Tardé en encontrar el panteón negro cercano a la diagonal de la entrada. No quedan más de treinta personas donde el cajón de Robledo -con Robledo dentro- fue depositado. Oigo al ingeniero Gionno explicar algo. Termina, se acomoda el traje, la corbata, y apoya la cara entre los brazos cruzados contra el mármol, como si llorara, pero no, cuenta números.
La Directora del Centro Odontológico, trajecito sastre beige, y el escribano Murietti, también de traje, se alejan al trote. Los demás corren en distintas direcciones. No sé qué hacer. Corro hasta alcanzar a Raúl Pilari, el comisionista. Lo reconozco recién cuando se tira de panza atrás de la tumba de un niño. Me agacho, le pregunto qué pasa.
—¿No viste? —susurra—. Cuenta Gionno, lo conozco de otras veces, busca muy bien.
Espío. El ingeniero ya contó y anda por la calle central, inclina el torso y mira entre los pasadizos.
—La idea es rodear al Cristo —dice Pilari—, así entramos por el otro lado, no va a sospechar que aparezcamos por atrás.
Gionno grita algo confuso, después de la pausa es claro:
—Martita, atrás del macetón allá, en el panteón de los Rosales. Te ví, salí.
Me asomo cauteloso. Lo veo volver a la pared negra y gritar:
—¡Tocada la piedra para Martita!
Vemos pasar a Marta Bussetti quejándose. Gionno vuelve a la búsqueda. Cinco tipos corren en estampida. Entre los de la retaguardia adivino al sodero Forlán, mucho más gordo que la última vez que lo vi. El ingeniero se la toca al gordo y dos más. Forlán se deja caer jadeante en medio de la calle. Parece muerto. Trescientos metros más allá, el poeta Ariel Garises alardea de su desafiante escondite en el techo de un antiguo mausoleo, de pie y a los gritos. Desde la posición del ingeniero es imposible verlo, por las dudas Garises de a ratos se agacha. Recita versos a los escondidos en las inmediaciones, aunque intentan callarlo.
Para espiar mejor me mudo a la tumba del gran ángel. Veo a Gionno extender la mano a alguien oculto por el panteón, lo ayuda a pararse. Es el octogenario Mureña, uno de nuestros ex intendentes, quien no pudo ir muy lejos, apenas si logró pasar desapercibido. El ingeniero lo ayuda a sentarse en el banco de cemento junto a la gran corona de flores. Ahí lo deja, da tres o cuatro pasos hasta el mármol, lo toca y grita:
—Lamento comunicar que está tocada la piedra para nuestro querido Ricardo Mureña, quien nos ha brindado su vida para que esta sea la localidad pujante que es.
Ahora Gionno trota corto, audaz, entre unas tumbas bajas, lo mira todo, vuelve a la piedra. Es un suricato.
—Cuando salga para la otra calle —musita Pilari—, corremos y rodeamos al Cristo. No nos va a ver.
El innecesario y excesivo movimiento del ingeniero produce corridas de dos frentes que salvan a Carlitos Potra y Marga Ceballos -a la cual creía muerta-, pero no al pibe Finetto con la camiseta fosforescente del club Unión que lo delató a doscientos metros.
La gente se sienta alrededor del intendente y por fin el ingeniero hace lo predicho por el comisionista. Corremos con el torso inclinado. Detrás del paredón nos erguimos al trote unos cien metros, trazamos la gran ele que rodea al Cristo y nos sentamos donde planeamos.
—Van quedando pocos —dice mi compañero—, guarda que nos puede tocar a nosotros en cualquier momento.
Atrás de la caseta del sereno vemos perfecto, pero el riesgo es alto si Gionno mira para acá.
—Che, se hace de noche —advierto—, va a venir el sereno a laburar, nos va a sacar cagando a todos, va a llamar a la cana.
—Hace de las tres de la tarde que dicen que va a venir. No les creo… no trabaja ningún sereno acá.
Veo al ingeniero volver fastidiado al mármol. Lo toca y grita:
—¡Tocada para Garises haciéndose el canchero arriba del panteón aquel!
El poeta grita a lo lejos:
—Chupame un huevo, Gionno.
—Bajate de ahí, pelotudo. Ya te descubrí.
—¡No me bajo un carajo, pelotudooooo!
Disminuye la luz, la tarde coagula con lentitud su oscura cúpula, provoca el eco, nos permite oír pasos, hierros que rechinan, corridas, alguien que salta de una altura a otra, dos mujeres que conversan del maltrato de los maridos.
—¡Qué estúpido este boludo, Por Dios! —dice el ingeniero a los quemados. Después le grita al poeta:
—Igual estás muerto, ya te la toqué, quedate cantando ahí todo lo que quieras, a nadie le importa.
Una mano sale rapaz de atrás del panteón y alguien grita “¡Tocada!”. Es el Doctor Poye. Por el aspecto, recién emerge de una siesta. Fue quien acompañó al muerto hasta el último suspiro, según Pilari, que además califica a la estrategia de Poye como la mejor.
Nuevas corridas por el sector delantero que Gionno descuidó: tres se salvan, otros cuatro -con evidente desgano- y un anciano, no llegan; el ingeniero los apila junto a los demás gritando fuerte los nombres con la mano en el mármol.
Una figura a contraluz, como vaquero del lejano oeste, viene traído por el arrastre de sus pies desde el fondo del cementerio. No sabemos quién es, su rostro es seguido por una sombra. Llega hasta el grupo, aparentemente es un cuarentón desconocido.
—No doy más —dice, y se tira al piso. Gionno lo mira, va a la piedra disconforme y, apenado, apoya la palma de la mano en el panteón.
—Tocada —dice.
—Pobre tipo —murmura Pilari.
Voy a preguntarle quién es, pero la multitudinaria corrida es sorprendente, maravillosa. Una tropa de treinta o cuarenta niños, adolescentes y veinteañeros, entra a una velocidad increíble y tocan la piedra. Dos no llegan a tiempo.
—¿Y estos? —le pregunto al comisionista.
—No les des bola, ya casi es el turno nuestro —analiza la jugada—. Vamos a tener que ir ya, porque a Gionno nomás le queda buscar por acá; pero antes va a ir hasta el Cristo, apenas se vaya para allá, salimos despacio y cuando nos veamos a tiro, corremos a la piedra.
Es de noche. Veo a los chicos comer golosinas, se empujan y se ríen, los más grandes se gustan, fuman y se abrazan junto a la canilla. Se ven sombras de dos que se besan detrás de una cruz. Tengo que correr y me tiemblan las piernas.