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2 de diciembre de 2025

Lo que se dijo de mi literatura en tiempo de Los Muertos




"Cartografía de lo doméstico y la calle, personajes que son las mismo tiempo conocidos y extraños como el heimlich freudiano. Pablo Giordano trabaja con una lupa, con una pinza y con un grabador-reproductor de voces. Sus relatos son ágiles, livianos, directos, pero también microscópicos, duros, astillados como un insecto de vidrio que nos mira". Juan Terranova.

"Siluetas de Simulcop es un relato límpido, con diálogos precisos y final muy logrado". Gabriel Báñez.


"Hay algo indefinible en la prosa de Pablo Giordano que hace pensa en lo argentino esencial: aquello que está lejos de lo aparente porteño, la farsa, el embuste, la presunción. Su escritura es juvenil, pero posee una madurez definitiva". 
Marco Tulio Aguilera Garramuño.

"Pablo Giordano destila en sus relatos una prosa feroz y cuajada de jerga mediante la que nos brinda historias ásperas y truculentas, que nos enfrentan con esos abismos donde se mueven la violencia y la miseria". José Ángel Barruecos.

"Estos cuentos son crueles, pero no al estilo de Abelardo Castillo, poseen una crueldad cotidiana, casi natural pero muy humana, porque son horrores que resultarían evitables más allá de lo cultural y social. Sartre decía que para que el suceso más trivial se convirtiera en aventura, era condición necesaria y suficiente contarlo. Yo sumo a esto que, si la manera de referirlo lo vuelve atrapante, podemos estar en presencia de una promesa para el género". Rubén Sacchi.


8 de noviembre de 2025

La felicidad de los libros

 


Darío Falconi para El Diario, 2012


   Pablo Giordano es de Las Varillas. Allí nació en 1977, allí vive y desde allí se proyecta al mundo. Y no exageramos, Giordano integra ese pequeño grupo de jóvenes escritores de la provincia que ha hecho de su trabajo literario un oficio. La disciplina, la prolijidad y la autoexigencia, llevada casi al extremo, lo han proyectado hacia todas las direcciones; como un sismo que tiene epicentro en el interior de Córdoba, pero con una onda expansiva de límites desconocidos.
   Ha publicado en diarios, revistas y sitios de América y Europa: La Voz del Interior, EL DIARIO del centro del país, Diario Perfil, Punto en línea (de la Universidad Nacional de México), El Especial de Nueva York y Alex Lootz de Madrid. A fines de la década pasada formó parte de las discutidas antologías provinciales sobre la narrativa joven en Córdoba (Es lo que hay y 10 bajistas) y publicó los libros “La Felicidad es un Gordini” (poesía, 2009), “Los muertos” (cuentos, 2012) y “Chozas” (novela, 2012). En la actualidad mantiene una columna en la revista PoloSecki, de Córdoba, y escribe casi a diario en su blog “Cosas de mimbre”, un espacio virtual en el que difunde sus escritos y un abanico de propuestas para aquellos que gustan de la cultura en toda su extensión.
   Recientemente su trabajo se coronó con la publicación de dos libros de muy buena factura en los géneros cuento y poesía. Esos títulos son la “excusa” que hoy le proponemos en este hermoso domingo.

Armando la choza
   Giordano está feliz: recientemente una editorial cordobesa materializó en tapas duras una novela que comenzó a escribir cuando era adolescente, 16 años para ser más exactos. Sobre ese momento, el autor reflexiona ahora, con 18 primaveras más sobre la piel: “Aprendí básicamente el ABC de la literatura y algunos truqillos más. Fue una experiencia reveladora, exhaustiva y agotadora, en su sentido literal”.
   En el medio, desde su inicio hasta la edición, pasaron correcciones, publicaciones en microcapítulos en web (al mejor estilo novela por entregas) hasta las últimas correcciones momentos antes de imprimirse. “Chozas”, se ambienta hacia “fines de los 80, comienzo de los 90, en un barrio de trabajadores de un pueblo del interior de Córdoba. Allí se desarrolla la historia de un niño de clase media baja con sueños de escritor que, en épocas hiperinflacionarias marcadas por la última dictadura y las secuelas de Malvinas, descubrirá la muerte, el sexo y el amor en pleno vaciamiento menemista, entre otros temas fundantes, los cuales se abordan diagonalmente y configuran un paradigma generacional que no escapa a la neurosis y arriba a la adultez con una visión del mundo interrogativa de ciertos valores.”
   El amplio proceso de maceración del texto ha hecho que distinguidos lectores se aproximen a la propuesta del varillense y hayan emitido su juicio revelador. En ese sentido, Fabián Casas dijo que Chozas “es un libro intenso, lírico, donde desfilan personajes inquietantes que me hizo acordar a la primera vez que me encontré con el lenguaje particular del gran Ricardo Zelarayán. Entre la montonera de libros literarios, ‘Chozas’ hace la diferencia por la creación de un lenguaje en mal estado, pero sin fecha de vencimiento. Un lenguaje que se muerde la cola y que destila veneno. Un libro que produce intensas ganas de escribir”.
   El escritor cordobés Federico Falco, contemporáneo al autor de “La felicidad es un Gordini”, dice: “En ‘Chozas’ Pablo Giordano da cuenta, con una voz atenta a los detalles del habla y una mirada dura e implacable, de las formas de la infancia y la adolescencia en un pueblo del interior de Córdoba a fines de los años ochenta y principio de los noventa. Detrás de la aparente calma de las siestas y los feriados, mientras los adultos tratan de llegar a fin de mes como pueden, los más chicos descubren la violencia, el sexo, las diferencias de clases y los códigos de la amistad. Las películas de Luis Miguel, las novelas de Carolina Papaleo y Raúl Taibo, Nirvana, los bloopers de canal 8 y las bolsas de chizitos puntean un crecer doloroso y la entrada en una primera juventud que, en el horizonte de la llanura, se vive ya como una vejez infinita, sin esperanzas”.
   Por otra parte, desde el otro lado del charco (España), Marcelo Luján escribió: “Chozas describe -con mucho acierto y desde una violenta dulzura- esa instancia maravillosa de la vida que es la adolescencia. Un texto precioso -de altísimo vuelo literario- que no parece ni de lejos ópera prima. Una prosa sin miedos, suelta, que descubre todos los rincones de cualquier pueblo de provincia. Párrafo aparte para los discursos directos: los más auténticos que he leído en años”.

Exhumando muertos
   De manera paralela, hacia fines de año pasado, Giordano veía concretado otro proyecto y es que su libro de cuentos “Los muertos” terminaba de editarse luego de ser seleccionado unánimemente y obtener el primer puesto en un concurso literario a nivel nacional.
   Este libro alberga una serie de nueve cuentos que se exhumaron como huesos, en los que algunos ya habían aparecido en distintos medios del país y el exterior y que terminaron de armar el esqueleto con la adición de nuevos textos. Un libro orgánico, macizo, donde nada sobra. El autor nos sitúa en contextos particulares y disímiles, con esa prosa limpia, coloquial y con esas descripciones que nos plantan en algún pueblo de nuestro interior cordobés donde aparecen esos personajes singulares y pintorescos que muchos conocemos.
   Juan Terranova escribe al respecto que “Los muertos” es una “cartografía de lo doméstico y la calle, personajes que son al mismo tiempo conocidos y extraños como en el heimlich freudiano. Pablo Giordano trabaja con una lupa, con una pinza y con un grabador-reproductor de voces. Sus relatos son ágiles, livianos, directos, pero también microscópicos, duros, astillados como un insecto de vidrio que nos mira”.
   Por su parte, Rubén Sacchi manifiesta “estos cuentos son crueles, pero no al estilo de Abelardo Castillo; poseen una crueldad cotidiana, casi natural, pero muy humana porque son horrores que resultarían evitables más allá de lo cultural y lo social. Sartre decía que para que el suceso más trivial se convirtiera en aventura era condición necesaria y suficiente contarlo. Yo sumo a esto que si la manera de referirlo lo vuelve atrapante, podemos estar en presencia de una promesa para el género”.
   Un género difícil donde cada componente debe encajar perfectamente para que la maquinaria funcione de manera aceitada y armónica. La naturalidad con la que han sido construidos los diálogos hacen que cada trama sea un universo por sí mismo y se cree ese ambiente verosímil que a quienes escriben les cuesta lograr.
   Cerramos con dos impresiones realizadas fuera del país. Desde México, Marco Tulio Aguilera Garramuño sentencia “hay algo indefinible en la prosa de Pablo Giordano que hace pensar en lo argentino esencial: aquello que está lejos de lo aparente porteño, la farsa, el embuste, la presunción. Su escritura es juvenil, pero posee una madurez definitiva”. Por su parte, José Angel Barruecos, desde España, dice que “Pablo Giordano destila en sus relatos una prosa feroz y cuajada de jerga mediante la que nos brinda historias ásperas y truculentas que nos enfrentan con esos abismos donde se mueven la violencia y la miseria”.

“Los escritores del interior estamos condenados a la cruz”


La Voz de San Justo, 2012

   Pablo Giordano, de 34 años, nació, vive y escribe en Las Varillas, Córdoba. De reciente aparición, su nuevo trabajo literario, “Chozas” (Ciprés Ediciones — Novela — Córdoba 2012), ya circula por las librerías de nuestra ciudad. Previamente, ya había editado “La Felicidad es un Gordini” (textos de Cartón — Poesía — Córdoba 2009) y “Los muertos” (El Mensú Ediciones -cuentos- Villa María 2011), además de publicar en diarios, revistas y sitios de América y Europa. A fines de la década pasada formó parte de las discutidas antologías provinciales sobre la narrativa jóven en Córdoba (Es lo que hay y 10 Bajistas). En la actualidad mantiene una columna en la revista PoloSecki de Córdoba y escribe casi a diario en su blog Cosas de mimbre. Desacartonado, despojado de solemnidades y oscilando muchas veces entre la hilaridad y la sorna para hablar de escritura, brindó en diálogo con este medio detalles del trabajo literario en el interior.

¿Cuándo empezó a escribir? ¿Y qué lo llevó a decidirse a editar?
Empecé a escribir de niño, motivado por el enorme aburrimiento de una tarde de otoño. Era un chico introvertido, sobreprotegido, que estaba un poco harto y miedoso del afuera. Esa especie de suroeste norteamericano bizarro y feroz, pero también plácido y desértico. Los vientos y el otoño, la voraces tormentas del verano. Los amigos. Lo recuerdo bien, fue en sexto grado y empecé robando personajes a los cuentos de Gustavo Roldán. Así empecé. Después dirigí el taller literario del colegio y en el secundario le escribí cuadernos enteros a una chica de la que me había enamorado. Y empecé a leer más, los clásicos. Escribía cursilerías que no llegaban a nada, pasaba la noche en vela. Eran los años noventa, no había mucho a lo que aspirar, más que caminar con algún amigo hasta la estación de servicio para comprar algunos snacks y volver a casa para tratar de terminar el Buble Buble o el Formula 1 si tenías Sega. Ni siquiera la Marijuana había entrado todavía como algo masivo, y el pelo largo (si bien lo conservábamos) estaba en retirada. Tiempo después me topé con “La noche es virgen” de Jaime Bayly; no por bueno sino por su estilo dije: “Ok, ¡o sea que se puede escribir así! ¡Y hablar sobre esto!”. Así fue como decidí escribir Chozas, a los 16 años, para contar y ficcionalizar algunos aspectos y sucesos de mi vida. En el camino, arrastré dos libros de poemas y uno de cuentos. Luego, editar, es un deseo de todo escritor.

¿Cómo es su “proceso creativo”?
Ahora escribo cuando puedo, en los huecos que deja la cotidianidad, el trabajo, etcétera… y tengo un proceso de corrección, más que de creación. Escribo en la PC y en el teléfono, algunas pocas anotaciones poéticas en libretas o márgenes de papeles cuando se da el caso. Pero la verdad que hace más de diez años que no escribo a mano, es un trabajo horroroso. A veces llega la idea acabada y es un momento de euforia porque hay que ponerse a trabajar mucho y dormir poco, desilusionarse, deprimirse, enfermarse hasta que la euforia de una idea transformadora resurja. A veces la idea cierra después de muchos textos dispersos, cambian de género. La gran mayoría desaparece. Cuando parece que cerró, empieza la corrección, que puede llevar años y se parece mucho al cuidado de los tulipanes. Allí, la menor cosa cuenta, puede hacer despistar al relato, o marear un poema que parecía muy equilibrado. Es un trabajo difícil en el que hay que armarse de mucha paciencia y acumular la mayor cantidad de herramientas posibles de depuración.

¿Qué escritores o libros lo marcaron como escritor?
Cómo lector todo libro te marca. Después, cada uno tiene un canon personal que muchas veces es inconfesable. Yo no me canso de hacer el ridículo y no me importa para nada lo que piensen los académicos. Te nombre a Bayly como un inaugurador de mi escritura adulta, puedo nombrarte a Eduardo Galeano, Mark Hadon, Alejandra Pizarnik, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Foster Wallace, la maravillosa conjura de los necios; y basta porque esto ya no entraría en una licuadora, no si queremos un trago menos exótico. Lo que quiero decir es que todo nos marca, es indudable que en la retina quedan algunos autores y otros no, pero ponerse a hacer nombres es una historia de nunca acabar. Woody Allen, por ejemplo. El “Negro” Dolina, Poe, Lovecraft, Kafka, Maupasant, Henry James…

¿Qué elementos de su ciudad y/o región cree que pueden rastrearse en sus escritos?
Muchos, casi todo lo que aparece en mis textos tiene que ver con mi ciudad. O, mejor dicho, con mi pueblo. El lenguaje es algo evidente, algunas descripciones geográficas y climáticas, las costumbres y la trama. Hay mucha carga costumbrista en lo que escribí hasta ahora, una obsesión por el hiperrealismo que muchos me elogian. Yo no estoy seguro de haber logrado ciertas cosas, pero sí de haber rescatado algunas otras que no quería perder, y de haber perdido la inmensa mayoría. No soy un nostálgico enfermo, ni un romántico al estilo alemán. Conozco bien las leyes de la termodinámica y entiendo que todo va hacia el olvido.

¿Cuáles son las particularidades de escribir en el interior, por fuera del macro-mercado de Buenos Aires?
Hay una ventaja y una desventaja en vivir en un pueblo como Las Varillas. Por un lado, no hay mucho que hacer y el movimiento literario es muy pobre. Es decir, uno puede encerrarse tranquilo a escribir y no se estará perdiendo de mucho. La desventaja, es que se trabaja lejos de los colegas (a menos que te pases el día en Internet) y lejos de los eventos, editoriales, y ciudades que no han cambiado su capitalización cultural desde tiempos bíblicos. Los escritores del interior del interior estamos condenados a morir en la cruz. De los trescientos crucificados, cada tanto, uno será Cristo y se masificará. Porque la realidad es esa misma, quizá ni siquiera existimos, como Jesús, sino que alguien después de algunos años nos recuerda, y el amigo dice que resucitamos, y otro lo publica en la prensa junto a nuestros poemas, y una editorial snob necesita al nuevo “freaky” para su colección de mitos. Morimos en la cruz abriendo un ojo para espiar. Lo que ansiamos es ser canonizados algún día. Como los profetas, sabemos que mentimos, pero queremos ser amados, y no solo hoy, sino para la eternidad.

7 de noviembre de 2025

Entrevista en el blog Cuestionario Schmidt

 

Alejandro Schmidt, 2012

¿Qué objetos te acompañaron toda tu vida?
Algunas fotografías, algunos libros de Gustavo Roldán y Graciela Montes, algunas anotaciones e ideas para textos que jamás escribo, el DNI, recortes de diarios donde publicaba de niño, hojas cánson con las que fabricaba, escribía e ilustraba libros, algunos discos y no mucho más.

¿Sentís presciencias, voces, músicas del trasmundo?
Primero tendría que saber qué es el trasmundo. Saber que algo llamado así existe me hace intuir de que se trata, pero más me sorprende que exista y la comunidad científica internacional aún no lo sepa o lo haya dado a conocer. En el sentido metaforico, tampoco escucho grandes cosas. Desde niño supe que los muertos no tenían nada que decir, porque ni siquiera los vivos lo tienen.

¿Qué pensás de la rosa, los anillos, el mar y los tatuajes?
La rosa siempre me pareció cursi, sobre todo en la poesía, hay poca gente que puede utilizar esa palabra o flor y salir indemne en un texto. Los anillos es otra cosa, ahí hay un símbolo, una sociedad occidental, un compromiso, o un rompimiento, además de enlazar. Con respecto al mar, es una deuda. No conozco el mar, y el día que lo haga, quizá como quería Rimbaud, encontraría la felicidad. Por el momento me contento con algún río cercano, el transcurrir y no el arribar. Los tatuajes me parecen horrendos, aunque algunos me gusten. Hay muchas categorías y entre los más detestables están los tribales y los carcelarios. Los dibujos, si se tratan de tatuajes antiguos, me producen pena, pero cierto encanto, como esos cactus en el desierto remitiendo a una nostalgia de algo que nunca conocí, el desierto de Mojave, por ejemplo, ahí tenés un opuesto al mar. Dos desconocidos para mí, el desierto y el mar, la arena y el tiempo.

¿Cuál es tu superstición?
No tengo supersticiones, aunque cierta manera de hacer ciertas cosas deben deribar de antiguas supersticiones. Cuando era niño tenía, aunque no las recuerdo. A veces me encuentro con ese ejercicio del cerebro que repite una acción absolutamente apática hacia un resultado esperado solo para asegurar su éxito. Extraño, ¿no?. A eso llamo –llamamos- superstición. Pero jamás la premedito.

¿En qué parte del cuerpo, el aire o el paisaje sentís la poesía?
Los paisajes son sin lugar a dudas un gran disparador y lo fueron siempre, desde la protopoesía, el haiku y todo eso. Los paisajes pueden ser mentales, memorables o físicos, pero siempre son revelaciones sorprendentes de estas escasas tres dimensiones, y sí, se admite que enamoran, enloquecen.

¿Escrbís mientras escribís o antes o después?
Jamás mientras. Siempre antes, y, sobretodo, después. Para mí escribir es corregir. Lo demás forma parte de un proceso que lleva a crear una materia prima de la cual saldrá el texto jamás definitivo pero cerca de la idea a publicar.

¿Qué autores no reelerías?
La inmensa mayoría.

¿De los poetas que conociste cuál, cuáles, te parecieron que unían su vida a sus palabras?
Baudelaire, Rimbaud, Walt Whitman, Alejandra Pizarnik, Hugo Mujica, Alberto Mazzocchi, Iván Wielikioselek, Marcelo Dughetti, por nombrar uno o dos de distintas épocas y lugares.

¿Qué, quién, quiénes, escriben en vos?
Las ansias de ser amado, por empezar, es la cosa horrible que escribe en mí, y sobre mí. Antes, desde una mirada infantil difícil de desterrar; desde hace un tiempo: aceptando y descubriendo no sin resignación una adultez que capacita. Negocio con el niño, recurro a sus valores y él me perdona. El adulto quiere ser escritor, quiere que sus textos se lean y que lo amen. El niño quiere venganza.

¿Vuelven algunas palabras, algunos temas o algunos climas?
Siempre están, creo estar escribiendo siempre el mismo poema, inconmensurablemente largo, que me llega de a pedazos, decantando, encastrando, configurando un enunciado que al final, espero, me revele algo. Por el momento, destila pequeñas verdades que pueden disfrutarse (o no) como pequeños poemas en lo que conocemos como literatura.

¿En tu vida, la poesía como propósito, destino o circunstancia?
Como expresión, simplemente como algo que no se puede expresar de otra manera que no sea a través de este artificio.

¿Qué quisieras leer mañana, que quisieras releer para siempre?
Suelo poner en el blog o en Facebook libros que leería. No se me ocurre un libro que leería para siempre, pero seguramente sería uno de poesía, y quizá de Pessoa.

¿Qué pensás del romanticismo alemán?
Lo veo muy bonito y disfrutable, pero inefectivo para mí, lamentablemente. El paradigma actual es la ciencia, y eso reprime pensamientos románticos; pero inaugura otros muchos mejores y complejos y menos neuróticos.

¿El silencio, la soledad, la transparencia, el orden, adentro, afuera, a veces, nunca?
El recuerdo, la muerte, la revelación, el fin, el ser, el partir, lo divino, lo amado.

¿Qué fue lo imposible?
Llegar a la luna, pero sobre todo, volver de ella.

¿La poesía es una arma cargada de futuro, pasado, eternidad?
La poesía no es un arma, es pasado, y en todo caso, eternidad.

¿La poesía es literatura?
La buena, algo más.

¿Qué lugar ocupa la poesía argentina en Latinoamérica y en la lengua castellana?
No creo que ocupe un lugar sino un tiempo, y en todo caso, ese tiempo es administrado por hombres que nada saben de poesía.

¿Cuáles poetas argentinos te parece que deberían estar y no están?
¿A dónde?

¿Alguien te llevó o fuiste solo a esa palabra oscura?
De la mano, solo, como únicamente se puede llegar a ella.

¿Fuera de la poesía, qué campo del arte te interesa?
La literatura en general, las artes plásticas pero sobretodo la música y la ciencia, como madre de madres.

¿La poesía es una tarea del espíritu o una emanación de la historia? ¿hay espíritu, hay historia?
Ninguna de las dos cosas, es un artificio. Motivado quizá por eso que llamamos espíritu y del cual no tenemos muchas noticias más que las acciones adjudicadas inpunemente a él. “Emanación de la historia” me remite a la tarea de nomenclar una historiografía solamente basada en las erupciones volcánicas. Yo diría que la poesía es una puta que muy rara vez coge por amor, como la historia.

¿Cuál es la mayor dificultad en la relación existencia-poesía?
Dar en el blanco, repito, esas piernas no se abren casi nunca por deseo.

¿Quisieras responder otras preguntas, quisieras hacer otras preguntas?
Si, quisiera responder otras, pero ya se acabaron, querría hacer solo una: ¿en qué momento, la poesía nos traicionará?

6 de noviembre de 2025

Bolsas plásticas en los baldíos de Las Varillas

Pablo Giordano vive en Las Varillas, Córdoba. En 2011, El Mensú publicó su libro de cuentos, Los Muertos; este año Editorial Ciprés publicó Chozas, su primera novela.


por Adela Salzmann, Revista Tónica, 2012

¿Cómo pensás la relación de tus personajes con la organización en etapas de su vida? ¿Cómo arman su historia?
Creo que son personajes que no pueden armar su vida, sino que son arrastrados por ella. Están a la deriva de un paradigma en el cual es muy difícil asomar la nariz hacia algún atisbo de salida. Hay varias metáforas sobre eso a lo largo del texto [Chozas], a esos chicos los lleva el viento como a las bolsas plásticas de los baldíos. Es por eso que, en un momento, ven en la literatura una forma de escape como otros la verán en el boxeo o la delincuencia. Ingenuamente creen que uno puede trabajar de escritor y salir de esa vida donde otros ya tomaron las decisiones por ellos. La novela trata de este tipo de cosas: el paradigma en el que se nace, las elecciones que otros tomaron hace mucho sobre el destino de nuestras vidas, y el paso del tiempo. La conciencia, ese suspiro del hámster en la rueda, es la que indirectamente narra.

¿Qué pensás de la educación?
Yo dejé de estudiar en segundo año del secundario, no tanto por cuestiones educativas sino de salud; pero creo que la educación no está pasando un buen momento. Si bien el modelo y los planes de estudio se van actualizando, no contemplan cuestiones de base, como el incentivo hacia la curiosidad y las preguntas basales de la humanidad, como de dónde venimos, por qué estamos aquí, y qué es la realidad. Estoy hablando de la educación en general, obviamente, quizá no deban tocarse estos temas en primer grado, pero si uno puede llevar a sus alumnos a contemplar el cielo y hacerles tomar conciencia del universo, o a los más avanzados a entender que para que su padre tenga un empleo y pueda darle de comer tuvo que luchar y morir mucha gente para que este fuera un país libre; y no hacerles hacer láminas estúpidas de gente con paraguas frente al cabildo. Sigo generalizando para que se entienda el concepto sobre los planes de estudio. Hace años, la hija de una ex novia me pidió ayuda para un trabajo que le habían dado en el colegio. Iba a tercer grado, el tema era Malvinas porque se acercaba el 2 de abril. Inmediatamente noté que no se podía comenzar a realizar la tarea sin explicarle a la niña, antes, lo que era una guerra. (¿Se imaginan la cantidad de cosas que hay que explicar antes de eso para que una niña de esa edad llegue a entender el concepto bélico?); así que imagínense lo que sería explicarle Malvinas cuando, por lo visto en el cuaderno, la docente creía que habíamos sido invadidos por los malvados ingleses en 1982 y nuestros soldados patriotas habían ido a recuperar esas islas tan argentinas donde por lo visto no vivía nadie, y si alguien había allí, serían argentinos, ya que por lógica –sobre todo una lógica de siete años– si las islas son argentinas quienes viven allí deberán serlo.
   Las escuelas no están preparadas para formar en los valores esenciales del conocimiento que permiten una educación independiente de la institución (que debería ser un complemento), una autoeducación que sólo te brinda la curiosidad por el universo, la conciencia, la historia de nuestra humanidad y sobre todo, el pensamiento escéptico, el amor a la ciencia, es decir, a la verdad. Me cuesta, muchas veces, y me sorprende con enormidad, encontrar profesionales de disciplinas consideradas científicas que desconocen absolutamente el método, el pensamiento escéptico y, no sólo eso, pueden llegar a creer en la astrología, por ejemplo. Eso no puede ser otra cosa que una falla en la educación, que sigue atada a la sociedad sin cuestionarla. Me parece que dimos un paso, por ejemplo, al despejar a la religión de las escuelas públicas. Ahora, lo que no se hace es enseñar que las religiones son una falacia y la tragedia más grande de la que la humanidad se tiene que desprender para siempre.

¿Puede ser la ciencia de alguna forma una religión?
No, de ninguna manera. La religión, entendida en el sentido clásico, intenta re-ligar un supuesto vínculo perdido hace siglos con un supuesto dios; y en el sentido moderno de religión, se puede decir que es toda aquella práctica llamada espiritual basada en falacias o pseudociencias. La ciencia, en cambio, es un método para arribar a la verdad. La religión es dogmática y no aportó jamás evidencia a sus postulados, ha sido refutada millones de veces, explicada, documentada como falsa, rastreada en la historia de la humanidad hasta sus inicios antropológicos de control de tribu, etc. La ciencia se ha ido desarrollando con un concepto de apertura total, cuyo valor principal es el escepticismo, el cuestionamiento, y ser antidogmática por naturaleza, y obligarse a presentar evidencias antes de declarar que algo es una verdad con la cual se deba proceder, al contrario de la religión y las creencias, que accionan sobre mentiras y producen mucho daño.
   El pensamiento de que la ciencia es como una religión moderna es ingenuo y contemporáneo. Nace de las nuevas religiones New Age, que al no tener argumentaciones válidas para sus creencias, al ser refutadas constantemente por la ciencia, construyeron ese rincón en el que se creen seguras, argumentadas y sabias –como si acabasen de desentrañar un enorme paradigma que nos domina– aunque lamentablemente esto también es falso. No existe ni ha existido en la humanidad un método mejor para arribar a la verdad que el científico, y aún así ignoramos el 70% de la constitución del universo, por ejemplo; cosa que cualquier religión te puede responder en un parpadeo: Dios. Las religiones tienen respuesta para todo porque racionalizan en vez de razonar. Por ejemplo: un niño está a punto de morir, su madre reza para que el niño se cure, le pide a Dios que lo salve: si el niño se salva, la religión responderá que está ante un milagro, uno de los tantos de los que es capaz Dios; si el niño muere, Dios lo ha llamado a la vida eterna. Ergo, el sistema religioso es una burla, una farsa, una mentira que debe ser desterrada. Ha creado un sistema intocable y logrado protección estatal y legislativa bajo la estupidez del respeto a las religiones y credos, y desde allí mantiene a instituciones económicas, mafioso-pervertidas, que dominan a masas y las encaminan a guerras, hambrunas, muertes por abandono (Madre Teresa de Calcuta, homeopatía) y finalmente a retrasos sustanciales en el avance de la ciencia desde hace siglos. El mal que le han hecho las religiones a la humanidad es incalculable y casi total, el de la ciencia es más calculable y perdonable; en la mayoría de los casos, comparados con la religión, no representarían ni el uno por ciento, además de que ha llegado a sus metas con evidencias.

¿Qué cosas hacés para despertarte?
Hace mucho que, de niño, como cuento en la novela, tenía ciertos comportamientos que me hacían despertar. Hoy me despierto solo, fresco, casi sin recordar haber soñado o hasta dormido. Es extraño pero bello, y se lo atribuyo, sin prueba alguna, a las drogas que consumo.//RT3

28 de octubre de 2025

El cordobés Pablo Giordano

 


Alicia Beltrami, para diario Crítica de Argentina, 2009

Acaba de publicar tres libros y cada lunes sube un capítulo de su novela a la web, en la que narra con humor “como un pueblo te cocina a fuego lento”

   “Sabe que no es necesario ser aburrido para hablar del aburrimiento, ni oscuro para expresar la oscuridad: su poesía es una gema profunda y negra, pero tallada con claridad absoluta”. Así escribió sobre Pablo Giordano el escritor Marcelo Di Marco en el prólogo de La Felicidad es un Gordini (Textos de Cartón-2009), el hermoso libro de poesía que el joven escritor acaba de publicar en la editorial cartonera de la ciudad de Córdoba.
   Pero lo observado por Di Marco no sólo se aplica a esa poesía ni lo publicado por Giordano se reduce a ese libro; sino que acaban de salir a la luz dos antologías de la joven narrativa cordobesa, Es lo que hay (Ed. Babel) y 10 bajistas (Eduvim), en las que participa con un cuento y un microrrelato, otros de los géneros en los que su escritura fluye y donde el aburrimiento vuelve a aparecer como la chispa que enciende la acción de los personajes o como una fina capa que los adormece de por vida. El escenario siempre es un barrio, que podría ser el suyo, en Las Varillas, una pequeña ciudad del este cordobés donde recibió a Críticadigital y donde justamente hace 22 años, “cuando tenía apenas diez, una tarde de domingo e inmerso en un terrible aburrimiento de pueblo” escribió su primer cuento.
   En su casa, con el silencio de la siesta pueblerina interrumpida por los ladridos de unos perros callejeros, Giordano cuenta que después de aquel relato llegaron otros pero todo terminó con la primaria hasta que dejó el colegio secundario, recuperó el entusiasmo y volvió a leer y escribir. En 2002 creó Cosas de mimbre, el blog que ya dejó de serlo y que ahora utiliza sólo como una especie de archivo donde va colgando lo que escribe, “sin presiones, sin bloguear”. Allí sube cada lunes un capítulo de Chozas, su novela inédita que circula con excelentes críticas entre colegas y lectores. Claro que se siente halagado, dice, mientras trata de hacer callar a los perros.
   La historia de la novela es la vida de un pibe de clase media que, narrada en primera persona, avanza con la velocidad de las peripecias de personajes tan reales como el Étor, el colorado Cresta, el Benja, el gordo Suero, el negro Huelga, muchachos que conocen de violencia, hambre y descontrol y que se juntan en chozas de paja que ellos mismos construyeron para matar el tiempo. Allí se ríen, se escapan, se putean, crecen y se arruinan la vida. Escrita con mucho humor y un registro hiperrealista logra que el lector sienta que está ahí muriéndose de risa o retorciéndose de dolor.
   Escribir Chozas le llevó años. “La he corregido mucho y sigo haciéndolo, subirla a la web es un intento de terminar con toda corrección. Porque la literatura — algo que dirá varias veces durante la entrevista — tiene más que ver con la corrección que con el hecho de fluir”. Lo mismo hizo con sus cuentos, cuando su blog era blog: revisó y editó muchos de sus relatos que hoy están antologados en Grageas (IMFC — 2007), junto a cuentos breves de Abelardo Castillo, Leo Masliah y Ana María Shua; o en 25 ciudades, de La voz del Interior (2007).
   Con fina ironía y como para graficar que el motor de su escritura es narrar lo que le pasó, lo que le contaron, lo que piensa y siente, Giordano dice que no sabe si escribe cuentos o anecdotarios. Le resulta fácil contar historias infantiles de los 80, tiene tela para cortar y sobretodo un tono. Durante el encuentro se explayará con varias, pero hay una que condensa el valor de los gestos en su narrativa. Un día recibió por correo dos ejemplares de un suplemento cultural de Nueva York en el que había publicado unos relatos. Era 2002 y la paranoia mundial por el ántrax llegaba también a Las Varillas, al punto que hasta el cartero “lo miró raro” cuando quiso abrir el sobre y tuvo que explicarle lo que contenía para que se fuera tranquilo. De esos detalles están repletos sus textos.
   Hay un ritual que la mayoría de los varillenses repiten todos los mediodías: clavar el control remoto en el canal de TV local cuando se emite Retro, un programa realizado con imágenes de archivo y en el que pueden reconocerse con algunos años menos o verse en situaciones ya olvidadas hasta por ellos mismos. Al programa también lo realiza Pablo, quien se remite a una de esas imágenes para explicar que “la literatura hoy es un hobbie y que logró reunirse con su idea ancestral de inutilidad”. La frase, que comenta haberla leído en algún lado, le recordó a una entrevista a un viejito escultor que vive en un rancho en el medio del campo. “Si vieras sus obras, eran muy bellas, tenían valor artístico. ¿Y qué es el tipo para la sociedad? un hombre que tiene un hobbie. Como el escritor que tiene el hobbie de escribir. Así es para la mayoría de la gente, aunque para mi sea fundamental”. Como narrar un gesto.
   Y quizás por todo eso, ante la consulta sobre qué es lo que más le agrada de vivir allí, responde que “las ciudades queman, arden, consumen. El pueblo te cocina a fuego lento, al spiedo. Das vueltas todo el tiempo y no te movés de tu eje. Me encantaría viajar; pero si viviera en una gran ciudad, definitivamente no sería escritor. El hecho de que no pase nada y que casi no haya gente ni cosas para hacer, es una buena condición para ponerse a escribir”.

“ES LO QUE HAY” . Algunas consideraciones de Giordano a propósito de la reciente publicación de la antología de la joven narrativa en Córdoba, compilada y prologada por la escritora Lilia Lardone y que fue presentada ayer en Buenos Aires. El libro reúne relatos de 24 narradores nacidos a partir de 1976.

¿Cuáles son las características comunes en la literatura de los jóvenes cordobeses?
Para que pueda asegurarse que una literatura es de un lugar y no de otro, creo, tiene que ser intransferible. En la literatura cordobesa de mi generación impresiona la cantidad de cuentos que transcurren en pueblos del interior, con personajes que se comen las eses y trabajan en los silos de granos. Impresiona esa manía de referirse a la infancia y al yo. Creo que el blog fundó un género en sí mismo que se transfirió a la literatura de a poco, subrepticiamente. La idea de diario personal, de la primera persona contando sucesos en apariencia triviales, cotidianos, es un arma de doble filo: algunos logran manejar este arma con maestría, la mayoría no.

¿La antología “Es lo q hay” vendría a ser la presentación de la joven guardia cordobesa?
A diferencia de Buenos Aires, la “joven Guardia Cordobesa” se ha promocionado mucho menos como tal. No surge de una reunión de autores autoconvocados con un fin determinado, sino como selección de autores a cargo de una escritora consagrada como es Lilia. Algunos autores comparten ambos grupos, algunos otros jamás volverán a aparecer en ninguno de los dos.

Un porteño leyendo a cordobeses

 




por Gustavo Nielsen

   La literatura no es solamente un modo de concatenar una serie de palabras para poder hacer comprensible una historia. Eso se parece a un anzuelo detrás del otro, puestos a diferentes alturas, en un largo sedal. La literatura es mucho más. La literatura es una red de pesca. Si logramos ver alguno de los nudos de cerca, tocarlo, tal vez desatarlo, significa que ya estamos definitivamente atrapados en ella. Esta es una verdad de pescador.
   Tiré mi mediomundo en el río cordobés y pesqué dos nuevos libros que voy a cocinar para ustedes. A la vasca, a la romana. A la porteña, bah.
   Uno es de carne joven, las mojarras de la literatura. El otro reúne un cardumen de jovatos como yo, pero que viven en “la Docta”.
   La antología de los jóvenes cordobeses se titula Es lo que hay, de Editorial Babel. La otra es Cuarto Oscuro, de Editorial Raíz de dos.
   La selección y el prólogo de Es lo que hay fue hecha por la profesora Lilia Lardone, una especie de mamá literaria súper aplicada. Y la verdad es que lo hizo bien: los cuentos son variados, las temáticas interesantes y la juntada es impecable: son pibes entre 20 y 30 años que ya son escritores. Hay algunos más originales y otros más ortodoxos, pero todos son escritores. Entre los más jugados están Taborda Varela, con un cuento de tinte sociológico –Arroces como balas–, y Javier Martínez Ramacciotti, que se mete en Zombie con una relación amorosa y le agrega un plus literario interesante. Entre los tradicionalistas está Luciano Lamberti, que cursa una especie de existencialismo beat en El asesino de chanchos; lo sigue Pablo Natale con Disfruta de la felicidad eterna, un cuento melancólico y peligroso (o peligroso por lo melancólico); Emanuel Rodríguez y la suave ternura de sus Margaritas; Federico Falco y la psicología mal entendida en Un camino amarillo; David Voloj y un intento acertado de pornografía tabú en La culpa es de los padres. Los puntos más altos, a mi juicio: el cuentazo de Pablo Giordano sobre culpas y cosas no dichas en la infancia, Dos siluetas en Simulcop; el parco y carveriano San Rafael, de Javier Quintá, y el maravilloso Ocio, de Hugo Rabbia. Cabe agregar que solamente conocía de antes a tres de los escritores, por estas cosas de los blogs: a Giordano, a Diego Bermani (que viene con el cuento de un cerdo con gustos exquisitos) y a Falco. Ya sabía que ellos eran buenos. Los demás fueron una gratísima sorpresa.
   El otro libro está prologado por el Gran Carlos Gazzera, que nos invita a leer a sus amigos en clave lúdica: todos hablando sobre un mismo tema, las elecciones. Todos los que aquí escriben pasan los 40 años; la prosa es más equilibrada y con menos excesos. Estos escritores son los maestros de taller, los empleadores en los periódicos, los jueces en concursos de los del otro libro. Y aquí vuelvo a opinar, porque leí: la antología tiene un nivel homogéneo, pero me gustaron más 4 de los 11 cuentos que allí salen. El que abre el libro, Gusanos, de Jorge Londero, e Indigestión, de José Playo, por la locura que le agregaron al tema comicios; son muy graciosos. Los ojos del ciego, de Jorge Cuadrado (un autor del que me gustaría leer más cosas) y Padrón, de Carlos Presman, la fuerza de un gran final. Cuatro joyitas en una pila de piedras preciosas.
   Son dos libros que atrapan como una red de pesca. Hacen un corte zonal y temporal: aquí y ahora. Dos generaciones actuando y escribiendo en Córdoba, Argentina. Dos libros para comprar, leer, guardar. Los votos que hice y hago son simplemente porque uno vota siempre, porque me gustaron más unos cuentos que otros, o simplemente porque sí. Perque me piache, como decía el Papa en el chiste de las tetas. O porque fui llamado a votar por la seducción intrínseca de sus letras, y no como exige el Doctor Juan Ramón Garrido Pérez en la página 83 de Cuarto Oscuro, arengando a su tropa de restorán:
   –¡Vótenme a mí, soy el único que mastica y traga la fruta del clericó!

27 de octubre de 2025

Fábrica de promesas

Este mes se presentan dos antologías que reúnen a escritores jóvenes vinculados a córdoba. “Es lo que hay” y “10 bajistas” dan cuenta de la diversidad y vitalidad del cuento, retomado por la nueva generación como bandera de una literatura liberada de dogmas, con la década de 1990 como referencia ineludible. Son el resultado de la revolución industrial que no fue, y tienen el desafío de renovar la escena local: comenzaron por juntarse y ya empiezan a hacer el ruido de una máquina en funcionamiento.
Emanuel Rodriguez (La Voz del Interior, 2009)

   De a muchos se hace más ruido. En un mismo mes la materia difusa de obras y autores que suele denominarse por comodidad periodística o por pertinencia geográfica “la literatura cordobesa” parece estallar en la definición de una nueva generación de autores que han sido convocados a formar parte de dos antologías. Dos proyectos que coinciden en su intención de partida: dar cuenta del escenario joven local. Lilia Lardone y Alejo Carbonell emprendieron sendas compilaciones sin saber que coincidirían, ni que sus antologías Es lo que hay y 10 bajistas serían presentadas el mismo mes –el 15 de abril 10 bajistas, el 23 Es lo que hay–.
   La versión cordobesa de la moda de antologías que inició La joven guardia en 2005 muestra a una generación de autores con estéticas disímiles y tradiciones divergentes, pero que coinciden en algunas instancias significativas: la mayoría se educó en la década menemista, no tiene en cuenta una tradición local, fue testigo de los cacerolazos y del 11/9, y participó en proyectos alternativos de edición. La mayoría, además, apuesta con desgano o entusiasmo a un ejercicio que, en los términos del mercado, no tiene futuro. Y les encanta.

Coincidencias.

   10 bajistas fue una propuesta de una editorial (el sello de la Universidad Nacional de Villa María, Eduvim) a un escritor, Alejo Carbonell. Es lo que hay nació al revés, como propuesta de Lilia Lardone al sello Babel. Los libros no sólo coinciden en su mes de publicación y presentación al público: seis de los autores participan de ambas antologías. Entre esos seis, quizás el caso más significativo sea el de Luciano Lamberti, un autor cuya producción literaria y trayectoria en el campo de las ediciones independientes lo vinculan estética o biográficamente con casi la totalidad de los autores de ambas antologías.
   El escritor de San Francisco publica dos cuentos de estética diferente en cada antología y ofrece un panorama de recursos y estrategias que bien podría definir a la generación en cuestión: paisajes locales, retorno a la infancia, prioridad de la primera persona, tono melancólico y brutal, una anécdota central que se ramifica en historias secundarias pero definitivas, un juego constante con la presunción de que algo terrible está a punto de suceder y nunca sucede –o sucede en otra dimensión, en otro relato–, prescindencia de todo sentimentalismo, finales abiertos, reflexiones en torno de las formas contemporáneas de la soledad. Y todo lo contrario.
   Otro punto en común entre los dos libros es la escasez de mujeres narradoras: en Es lo que hay, sólo participan dos (Maricel Palomeque y Cuqui), y en 10 bajistas, ninguna: ambos antólogos explican en sus prólogos que simplemente no hay mujeres narradoras en Córdoba. Las que escriben, se dedican a la poesía.

¿Clásicos?

   Los argumentos de la nueva narrativa local, de acuerdo a estas antologías, nacen de noticias policiales, de anécdotas familiares o de recreación de relatos tradicionales. La experimentación formal está contenida (no podríamos hablar en ningún caso de algo parecido a la “aliteratura” de los ´60, por ejemplo, ni de experimentos dadaístas o surrealistas) en cierto retorno a una preocupación más bien clásica: contar una historia. La mayoría de los autores se preocupa por contar bien una historia, cuyos temas aparentemente adyacentes u ocultos terminan siendo centrales: “Simulamos nuestras cicatrices para que se noten más”, dice Sebastián Pons.
   Pons publica en Es lo que hay un cuento marechaliano sobre dos poetas cordobeses a la deriva en la ciudad de Córdoba, una suerte de adaptación del “viaje a la oscura ciudad de Cacodelfia” del Adán Buenosayres. El autor propone un panorama generacional signado por “el desencanto, la aniquilación de ideales, la trama inverosímil y profundamente sarcástica de la existencia durante esos años, y la inestabilidad de toda base en la que se pudiera construir o reconstruir lo real”.
   Marcelo Díaz participa en Es lo que hay con un cuento sobre la alienación de las relaciones personales, la soledad y la hiperestimulación de la sociedad de consumo. Dice que pertenece a “una generación que se encuentra en la fiebre y en la noche y que se traduce en una literatura del momento, del presente, que no tiene pretensiones de trascendencia bajo ninguna forma”. El varillense Pablo Giordano agrega: “Somos una generación sin sueños, que asistió al exterminio de los ideales y a la cosificación del arte en un ejercicio tan lánguido como cuando nuestras madres nos peinaban antes de ir a la escuela un día de viento”.
   Para completar el cuadro, el salteño Lucas Moreno –vive y saca fotos en Córdoba, e insistió en salir en la foto acompañado de su trípode– dice sobre las marcas generacionales: “no pienso en eventos históricos sino en tecnologías, formatos o materialidades: cine, televisión, Internet, chat, mp3, boliche, Speed con vodka. Estos aparatos de lo pasajero y de lo divertido están muy pegados a nosotros. Queda todo espectacularizado y somos hipersensibles al aburrimiento”.

¿Quién dijo Carver?

   La mayoría de los nuevos autores no ha leído la obra de las generaciones cordobesas anteriores. Una pregunta sobre las relaciones entre la nueva y la “vieja” literatura deparó muchas más excusas y distancias respecto de los conceptos de nuevo y viejo que precisiones sobre lecturas.
   Javier Ramacciotti es uno de los que arriesgan incluso una negación de alguna tradición local relevante: “Somos huérfanos chocando con huérfanos mientras buscamos como podemos restos para construir una herencia, un acervo literario. Pero esta orfandad, que es nuestra pobreza, es también-creo- nuestra libertad”.
   Entonces, ¿qué leen? “A priori diría que existe como una especie de ‘mito’ de lecturas subyacentes y compartidas. Se ha señalado hasta el hartazgo la influencia del minimalismo norteamericano, de Carver en particular, a lo que yo, en lo personal, sumaría a los realistas italianos de la posguerra y a los regionalistas argentinos. Creo, efectivamente, que es algo que muchas veces (pero no siempre) se puede leer y que es una marca bastante particular de lo que se produce en Córdoba. O por lo menos, es una referencia que en Buenos Aires no existe” resume Falco.

Formas de localismo.

   Ahora bien, el paisaje, cierto uso del lenguaje coloquial y la recurrencia temática en el desencanto sí ligan a la mayoría de los cuentos a la posible “cordobesidad” a la que hacen referencia los subtítulos de las antologías. “Es impresionante la cantidad de cuentos que transcurren en pueblos del interior, con personajes que se comen las eses y trabajan en los silos de granos. Impresiona esa manía de referirse a la infancia, y al yo”, dice Pablo Giordano cuando piensa en los lugares compartidos de la narrativa local. Pablo Natale también destaca “una forma híper-hegemónica de hablar el pasado y de hacer desaparecer los futuros posibles”. Natale enfoca en cierta desesperanza común a todos los textos, y ciertamente el tono de ambos libros no deja de ser apocalíptico. Toda esperanza carece de sentido, y en esa dirección, el cuento de Hernán Tejerina en 10 bajistas es icónico: una vida que transcurre en un día, sin sobresaltos y sin ningún encanto, sin dejar rastro.

Ocupar un lugar.

   “Creo que estas antologías pueden llegar a significar el puntapié inicial para muchos de nosotros –dice Javier Quintá–, convertirse en un aporte muy importante para la construcción de un espacio literario que hasta ahora se mantiene difuminado en los blogs y en varias pequeñas ediciones independientes, como la desaparecida editorial La Creciente o algunas revistas, como fue La Intemperie en su momento y hoy es Diccionario”.
   “Si existieran antologías así en todas las provincias –agrega Pablo Dema– sería más difícil, o más bochornoso aún, hacer libros como La joven guardia, que se presenta como una muestra de la nueva generación de autores argentinos cuando en realidad contiene textos de autores de tres provincias y con una desproporción notable: 18 son de Buenos Aires, 2 de Córdoba y 1 de Santa Fe”.
   Coinciden, se distancian, buscan la polémica o la esquivan. Algunos buscan la fama, otros sólo se quieren quitar el peso de un pasatiempo inevitable. Algunos quieren entender el pasado, otros quieren saber qué hacer sin un futuro. Los han etiquetado como lo nuevo, como la promesa. ¿Qué harán con ese peso, con esa etiqueta? Probablemente lo que hacen con todo lo demás: no darle importancia, a menos que sirva para escribir.
   En 1999, el escritor norteamericano David Foster Wallace publicó el maravilloso libro Entrevistas breves con hombres repulsivos. La referencia a ese libro no es gratuita: Foster Wallace es un autor central para la generación que comenzó a leer en la década de 1990, la generación que coincide al menos cronológicamente con casi todos los autores de 10 bajistas y Es lo que hay (Diego Fonseca es levemente más viejo, y sus lecturas de formación tuvieron lugar en la década anterior). Estas entrevistas breves sirvieron de apoyo a la confección de la nota principal, pero proponen muchas más instancias de aproximación al presente de la narrativa joven cordobesa que las que se pueden meter en dos páginas de un diario de papel. Por es las proponemos aquí, como un documento de primera mano para quienes se interesen, ahora o en un futuro lejano –si es que hay un futuro– en algunas de las voces más relevantes de la escena contemporánea. Las preguntas fueron las mismas, a todos los autores. Estas son las respuestas de quienes aceptaron el juego insuficiente de una entrevista repulsiva.

En las dos antologías se hace mención, en los subtítulos, a una nueva narrativa cordobesa… específicamente, ¿qué distancias hay con alguna “vieja” narrativa de la provincia?

   No estoy seguro de poder hablar de “distancia” dentro de la literatura, pero existe una diferencia generacional muy marcada con respecto a la “vieja” literatura. A esta “nueva ola” compuesta por autores nacidos después del setenta (y que casi no leyó a la “vieja”) las editoriales comienzan a canonizar con desparpajo como supuesta promesa de las letras nacionales, no tanto en Córdoba, pero sí en Buenos Aires. Habrá que esperar algunas décadas para saber quienes sobreviven a semejante sticker pegado en innumerables blogs, revistas y antologías.

¿Qué marcas hacen de tu escritura una escritura “cordobesa”?

   El modo en que se expresan los personajes, los temas y el estilo, quizá. Que no son otra cosa que la realidad con la que nos criamos. Hay un coloquialismo galopante en las nuevas letras cordobesas. Para que pueda asegurarse que una literatura es de un lugar y no de otro, creo, tiene que ser intransferible; y ni así se ha podido vencer a la curiosidad cultural. Cada vez nos leen más en el exterior, y cada vez leemos más a alguien que escribe en un pueblito de Perú como si se tratase de Las Mojarras.

¿Hay lectores para tantos autores?

   Los lectores de nuestra generación, son los escritores de nuestra generación, que también son editores y críticos. Ningún autor se animará a decirlo, pero en nuestros vanidosos corazones, lo consideramos el público soñado. Aunque algunos lo vaticinen para más adelante, la literatura hoy, es un hobbie. Logró reunirse con su idea ancestral de inutilidad, y por esa razón (paradójica), la considero fundamental.

¿Qué marcas generacionales dirías que te unen -estéticamente- a tus contemporáneos, a los otros autores de la antología?

   Es impresionante la cantidad de cuentos que transcurren en pueblos del interior, con personajes que se comen las eses y trabajan en los silos de granos. Impresiona esa manía de referirse a la infancia, y al yo. Nacimos en plena dictadura y nuestra experiencia primera con la democracia fue inflacionaria, luego el vaciamiento menemista nos manchó de un nihilismo poco menos terminal que la inundación de Tinelli en todos los aspectos de la existencia. Vimos los muertos del 20 de diciembre y la caída de las torres como algo que ocurría dentro de un videojuego, y mientras pasábamos esas pantallas, teníamos que inventarnos una vida con todos esos pedazos de nada. Somos una generación sin sueños, que asistió al exterminio de los ideales y a la cosificación del arte en un ejercicio tan lánguido como cuando nuestras madres nos peinaban antes de ir a la escuela un día de viento. El mundo se convertía en un descomunal cementerio, pero apareció Internet y un lugar para nuestras tristes artesanías. Nos brindo un público. Entonces empezamos a hablar de cierta literatura de cierta generación; y nos creímos escritores.

26 de octubre de 2025

10 Preguntas a Pablo Giordano
























“La felicidad es un Gordini” forma parte de diez años de poesía, cuál es el principio que te motivó a escribir estos poemas.
El principio motivador fue aprender y jugar a escribir poesía. Nada más. Tené en cuenta que en ese libro hay poemas que escribí a los quince años. Entonces estaba muy influenciado por Alejandra Pizarnik y se nota.

Participaste en dos antologías de cuentos que se editaron recientemente, que características según tú punto de vista debe presentar un cuento.
Bueno, no lo sé. Lo que sé es que el cuento a diferencia de la novela, es una pieza de relojería pequeña y precisa, donde lo asombroso radica en su funcionamiento, en el mecanismo que permite ver una superficie simple de apariencia natural, mientras debajo han sido colocados con perversidad engranajes que la provocan.

Que poesía prefieres leer, con estructura clásica, sin formas, ambas.
No soy un gran lector de poesía, para mí la mayoría es basura. Porque la poesía es difícil. Y hay poca poesía relevante. Suelo revolver muchísimos libros hasta dar con algo trascendental. Siempre termino en los mismo autores, que son indispensables si uno quiere dedicarse al arte. Hablo de Pessoa, Pound y pocos más.

En que proceso estás con la novela que subes capítulos cada lunes en tu blog.
Empecé a postear la última parte. La novela tiene seguidores fieles, eso está bueno, he tenido muy buenas devoluciones, ¡y también reclamos de continuidad!

Cuáles son los estados de ánimo que te invitan a crear una obra y cuales no.
Ese es un tema difícil. En general hago todo lo posible para no sentarme a escribir. Tengo una negación que no puedo extirpar y lo intento a fuerza de trabajo y recordar lo bien que estoy cuando algo cierra, cuando empieza el proceso de corrección de un cuento, por ejemplo. Entonces suelo abrir tres o cuatro a la vez y escribir un poco de cada uno por semana, sin pretensiones, hasta que a alguno se le ocurre cerrar y lo persigo día y noche hasta que me representa.

En Córdoba existe gran cantidad de gente que escribe poesía y poco narrativa, que opinión tenés al respecto.
No es un fenómeno sólo cordobés. Cuando una persona (generalmente en la adolescencia) decide dedicarse a escribir, elige hacer sus primeras armas literarias en la poesía. Creen ver en el hecho de escribir versos una facilidad: no hay que escribir mucho (una poesía puede tener un solo verso); no hay que ser necesariamente coherente; no hay que contar necesariamente una historia, no hay que plantear ninguna teoría u opinión e, inclusive, un golpe de azar puede convertir a nuestro mejunje de palabras y sensaciones en un muy buen poema. Eso creen los ingenuos que sospechan cierta facilidad para la poesía. Y después, el factor determinante en los últimos tiempos: la web. “Lo cargo y a alguien le va a gustar”. Ante este fenómeno, llegando al extremo de resultar molesto, algunos intelectuales han llamado la atención sobre las toneladas de basura poética que circula. Y esta idea salpica injustamente a toda la poesía, tiñendo de sospechas al mismísimo género. Cuando le pregunté a Carlos Barbarito si era verdad que la poesía estaba subvalorada con respecto a otros géneros me contestó que un poeta actúa a través de las grietas, de los intersticios, no porque lo quiera, porque está obligado a hacerlo. Generalmente, y al decir generalmente me expreso con suavidad, fracasa. Fracasamos. La única estética posible es la del fracaso, dice Cocteau.

Elige un cuento de Salinger, Borges; Cortazar, A. Castillo, Chejov, Kafka, Mauppasant. Cuál sería y porque.
Uff, arduo trabajo. De Salinger eligiría “Un buen día para el pez plátano” porque es absolutamente brutal. De Borges me gusta mucho “Emma Zunz”, porque en el final devela todo un universo, el de las causas y efectos como piezas intercambiables de la realidad. De Cortazar me quedo (así rápido) con “Carta a una señorita en Paris” porque fue mi primer encuentro con el absurdo (pero no puedo evitar recordar “Casa Tomada”, “La Noche boca arriba” y “Autopista del sur”, por supuesto). A Chéjov no lo he leído mucho, pero recuerdo “Amorcito”; Kafka tiene ese monstruo paradigmático llamado “El castillo”. Y de Maupassant es imposible no recordar Tombuctú. De Abelardo recuerdo muy presente a “El candelabro de plata” específicamente por este pasaje: “Quiero decir algo: miento prodigiosamente. Y es natural. La fantasía del que está solo se desarrolla, a veces, como una corcova de la imaginación, un poco monstruosamente; con ella elabora un universo tramposo, exclusivo, inverificable, que -como el creado por Dios- suele acabar aniquilándose a sí mismo. El suicidio o la locura son dos formas de Apocalipsis individual: la venganza de la soledad”

¿Sos un lector salvaje que lees todo el tiempo o solo por períodos. Tu biblioteca va aumentando con los años o básicamente hay pocos libros?
Leo todo el tiempo, pero soy salvaje. Llevo una lectura fragmentada y caótica. En mi biblioteca de papel hay pocos libros, aumenta lentamente. Espero ansioso que bajen los precios de los e-book readers.

Si fueras un coleccionista de libros viejos, que primera edición te gustaría tener en tu casa. Yo tengo uno de 1930 de Leonidas Barletta autografiado.
No tengo un fetiche con los libros, pero colecciono estampillas. Tengo una de Bohemia y Moravia, un país que duró lo que un suspiro.

El primer libro que leíste en tu vida y el último. Diferencias y similitudes que encontraste en cada libro.
El Primero que leí en mi vida debe haber sido El Monte era una Fiesta, de Gustavo Roldán, o bien Luzul, el muchacho espacial, ya no recuerdo. El último que leí fue Zen en el arte de escribir de Ray Bradbury. En todos ellos se encuentra una desprejuiciada frescura.

                                                                                 Andrés Nieva, agosto 2009

Pablo Giordano: simplemente, el autor de La muerta



   He disfrutado leyendo ‘La Muerta’. He disfrutado recreándome en las variables argentinas de nuestro castellano. Me he regodeado en las ricas descripciones que este relato ofrece. Por momentos, incluso he sonreído. Me ha gustado mucho que sea en primera persona. Es curioso que haya disfrutado así de un velatorio y de los recuerdos del protagonista en relación a la finada. Es duro, además, que esta sea una especie de freak que sufre de gigantismo.
   El autor que ha provocado todo esto es Pablo Giordano, Narrador que se estrena el jueves en esta casa con el mencionado relato. Con este brutal relato. Me ha hecho disfrutar, sí. Hombre, leyendo los apuntes biográficos que nos ha remitido, se puede entender. Giordano ha dirigido revistas juveniles y ha publicado algunas poesías y cuentos en el suplemento ‘El Especial’ de Nueva York-Nueva Jersey, en los diarios ‘La Voz del Interior’ de Córdoba (Argentina) y ‘Perfil’ de Buenos Aires y colabora con ‘El Diario de Villa María’ y la revista ‘Diccionario’.
   Asimismo, también es autor de las antologías: ‘In Our Own Word’ (Marlow Peerse Weaver — USA, 2007), ‘Grageas’ (IMFC — Buenos Aires, 2007) y ’25 ciudades’ (Universidad Católica de Córdoba, 2007), así como diferentes piezas en formato digital en diferentes sitios de Argentina, México, Cuba, Estados Unidos, Portugal, Brasil y España, siendo algunos de sus textos traducidos al inglés y portugués.
   La verdad es que no sé cómo serán muchas de estas obras y, sinceramente, no me importa demasiado. He disfrutado sobremanera leyendo ‘La Muerta’ y por el momento me basta para afirmar que estamos ante un buen escritor o, por lo menos, ante el escritor que ha creado ‘La Muerta’, que no es poco. Compruébenlo ustedes mismos el próximo jueves en esta revista.


                                                           Raúl Luceño para la revista española Narrador.es (2007)

25 de octubre de 2025

Giordano se somete al cuestionario de Iván Ferreyra

Córdoba, 2005 ¿Quién no escucho hablar de Pablo Giordano, el escritor de Las Varillas? Si es así, es por qué nunca habitó las tierras de google. Giordano es más bueno que Lassie atada, pero cuando escribe se enoja, es posible que algún día nos sorprenda en los policiales de algún matutino. Giordano me cae bien, cree en los que arrancan de abajo, como yo. Vamos a ver que dice ante este manojo de preguntas estúpidas.

¿Dónde está la tristeza?
En la infancia y en el sur de Estados Unidos.

¿Dónde están los nadadores?
¿En el club?

¿Dónde está el rocanrol?
En la adolescencia.

¿Dónde están los consumidores?
En el planeta tierra.

¿Dónde está la luna?
En la toma previa al partido de fútbol.

¿Dónde están los discjockey?
En barrios bajos cultivando perros asesinos.

¿Dónde están los aborígenes?
Allá donde no vemos y en los genes de la mayoría de nosotros.

¿Dónde están los punk?
Enterrados, o caminando como zombis.

¿Dónde están los heavys?
Frente al espejo, preguntándose por la patología de su homofobia.

¿Dónde está la belleza?
Arañando la piel de gallina de quien la observa, así como la muerte se posa en los ojos del asesino.

¿Dónde están los discapacitados?
En cualquier lugar, siendo felices.

¿Dónde están los boxeadores?
En la lona.

¿Dónde están los escritores?
En los blogs.

¿Dónde están los revolucionarios?
Leyendo revistas sociales, fumando marihuana y comprando instrumentos indígenas.

¿Dónde están las mujeres hermosas?
En cualquier idealización de morondanga.

¿Dónde está López?
Andá a saber.

¿Dónde estás vos?
En Las Varillas, venite.

¿Dónde están los fotógrafos?
Detrás del ojo negro, siempre detrás del ojo negro.

¿Dónde están los gays?
Allí donde hay movimiento, diversión, y otros Gays!

¿Dónde están los que niegan?
En ninguna parte, igual que los que aceptan.

¿Dónde están los enanitos verdes?
¿Grabando? ¡Decime que no!

¿Dónde están los peluqueros?
Detrás de las paredes-espejos.

¿Dónde están los que abrazan?
Justo delante tuyo cuando querías llegar hasta la barra.

¿Dónde están las putas?
En la entrada de Laspiur.

¿Dónde están los sindicalistas?
En la TV, en la calle, en las oficinas, en los juzgados.

¿Dónde están los auspiciantes?
Acá están todos, fíjate.

¿Dónde están los cumbieros?
Viajando en combis, siempre.

¿Dónde están los modelos?
En las revistas de corte y confección de los años cincuenta.

¿Dónde están los piqueteros?
Este tipo de preguntas es la que me lleva a pensar que este interrogatorio está mal formulado.

¿Dónde están los ecologistas?
Ocultando la corrupción de Greenpeace.

¿Dónde están los sueños?
En mí, están todos en mí, incluidos los tuyos.

¿Dónde está el destino?
En la reflexión.

¿Quiénes tienen las respuestas a lo que buscamos?
Google, Wikipedia, y la casualidad.