no como a los poetas = albatros,
las alas,
otras cosas pesan;
hace décadas me pujo
solo
en tristes cuadernos.
estoy harto de amar,
pero no se me ocurre otra cosa.
no como a los poetas = albatros,
las alas,
otras cosas pesan;
hace décadas me pujo
solo
en tristes cuadernos.
estoy harto de amar,
pero no se me ocurre otra cosa.
en Francia vieron al lobo gris
considerado extinto
un siglo atrás.
Ana Valle
de ciento siete años,
sanó después de ver morir
a ocho de los compañeros de asilo;
y de sobrevivir
a la gripe española
a los cinco.
falta un abrazo que dé la razón,
no lo harán las evidencias.
descubro algo no falsable,
esa entelequia inflamada:
nosotros.
nuestro amor, y cualquiera,
no difiere del efecto de la luz sobre la materia.
quiero despertar y no preguntarme
por qué estoy tan horriblemente sobrio
cada día de los cuarenta años.

son cañas deshilachadas por cuervos,
sus trenzas:
perezosos salvados del fuego,
extrañas escoliosis;
las sábanas revueltas:
el mar donde suspiró la muerte.
un trapezoide de luz matutina
recorta al bicho binario desnudo,
dora al efecto coriolis de las nalgas.
aguas cristalinas en los canales venecianos,
rebalsan de peces.
delfines en puertos de Cagliari,
jabalíes cruzan las calles de Barcelona;
sale un canto extraño
de los pájaros.
algunos han vuelto luego de centenios
y los hombres a oírlos
en los jardines
ahora prohibidos.
muerdo al besar:
hay muchas formas de arrojar
una tesis al mundo
esta noche
soy su barrio desierto,
no respeta señales ni luces,
avanza por mis calles con un hielo en la boca
deja el rastro en el asfalto caliente
sobre la cama.
nos amamos,
la luna muestra colmillos de fiebre,
nos trajo, nos llevará de regreso,
la luna,
esa puta de ingles percudidas.
bellas orquídeas crecen entre grietas.
en Oakland, pavos salvajes abren
las colas a los automovilistas,
los madrileños le copian el juego.
bajó veinticinco por ciento
el dióxido de carbono
en muchas ciudades chinas, el cielo
se ve como extraterrestre.
osos lavadores pescan y nadan en Panamá;
la revuelta de monos hambrientos,
desesperados por falta de comida,
es decir, de turistas,
arrecia Tailandia,
amenaza tomar
el paralizado Parlamento.
El tiempo no nos enseña. Tampoco
descompone cuerpos, ni sana heridas,
ni vuelve. Una canción, ni libro alguno
salvan; ni las personas, ni un buen viaje,
ni, como dicen, se salva uno mismo.
No escribe la pulsión por el tipeo,
los versos; ni cadencias, ni los cantos,
ni al leer, esa agitación turbada,
ni la belleza, ni la dulce angustia
de domingo a la tarde, es poesía.
Como un anciano refunfuño porque
soy un niño. Necesito aprender algo.
Como los lobos, devenir en perro,
olisquear, por ejemplo, esas manos
de cazador, alzar a él la mirada,
agradecer, comer de lo sobrante.
Varias enredaderas retroceden,
en estas fotos. Son otros los rostros,
las poses se perdieron, son ahora
sátiras que mediante aquellos velos,
al injusto presente, lo someten.
Se las paso a mi nueva compañera,
catorce años menor. Veo en las suyas
mi pasado. Ella ve en todas las mías,
de una retrospectiva, la pobreza.
A los veinte, a la tumba nos acercan,
de estos domingos, dos mil ochocientos.
Tres por ciento de todas las personas
que veas, lleva un aneurisma quieto,
un grano de maíz, en la olla al fuego.
Sostenemos, es cierto, hiperkinesia
de coleópteros y somos presos
de tercos legislados tanatorios;
acá no hay sino frías, anchas calles,
perros oligofrénicos al cruce
cual mortíferas lanzas diagonales.
Escribo y reescribo el mismo libro.
Son hornos humeantes los poemas,
con hierro sentencioso en cada verso.
Aquí el niño mandado a jugar solo
a la plaza de enfrente para siempre;
y ser preciso al escribir, si puede:
su estertórea agonía paquiderma.
Condenado a escritura con remate,
fumo desnudo, enhiesto y salpicado.
Se desvirga la boca acá en el techo
al darle fuego al Chesterfield robado
al viejo. Acné facial al horizonte,
marea y quema la segunda seca.
Lejos los camioncitos por la ruta,
vuelvo a pitar sin convicción, suelto humo.
El poeta peor es el que quiere
serlo. Disuelto en ciegos, en perdidos
cielos surcados por las ves de patos,
el fuego, las antenas de esas casas
iguales. Los veloces nubarrones:
ropa estrujada en brazos de los vientos.
Hombres sobre colmenas encorvados,
armas de humo; la pieza de nona Alda:
panteón donde plácidos fantasmas
acariciaban al dormir la siesta.
La oscuridad aún en el día, honda
desde la puerta al fondo de mi patio.
Agazapado ahí habitaba un monstruo
silente como el vuelo de los búhos,
aunque ninguno lo tomara en serio.
Un atardecer lo hice, crucé el patio,
vi unas chapas, la pila de ladrillos.
Lo obscuro no soltó a su vil criatura,
me acongojó. Lo sé, picotea en tierras
aradas, luego de cumplir seis años:
radiantes crisantemos de mi madre,
la marrón renoleta de mi padre,
sus jeans para los domingos, oxford;
las perforadas láminas sobrantes
que de la fábrica traía en rollos,
con las que fabricaba revisteros.
El filoso ornamento navideño
que, empuñado, soñé contra mi hermana.
Tras la ventana los colores muelen
los pensamientos de mi madre absorta
en los ya florecidos Pensamientos,
la pala de papá en el suelo, el hacha,
sus bermudas de patio, de pileta,
limpiar, salir; sus dedos del pie, largos,
fuera del cuero de unas franciscanas.
De los diminutivos, el abuso.
En las paredes, armas de vikingos,
los adornos comprados a viajantes.
Los vestidos de lana de mi madre
con agobio en veranos impiadosos,
la tía idéntica a Florinda Mesa,
el mural con poema de Neruda.
El triciclo de Mali quien, treinta años
después, lo ve en la foto al desvestirse
en la cama de tiempo y reencuentro.