del lavadero de la casa de Natalia. ¿Se asomada también hacia la lluvia, intranquila? No creo, no analizaba las cosas.
   En el colegio tocaba Taller de Música. La señorita Marta, como yo iba a quinto año de guitarra, me nombró coordinador, dictaba las clases. Cuando los vi venir por el pasillo, me tiré abajo de la mesa grande del salón. ¡Natalia iba al Taller, lo había olvidado! Se sentaron arriba y abrieron los cuadernos, conversaban. Acurrucado entre las cajas de libros, controlé el volumen de la respiración para que no me oigan. Al rato, los varones se fueron y las chicas charlaron de motos de chicos más grandes, de otros colegios, del boliche del pueblo vecino y de cuándo les venía. Luego bajaron y se fueron. Traté de frenar el miedo. Pero Natalia no iba a olvidar mi promesa. Una vez Guillermo le dijo que bajara los pantalones a tomar agua, un chiste para quién tuviera los pantalones muy cortos. A los días, en la pileta, adelante de todos, ella lo encaró y le dobló el dedo obligándolo a arrodillarse. En otra ocasión el Loro (cinturón naranja) la desafió, y ella lo toreó “Venite”. Y el Loro se cagó. Natalia era el terror de los agrandados.
   En el almuerzo ni probé los fideos. El temor no sólo me lo producía sacárselo, sino que estuvieran los amigos, o las otras chicas. ¿Y si la tarada me lo chupaba?
   A la siesta fui a la pileta con miedo. A veces iban Natalia y el primo. Subí al trampolín y me senté en la tabla para poder verla venir. A las siete avanzaron las nubes negras. Tragué casi entero el pancho y volví a casa a planear algo. La hora de la cena llegó rápido, comimos pizza fría en el jardín. A las diez salió Sarandieri y marcó con tiza la calle como cancha de Tenis. Las nubes ya estaban sobre nosotros. Cuando Sarandieri terminó, lo llamó a Mariano a jugar. Después salieron las chicas. Natalia no. Los árboles anunciaron la tormenta con bamboleos autistas.
   Fui a buscar la paleta y jugué dos partidos. Perdí uno, al otro lo gané y pasé a la final. Era difícil con el viento. Venía una grande del sur. Ahí llegó Natalia. Nadie hablaba. Peleamos por los puntos, la línea dibujada torcida. De la nada, o esperándolo todo el día, Cintia dijo:
   —Che, Natalia se lo tiene que chupar al Lelo. De anoche, ¿se acuerdan?
   Y de nuevo el silencio. No había otra, me hice el macho.
   —Sí, Naty —le dije— , no te hagas la viva. Después el cagón soy yo.
   —Bueno, dale, sacala.
   —No, acá no.
   —Bueno, crucémonos al campito…
   Cruzamos.
   Encontré un lugar de yuyos altos, capaces de tapar un poco. Tronaba cerca ya. Natalia, de frente y más alta que nunca, no descuidó un segundo la mirada. Me bajé los pantalones de un tirón. Miró abajo. Debe haber visto el racimo hirsuto y pobre, el colgajo insignificante y áspero, camuflado entre los arbustos.
   Caían las primeras gotas.
   —Bueno… —dijo, pegó la vuelta y cruzó la calle hacia los chicos.
   Mientras me subía los pantalones, la vi correr de espaldas: un trote largo, como si la tormenta la abrazara.


Este cuento apareció por primera vez en la revista No-retornable, Buenos Aires, 2011

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