3 de febrero de 2026

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no como a los poetas = albatros, 

las alas, 

otras cosas pesan;

hace décadas me pujo

solo

en tristes cuadernos.


estoy harto de amar, 

pero no se me ocurre otra cosa.


28 de enero de 2026

Encontrar al bravo

 



   Las explosiones asustan. ¡Boom! El tío vuelve a cargar, me concentro en el caño de la escopeta y me tapo los oídos. ¡Boom! La culata golpea su hombro, sacude el sobaco que huele insoportable. Camacho arma un cigarrillo. Guiña el ojo derecho cada tres segundos, los conté. Debe ser muy feo vivir con un tic. O a lo mejor no, a lo mejor te acostumbrás, como el chico de la panadería que levanta una ceja cuando te habla.
   La bolsa de cartuchos pesa. ¿Por qué no me dieron una mochila y listo? Seguro no existían las mochilas cuando mi tío era joven, seguro cazaban con estas arpilleras y la ropa verde gastada que se camufla en la tierra. Mi mamá dice que la gente no cambia mucho, y ahora que miro al tío me parece que tiene razón. Yo creo que las mochilas ya existían cuando él empezó a cazar, por lo menos en los documentales de las guerras los soldados las usan, y los que escalan montañas. Así que no sé por qué no se compran unas mochilas y se dejan de joder con estas bolsas de mierda.
   Este lugar es nuevo. Lo único que vi hasta ahora fue la bandada levantar vuelo lejos. Tomaban agua de un charco. Las alas blancas eran enormes y reflejaban mucha luz. El Yica y mi tío tiraron para espantarlos, los perdigones cayeron cerca.
   En el guadal a la sombra de un espinillo, Camacho aprovecha para armar cartuchos con polenta, municiones y pólvora; pone el detonador y cierra el tubito de plástico con la prensa. Eso le pasa por salir a chupar, porque los cartuchos tienen que estar listos la noche anterior a venir al campo, se lo dijo mi tío en el rastrojero.
   Varias veces ayudé a armar cartuchos hasta la madrugada, por eso a la polenta le siento gusto a pólvora y transpiración; mi mamá ni me sirve cuando la cocina con salchichas, ya sabe.
  —Yo sigo sin entender —dice el Yica, que los vio más de cerca porque usó los prismáticos.
   El cigarrillo de Camacho se bambolea en el labio de abajo, jamás se cae. Mi tío me manda a juntar ramas de chañar para el fuego del almuerzo. Cuando cruzo el alambrado, siento olor a bosta en unos matorrales que se mueven. Los rodeo agachado y lo veo: es un chico de ojos grises con las alas plegadas. Está cagando. Me mira como si dijera algo importante pero indescifrable. Algo de la vida, mi futuro, las cosas que puedo llegar a sentir.
   —¡Shuuuu! —lo espanto. Levanta vuelo rasante y sube hasta donde vienen dos grandes. Más allá está mi tío y el Yica. Se gritan. El Bretón se clava al cielo. ¡Boom! Tres tiros. ¡Boom! ¡Boom! Uno de los grandes cae, lejos. El otro abraza al chico y escapa alto, a los gritos. El perro corre tras la presa. Corremos. La bolsa con cartuchos me cansa rápido. Entonces camino, sigo el rastro de la sangre espesa colgando de las ramas: ae nota que tropezó entre los espinillos. Cuando los alcanzo, el herido ya está muerto.
   —Este es de los comunes —dice mi tío empujando el cuerpo con la de doble caño—, de los que andan desnudos, hay un montón.
   —¿Que increíble, che! —El Yica no deja de mirarlo. Yo le acaricio las alas; son más grandes que el cuerpo. Lo levantan de los pies y los brazos. Lo suben a los hombros. Voy abajo, acomodo las alas que cuelgan. Me cae sangre, pero la mayoría le cae en la camisa al Yica. Al rato lo bajan.
   —Hay que cortatarlas acá —dice el tío, y le hace un gesto con la cabeza a Camacho.
   —Vamos, pibe —dice, y me arrebata la bolsa—, hay que buscar mejor leña.
   —¿Le van a cortar las alas? —pregunto.
   —Vení, allá hay ramas más secas.
   Escucho los hachazos mientras nos metemos entre espinillos. Camacho saca un hierro con horquilla en la punta, dice que es para las yarará. Junto algunas ramas, trato de no pincharme.
   —¿Qué es eso? —le grito.
   Camacho levanta la cabeza como si fuera el Bretón, guiña el ojo y viene.
   —Es un badajo —dice. Lo levanta. Le grita a los otros—. Che, acá hay un badajo.
   —Traelo —le gritan.
   Camacho lo levanta y se lo guarda en el bolsillo.
   —¿Qué es un badajo?
   —Seguí juntando. Es lo que va adentro de un cencerro.
   —¿Qué es un cencerro?
   —¿Vas al colegio, vos? Es como una campana.
   —¿Una campana de ángel?
   —¡Juntá, dale!
   Volvemos y armamos la carpa, después armo la fogata y me meto en la carpa porque hace mucho calor. Camacho sale a mantener el fuego. La llama arde alta. Tengo hambre. La radio dice que hace cuarenta y dos grados, cincuenta de sensación térmica. Mi tío y el Yica llegan cubiertos de sangre. El Yica trae un hacha, pregunta en cuánto estarán las brasas, cómo hay que prepararlo. Camacho me mira y no le contesta. Mi tío se agacha al bidón de agua y se lava la sangre, se saca la camisa, le pasa el bidón al Yica.
   —Igual que cualquier otro animal —dice—, como un costillar, ponele.
   Camacho dice que no tiene apuro, pero el Yica quiere saber.
   —A las cuatro seguimos para encontrar al bravo —dice mi tío.
   —¿Y tenías que traer al pibe justo hoy?
   Los escucho desde adentro de la carpa, miro si las linternas tienen pilas, la noche me da miedo.
   —Qué se curta —dice el tío—, ya es grande.

   El canto en el cielo nos sorprende. Salgo con los demás. Nos hacemos viseras con las manos. Son unos cincuenta, cien, no sé. Vuelan demasiado alto para tirarles. Tienen ropas coloridas y cacharros de bronce. Los chicos revolotean, se adelantan, dan vueltas alrededor de los grandes. Algunos dirigen a los de atrás con un cencerro, lo veo clarito, lo lleva colgando del cuello con una larga cadena que parece de oro. Vuelan de paso, como los patos en días nublados hacia las lagunas que dejaron las lluvias. Desaparecen en el horizonte.

24 de diciembre de 2025

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en Francia vieron al lobo gris

considerado extinto

un siglo atrás.


Ana Valle 

de ciento siete años,

sanó después de ver morir 

a ocho de los compañeros de asilo;

y de sobrevivir 

a la gripe española 

a los cinco.


21 de diciembre de 2025

¡Escondete!






   Tardé en encontrar el panteón negro cercano a la diagonal de la entrada. No quedan más de treinta personas donde el cajón de Robledo -con Robledo dentro- fue depositado. Oigo al ingeniero Gionno explicar algo. Termina, se acomoda el traje, la corbata, y apoya la cara entre los brazos cruzados contra el mármol, como si llorara, pero no, cuenta números.
   La Directora del Centro Odontológico, trajecito sastre beige, y el escribano Murietti, también de traje, se alejan al trote. Los demás corren en distintas direcciones. No sé qué hacer. Corro hasta alcanzar a Raúl Pilari, el comisionista. Lo reconozco recién cuando se tira de panza atrás de la tumba de un niño. Me agacho, le pregunto qué pasa.
   —¿No viste? —susurra—. Cuenta Gionno, lo conozco de otras veces, busca muy bien.
   Espío. El ingeniero ya contó y anda por la calle central, inclina el torso y mira entre los pasadizos.
   —La idea es rodear al Cristo —dice Pilari—, así entramos por el otro lado, no va a sospechar que aparezcamos por atrás.
   Gionno grita algo confuso, después de la pausa es claro:
   —Martita, atrás del macetón allá, en el panteón de los Rosales. Te ví, salí.
   Me asomo cauteloso. Lo veo volver a la pared negra y gritar:
   —¡Tocada la piedra para Martita!
  Vemos pasar a Marta Bussetti quejándose. Gionno vuelve a la búsqueda. Cinco tipos corren en estampida. Entre los de la retaguardia adivino al sodero Forlán, mucho más gordo que la última vez que lo vi. El ingeniero se la toca al gordo y dos más. Forlán se deja caer jadeante en medio de la calle. Parece muerto. Trescientos metros más allá, el poeta Ariel Garises alardea de su desafiante escondite en el techo de un antiguo mausoleo, de pie y a los gritos. Desde la posición del ingeniero es imposible verlo, por las dudas Garises de a ratos se agacha. Recita versos a los escondidos en las inmediaciones, aunque intentan callarlo.
   Para espiar mejor me mudo a la tumba del gran ángel. Veo a Gionno extender la mano a alguien oculto por el panteón, lo ayuda a pararse. Es el octogenario Mureña, uno de nuestros ex intendentes, quien no pudo ir muy lejos, apenas si logró pasar desapercibido. El ingeniero lo ayuda a sentarse en el banco de cemento junto a la gran corona de flores. Ahí lo deja, da tres o cuatro pasos hasta el mármol, lo toca y grita:
   —Lamento comunicar que está tocada la piedra para nuestro querido Ricardo Mureña, quien nos ha brindado su vida para que esta sea la localidad pujante que es.
   Ahora Gionno trota corto, audaz, entre unas tumbas bajas, lo mira todo, vuelve a la piedra. Es un suricato.
   —Cuando salga para la otra calle —musita Pilari—, corremos y rodeamos al Cristo. No nos va a ver.
   El innecesario y excesivo movimiento del ingeniero produce corridas de dos frentes que salvan a Carlitos Potra y Marga Ceballos -a la cual creía muerta-, pero no al pibe Finetto con la camiseta fosforescente del club Unión que lo delató a doscientos metros.
   La gente se sienta alrededor del intendente y por fin el ingeniero hace lo predicho por el comisionista. Corremos con el torso inclinado. Detrás del paredón nos erguimos al trote unos cien metros, trazamos la gran ele que rodea al Cristo y nos sentamos donde planeamos.
   —Van quedando pocos —dice mi compañero—, guarda que nos puede tocar a nosotros en cualquier momento.
   Atrás de la caseta del sereno vemos perfecto, pero el riesgo es alto si Gionno mira para acá.
   —Che, se hace de noche —advierto—, va a venir el sereno a laburar, nos va a sacar cagando a todos, va a llamar a la cana.
   —Hace de las tres de la tarde que dicen que va a venir. No les creo… no trabaja ningún sereno acá.
   Veo al ingeniero volver fastidiado al mármol. Lo toca y grita:
   —¡Tocada para Garises haciéndose el canchero arriba del panteón aquel!
   El poeta grita a lo lejos:
   —Chupame un huevo, Gionno.
   —Bajate de ahí, pelotudo. Ya te descubrí.
   —¡No me bajo un carajo, pelotudooooo!

   Disminuye la luz, la tarde coagula con lentitud su oscura cúpula, provoca el eco, nos permite oír pasos, hierros que rechinan, corridas, alguien que salta de una altura a otra, dos mujeres que conversan del maltrato de los maridos.
   —¡Qué estúpido este boludo, Por Dios! —dice el ingeniero a los quemados. Después le grita al poeta:
   —Igual estás muerto, ya te la toqué, quedate cantando ahí todo lo que quieras, a nadie le importa.
  Una mano sale rapaz de atrás del panteón y alguien grita “¡Tocada!”. Es el Doctor Poye. Por el aspecto, recién emerge de una siesta. Fue quien acompañó al muerto hasta el último suspiro, según Pilari, que además califica a la estrategia de Poye como la mejor.
   Nuevas corridas por el sector delantero que Gionno descuidó: tres se salvan, otros cuatro -con evidente desgano- y un anciano, no llegan; el ingeniero los apila junto a los demás gritando fuerte los nombres con la mano en el mármol.
   Una figura a contraluz, como vaquero del lejano oeste, viene traído por el arrastre de sus pies desde el fondo del cementerio. No sabemos quién es, su rostro es seguido por una sombra. Llega hasta el grupo, aparentemente es un cuarentón desconocido.
   —No doy más —dice, y se tira al piso. Gionno lo mira, va a la piedra disconforme y, apenado, apoya la palma de la mano en el panteón.
   —Tocada —dice.
   —Pobre tipo —murmura Pilari.
   Voy a preguntarle quién es, pero la multitudinaria corrida es sorprendente, maravillosa. Una tropa de treinta o cuarenta niños, adolescentes y veinteañeros, entra a una velocidad increíble y tocan la piedra. Dos no llegan a tiempo.
   —¿Y estos? —le pregunto al comisionista.
   —No les des bola, ya casi es el turno nuestro —analiza la jugada—. Vamos a tener que ir ya, porque a Gionno nomás le queda buscar por acá; pero antes va a ir hasta el Cristo, apenas se vaya para allá, salimos despacio y cuando nos veamos a tiro, corremos a la piedra.

   Es de noche. Veo a los chicos comer golosinas, se empujan y se ríen, los más grandes se gustan, fuman y se abrazan junto a la canilla. Se ven sombras de dos que se besan detrás de una cruz. Tengo que correr y me tiemblan las piernas.

3 de diciembre de 2025

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falta un abrazo que dé la razón, 

no lo harán las evidencias. 

descubro algo no falsable, 

esa entelequia inflamada: 

nosotros. 


nuestro amor, y cualquiera, 

no difiere del efecto de la luz sobre la materia. 


quiero despertar y no preguntarme 

por qué estoy tan horriblemente sobrio 

cada día de los cuarenta años.


2 de diciembre de 2025

Lo que se dijo de mi literatura en tiempo de Los Muertos




"Cartografía de lo doméstico y la calle, personajes que son las mismo tiempo conocidos y extraños como el heimlich freudiano. Pablo Giordano trabaja con una lupa, con una pinza y con un grabador-reproductor de voces. Sus relatos son ágiles, livianos, directos, pero también microscópicos, duros, astillados como un insecto de vidrio que nos mira". Juan Terranova.

"Siluetas de Simulcop es un relato límpido, con diálogos precisos y final muy logrado". Gabriel Báñez.


"Hay algo indefinible en la prosa de Pablo Giordano que hace pensa en lo argentino esencial: aquello que está lejos de lo aparente porteño, la farsa, el embuste, la presunción. Su escritura es juvenil, pero posee una madurez definitiva". 
Marco Tulio Aguilera Garramuño.

"Pablo Giordano destila en sus relatos una prosa feroz y cuajada de jerga mediante la que nos brinda historias ásperas y truculentas, que nos enfrentan con esos abismos donde se mueven la violencia y la miseria". José Ángel Barruecos.

"Estos cuentos son crueles, pero no al estilo de Abelardo Castillo, poseen una crueldad cotidiana, casi natural pero muy humana, porque son horrores que resultarían evitables más allá de lo cultural y social. Sartre decía que para que el suceso más trivial se convirtiera en aventura, era condición necesaria y suficiente contarlo. Yo sumo a esto que, si la manera de referirlo lo vuelve atrapante, podemos estar en presencia de una promesa para el género". Rubén Sacchi.


29 de noviembre de 2025

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son cañas deshilachadas por cuervos, 

sus trenzas: 

perezosos salvados del fuego, 

extrañas escoliosis; 


las sábanas revueltas:

el mar donde suspiró la muerte. 


un trapezoide de luz matutina 

recorta al bicho binario desnudo, 

dora al efecto coriolis de las nalgas.


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aguas cristalinas en los canales venecianos, 

rebalsan de peces.

delfines en puertos de Cagliari,

jabalíes cruzan las calles de Barcelona; 


sale un canto extraño 

de los pájaros. 

algunos han vuelto luego de centenios

y los hombres a oírlos 

en los jardines 

ahora prohibidos.


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muerdo al besar:

hay muchas formas de arrojar 

una tesis al mundo


esta noche

soy su barrio desierto,

no respeta señales ni luces,

avanza por mis calles con un hielo en la boca

deja el rastro en el asfalto caliente

sobre la cama.


nos amamos, 

la luna muestra colmillos de fiebre, 

nos trajo, nos llevará de regreso, 

la luna, 

esa puta de ingles percudidas.


28 de noviembre de 2025

Entrevista en Villa María por Chozas

 

     Audio

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bellas orquídeas crecen entre grietas. 


en Oakland, pavos salvajes abren 

las colas a los automovilistas, 

los madrileños le copian el juego.


bajó veinticinco por ciento 

el dióxido de carbono 

en muchas ciudades chinas, el cielo 

se ve como extraterrestre.


osos lavadores pescan y nadan  en Panamá;


la revuelta de monos hambrientos, 

desesperados por falta de comida, 

es decir, de turistas, 

arrecia Tailandia, 

amenaza tomar

el paralizado Parlamento.


Marcelo di Marco lee poema de Multiversal


 

27 de noviembre de 2025

Dos mil veinte



   El año pasado subí un poemario inédito. Se trata de una reunión de textos de los últimos años atravesados por la pandemia y, como siempre, bajo la lupa de los temas universales de la literatura.
   Dejo para este género lo íntimo, personal, casi alejado por completo de la literatura y más cercano a un diario íntimo vitaminizado de estilismo donde lo prosaico viene, justamente, a reivindicarlo.

   El libro es de descarga gratuita, pero les dejé unos botoncitos por si me quieren dejar alguna moneda.

Entrevista en el programa de Omar Hefling

             Audio

 

Cierre de Mueca de provincia

 

El tiempo no nos enseña. Tampoco 

descompone cuerpos, ni sana heridas, 

ni vuelve. Una canción, ni libro alguno  

salvan; ni las personas, ni un buen viaje,

ni, como dicen, se salva uno mismo.


No escribe la pulsión por el tipeo,  

los versos; ni cadencias, ni los cantos, 

ni al leer, esa agitación turbada, 

ni la belleza, ni la dulce angustia 

de domingo a la tarde, es poesía.


26 de noviembre de 2025

Entrevista lanzamiento Mueca de provincia

 


Domesticación

 

Como un anciano refunfuño porque 

soy un niño. Necesito aprender algo. 

Como los lobos, devenir en perro, 

olisquear, por ejemplo, esas manos 

de cazador, alzar a él la mirada, 

agradecer, comer de lo sobrante.

Presentación de Los Muertos y Chozas en Villa María


 

25 de noviembre de 2025

Aneurismas andantes

 

Varias enredaderas retroceden, 

en estas fotos. Son otros los rostros,

las poses se perdieron, son ahora 

sátiras que mediante aquellos velos, 

al injusto presente, lo someten.

 

Se las paso a mi nueva compañera, 

catorce años menor. Veo en las suyas 

mi pasado. Ella ve en todas las mías,

de una retrospectiva, la pobreza.


A los veinte, a la tumba nos acercan,

de estos domingos, dos mil ochocientos. 

Tres por ciento de todas las personas

que veas, lleva un aneurisma quieto,

un grano de maíz, en la olla al fuego.


Entrevista a los 12 años

 


Lanzas diagonales

 


Sostenemos, es cierto, hiperkinesia 

de coleópteros y somos presos 

de tercos legislados tanatorios;

acá no hay sino frías, anchas calles, 

perros oligofrénicos al cruce

cual mortíferas lanzas diagonales.


Escribo y reescribo el mismo libro.

Son hornos humeantes los poemas, 

con hierro sentencioso en cada verso.


Aquí el niño mandado a jugar solo 

a la plaza de enfrente para siempre; 

y ser preciso al escribir, si puede:

su estertórea agonía paquiderma.


Condenado a escritura con remate,

fumo desnudo, enhiesto y salpicado.


24 de noviembre de 2025

Nota en Villa María x presentación de Los muertos

 


Chesterfield

 

Se desvirga la boca acá en el techo 

al darle fuego al Chesterfield robado 

al viejo. Acné facial al horizonte,

marea y quema la segunda seca.

Lejos los camioncitos por la ruta, 

vuelvo a pitar sin convicción, suelto humo.


El poeta peor es el que quiere

serlo. Disuelto en ciegos, en perdidos 

cielos surcados por las ves de patos, 

el fuego, las antenas de esas casas 

iguales. Los veloces nubarrones: 

ropa estrujada en brazos de los vientos.

Hombres sobre colmenas encorvados, 

armas de humo; la pieza de nona Alda: 

panteón donde plácidos fantasmas

acariciaban al dormir la siesta.


La oscuridad aún en el día, honda 

desde la puerta al fondo de mi patio.

Agazapado ahí habitaba un monstruo 

silente como el vuelo de los búhos,

aunque ninguno lo tomara en serio.


Un atardecer lo hice, crucé el patio,

vi unas chapas, la pila de ladrillos. 

Lo obscuro no soltó a su vil criatura,

me acongojó. Lo sé, picotea en tierras

aradas, luego de cumplir seis años:

radiantes crisantemos de mi madre,

la marrón renoleta de mi padre,

sus jeans para los domingos, oxford; 

las perforadas láminas sobrantes 

que de la fábrica traía en rollos, 

con las que fabricaba revisteros.

El filoso ornamento navideño

que, empuñado, soñé contra mi hermana.


Tras la ventana los colores muelen

los pensamientos de mi madre absorta 

en los ya florecidos Pensamientos,

la pala de papá en el suelo, el hacha, 

sus bermudas de patio, de pileta,

limpiar, salir; sus dedos del pie, largos, 

fuera del cuero de unas franciscanas.


De los diminutivos, el abuso.


En las paredes, armas de vikingos, 

los adornos comprados a viajantes.

Los vestidos de lana de mi madre 

con agobio en veranos impiadosos, 

la tía idéntica a Florinda Mesa, 

el mural con poema de Neruda.


El triciclo de Mali quien, treinta años

después, lo ve en la foto al desvestirse

en la cama de tiempo y reencuentro.