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11 de noviembre de 2025

Prólogo de Multiversal, por Marcelo Díaz.

Prólogo. Marcelo Díaz - Córdoba, 2013

“sabemos que lo poesía no falla
pero tampoco existe
el humano noctámbulo
detenido
tipeando
es la metáfora”

   Pablo Giordano fue un enigma hasta el año pasado. Había publicado en varias antologías, tenía en su haber un libro de poemas llamado La felicidad es un Gordini, elogiado por María Teresa Andruetto, y un volumen de cuentos en Montevideo el cual motivó a Mario Bellatín a escribirle. Su blog Cosas de mimbre fue uno de los más visitados en el país y su participación en diarios y revistas de América y Europa hicieron conocido su nombre.
   La primera vez que escuché de él fue a principios del año 2009. Lilia Lardone realizó un monitoreo (o una radiografía) del campo literario cordobés y elaboró una antología de autores que por una u otra razón mantenían un vínculo con la provincia de Córdoba, se llamó Es lo que hay (babel 2009). En la presentación se esperó su presencia para desmitificar sus faltas en los foros literarios. Giordano no asistió y terminó de contribuir al rumor de que no existía, que se trataba del seudónimo de algún escritor cordobés. Al respecto, el autor bromeaba bautizándose como el Salinger hispano y por esos años brindó una entrevista para la feria del libro provincial, ¡vía telefónica!
   En simultáneo circulaban expresiones que hablaban de jóvenes promesas de la literatura. La idea de promesa por entonces no me convencía. Y por supuesto que ahora, pasados varios años y después del recorrido de los textos de Giordano, me parece que ya no es pertinente usar esa expresión. Lo que antes figuraba un proyecto de escritura, hoy es la obra de un autor con una voz propia y resuelta que no le debe nada a nadie.
   El año pasado salió al ruedo con el libro de cuentos Los muertos (Primer Premio El Mensú Ediciones) y la novela Chozas, editada también por este sello y presentada en Casa 13 donde por fin el autor se dio a conocer como un escritor autodidacta de Las Varillas. Con respecto a la novela, Fabián Casas la comparó con la literatura de Zelarayán, y Luciano Lamberti le contestó al suplemento Ñ de Clarín que se trataba de lo mejor que había leído el último año.
   Roland Barthes considera que un texto puede no ser sólo una estructura de significados sino una galaxia de significantes en el que se acceda a él a través de múltiples entradas sin que alguna gobierne por encima de las otras. Las interpretaciones no se clausuran, por el contrario, es la pluralidad de sentidos lo que mantiene en funcionamiento la maquinaria interpretativa y las lecturas a veces son reversibles, se movilizan en diferentes direcciones y lo que sigue puede ser un ejemplo de ello.
   Desde un comienzo los versos “no fui llamado a ser el poeta de mi generación/ en este universo/ no hablaré de la patria ni el futuro/ de nada/ igual de anacrónico” proponen una ruptura contra esa serie de procedimientos literarios que se repiten en el tiempo y llevan el nombre de tradición como si lo escrito fuese a parar al tacho de basura de Charles Bukoswki. El movimiento de lectura es doble. Por un lado la poesía ocupa, y de esto se han encargado varios estudiosos, una posición periférica dentro de la literatura y a la vez, con respecto a la escritura misma, el yo lírico decide separarse de sus pares y ubicarse en una especie de nadedad espectral desde la cual nos dirige la palabra.
   En ocasiones el poeta siente que debe explicar cuál es su condición y qué entiende por poesía mediante preguntas del tipo: “¿Por qué no llevan Señor /título sus poemas/ ni puntos/ ni comas?/ porque son huérfanos” La orfandad como una excusa para hablar no de la vivencia personal e intransferible, la orfandad como una ausencia de tradición literaria. Una poética de consignas que precisan un posicionamiento frente al orden de la lengua:“no seré/ el poeta que lee un cielo/ para escribir la tierra/ tampoco el de la justicia/ ni civil ni poética/ repito/ ni retórica” Los poemas se ubican en el terreno de la inmediatez, no importa lo que vendrá, ni el pasado de nuestros precursores así como tampoco vale confundir literatura con educación cívica o formación en valores, la poesía no es un manual acerca de cómo organizar nuestra experiencia en el mundo.
   Existe un término que proviene del mundo de las matemáticas y es el término fractal. Los fractales son estructuras autosemejantes y repetitivas de la naturaleza, estudiarlos permite comprender cómo se componen las partículas elementales del universo. Los poemas de Giordano podrían ser una metáfora de la idea de duplicación y de esa necesidad de continuar y seguir minuciosamente el recorrido de la experiencia personal transformada en lenguaje. Duplicación como procedimiento formal: “me dijeron/ que la muerte lo visita cada noche/ y cada noche le susurra/ la fecha cercana” y duplicación como una prolongación y un espejo del rostro de nuestros padres: “¿Cuándo muté en él/ empecé a arrastrar con pesadez/ las pantuflas por el pasillo/ hasta el baño?” o sino en los versos: “a cierta edad/ los padres ingresan en superposición cuántica”. Lo idéntico y lo distinto habitan un mismo plano en el territorio de la escritura.
   En los siguientes versos: “en la vigilia o en el sueño/ remo en el potrero de infancia/ la tierra espesa/ el holograma universal” asoma con cierta incandescencia la palabra holograma que bien podría estar acompañada por el término representación. En Multiversal la representación se vuelve un tópico y configura una realidad fantasmática a lo largo del texto. Pienso en qué significa representación e inmediatamente lo asocio con la idea de simulación a la manera de Baudrillard.
   En varias oportunidades los versos edifican sentidos relacionados con lo fantasmático:“dijeron que ese fantasma era yo” enuncia la voz del yo lírico o sino la imagen del autofantasma del abuelo que parece perderse en un túnel temporal y nostálgico en:“cristalino / con cívica lentitud/ su exótico auto fantasma/ rueda la barranca del domingo”sin perder de vista al mismo padre definido como un “rancio fantasma doméstico” en el corazón de una familia desdibujada. La diferencia entre representación y simulación está en que para lo primero todavía existe una referencia, una suerte de ancla, en lo real. En cambio para lo segundo: no hay una cartografía posible sobre la realidad, los signos han perdido su referente inmediato. Lo mismo ocurre con la experiencia que, distinto a lo que sucede con las leyes de la termodinámica, no sigue una única dirección sino que se disgrega como un conjunto de neutrones en el centro de la nada misma.
   Relacionado con lo anterior recuerdo una novela de Orson Scott Card en la que unos niños aprenden con hologramas mientras sus padres están trabajando. Recuerdo, también, las palabras de la princesa Leia dirigidas hacia un joven Skywalker, como una botella arrojada al océano del inmenso cosmos, palabras que no llevaban fecha ni lugar de enunciación y proponían el desafío de salvar el mundo o mejor aún: recuperar el orden de todas las cosas.
    Desde el fondo de la casa se escuchan los pasos y los maullidos de Schrödinger acercándose para confirmarnos en forma provisoria en esta realidad como si fuésemos a emprender una suerte de viaje estático. ¿Cómo es que un estado a puede ser a la vez b?O: ¿cuándo dejamos de ser nosotros mismos y pasamos a ser otro? De todas las opciones para realizarnos aparecemos aquí y contemplamos a la distancia las múltiples e infinitas alternativas que le siguen, o le hubiesen seguido, a nuestra existencia.
   Para Vicente Federico Luy la poesía era en teoría la única ciencia que se encargaba del problema. Giordano recurre al campo científico, retoma términos como moléculas, unidad de longitud, superficie, volumen, capacidad, peso y temperatura o se detiene en relatos cotidianos que documentan el funcionamiento de la naturaleza.
   Puede que a estas alturas ya no importe resolver el problema o la pregunta acerca de cómo adquiere sentido la propia experiencia sino que lo hace para cuestionar la posibilidad de que el mundo disponga de un sentido prefabricado. Simultáneamente recuerdo que Osvaldo Lamborghini disponía de un enunciado compuesto por tres premisas: existir, ser, estar vivo. Por alguna razón identifico el verbo existir con escribir. Como si la escritura fuese la garantía de que aún es posible revestir de significación lo que nos toca. Tal vez sea muy pretensioso pero quién dice que la poesía en el devenir torrentoso del lenguaje no simula un mapa (cuando no un laberinto) hacia una lejanía secreta e íntima como un espejismo.

10 de noviembre de 2025

Multiversal, por Silvio Mattoni



   Multiversal apunta a la variedad de mundos, desde la infancia hasta la solitaria adultez, desde el amor hasta los libros, desde la poesía hasta la lengua atravesada por silencios cortantes, pero sobre todo se trata de versos. Las unidades son versos, no frases, y eso le da su importancia a las repeticiones, a los espacios, a la ausencia de puntuación prosaica. Son poemas desolados, de estados de pánico, con extrañas fragmentaciones de experiencias que por momentos se deben adivinar. Quizás los blancos, las cosas que se dejan sin decir del todo, den una impresión más ominosa de lo que serían sus temas. Me quedan grabadas dos incrustaciones terribles: la mujer a la que le pegaron con la hebilla del cinto de niña, y los poemas huérfanos de comas, puntos y títulos, entregados a los crecimientos libres, mezcla de desamparo y de celebración autorreflexiva. Y sobrevolando todo, el solitario que pareciera la silueta del que espera escribir, que escribe siempre solo. Pero además la esperanza en seguir escribiendo, seguir deseando esa intensidad, que construye poblaciones en la noche solitaria, que hace de cualquier pequeño pueblo supuestamente real, una posibilidad y un reino. Los múltiples ritmos se vuelven entonces múltiples mundos, cada verso un golpecito en la pared natural que deja su marca. Pablo Giordano escribe que no hablará como un poeta portavoz, como una voz generacional, como un mensajero de quién sabe qué misterio, pero justamente como no habla, escribe. Las incisiones de la escritura tensan el mundo, muestran su reverso. La poesía como transvaloración de la prosa diaria, convertida en verdad.

Multiversal por Calle




por Leandro Calle, Especial para Hoy Día Córdoba, 2013

   A partir de un epígrafe de Carlos Drummond de Andrade, que dice: “No seré poeta de un mundo caduco. / Tampoco cantaré el mundo futuro”, Pablo Giordano anuncia desde el comienzo una clara postura poética. Claridad que no está dada a través de una afirmación, sino que por el contrario es la negación de una poética. Negación de la que está seguro de afirmar: “No fui llamado a ser el poeta de mi generación/ en este universo// no hablaré de la patria ni el futuro/ de nada/ igual de anacrónico”. Y entonces, ¿de qué habla el poeta Pablo Giordano en su último libro que tiene por título: multiversal?
   Habla de muchas cosas pero lo más interesante es que su hablar avanza desde una especie de estallido, de disolución de un todo. El nivel semántico en “multiversal” podemos hallarlo en la pérdida de la unidad que había en el pasado y la vigencia de un presente que ha estallado y ha dejado un campo minado de astillas y de esquirlas. Multiversal es un cuerpo dividido, diseminado. De algún modo, el lector, se convierte en una especie de detective en busca de un asesino que ha desmembrado el cuerpo poético aquí y allá. A lo largo de la lectura, el detective-lector, va uniendo pedazos de una realidad otra, que en otros momentos constituía un todo. Esa realidad multiversal, ni siquiera se revela de manera rizomática para citar a Deleuze a través del gran escritor martiniqués Edouard Glissant. No, no hay una estructura o una apuesta a la convivencia de raíces entrelazadas, diferentes en su identidad pero constituyentes de un archipiélago de palabras.
  La referencia externa en “multiversal” ha estallado y en este sentido es un espejo de lo posmoderno. La atomización, la fragmentación y el estallido de un todo hacen que cada verso se convierta en un mundo en sí. Pablo Giordano acierta además en no querer recomponer ese todo. Lo observa, lo describe, y lo escribe. No se trata de apremiar a los dioses para conseguir exorcizar las caídas. Viejo tema ya remanido en la poesía argentina y llevado a las alturas por, por ejemplo, Olga Orozco, que en “Desdoblamiento en máscara de todos”, concluye: “Es víspera de Dios/ está uniendo en nosotros sus pedazos”. Los pedazos, fragmentos y astillas que revela la poesía de Pablo Giordano, no son juntados por nadie. Están ahí, luminosos y oscuros al mismo tiempo como miles de puertas abiertas en el tiempo a través de las cuales podemos entrar y salir.Hay en el poeta una conciencia de la novedad que tiene también que ver con el rompimiento de una tradición: “debo existir para otra cosa aún no revelada/ que también/ se completa escribiendo”.
   Escribir entonces, no es afirmar, es buscar, es seguir los designios de la sed, por eso Giordano aclara: “La realidad es lo que nunca veremos”.
   La segunda parte del libro, se llama “Sobrevivientes”. ¿Sobrevivientes de qué? Tal vez, del mismo estallido, de las esquirlas que han pasado a ser un todo descompuesto. Un todo que ahora se resuelve en versos que llaman la escritura con su olor, como si disueltos y estallados, emitieran un aroma de corrupción y tiempo: “pálida/ chata/ virgen/ la libreta abre las piernas// amante aburrida que ni se mueve// arrojo el fósforo encendido/ la carne crocante del otoño/ exhala// huelo los versos”.
   Siguen cinco poemas que llevan por título “papá”. Y sí, hay que matar al padre para poder escribir en libertad. Y el libro se termina por una cuarta sección que se llama: “Lo suficiente”.
   Como el yogurt o el sachet de leche descremada, tenemos fecha de vencimiento sólo que no sabemos cuál es la fecha, está velada, oculta a nuestros ojos y de ahí ese binomio de certeza e incertidumbre. “Viajamos hacia el frío”, dice Pablo y es cierto. En el medio del viaje, hay miles de ventanas que se abren y se comunican multiversalmente.
   Los poemas de Pablo Giordano poseen la belleza de quien agarra una palabra y la hace estallar en medio de palabras enteras que no tienen otra cosa que brindarnos que una lejana luz envejecida.

sirva otro trago
mozo
está saliendo el sol
la empleada pasa el piso
después de barrer las colillas
lagañas de luna
resto de olvido en los vasos
las patas de las sillas apuntan al techo
estacas de una aldea
al aguardo de sus decapitaciones

   El poeta varíllense, desde su guarida nos indica otra mirilla a través de la cual pensar el mundo y mirarlo. Tal vez lo que nosotros creemos que es la realidad, no sean las mesas bien puestas de un bar donde descansan las sillas con las patas hacia abajo. Tal vez, en otra abertura del tiempo, multiversalmente, la realidad esté marcada por esas patas de las sillas señalando el techo y la espera del frío, el frío que llega inevitablemente y se instala hasta en los mismos huesos de los versos.

9 de noviembre de 2025

Palabra poética, paradoja cuántica.





























por David Voloj para La Voz del Interior, 2013

   Uno de los fundamentos de la física cuántica sostiene que ciertas porciones ínfimas de materia resultan imposibles de conocer de manera exacta. Cualquier intento por aprehender su ubicación y velocidad tiende a modificar su estructura atómica, operando así una serie de cambios que dan por resultado algo distinto: materia diferente, energía diferente. Tal principio de incertidumbre atraviesa la poesía de Pablo Giordano y, entonces, la palabra se vuelve un instrumento de observación capaz de capturar y transformar tanto su historia personal como “el paradigma actual / la realidad cuan ti za da / multiversal”.
   Veinte años de poesía aparecen en Multiversal. Búsquedas emocionales, certezas y contradicciones fluyen entre las páginas de un libro sencillo y hermético a la vez. Ya en los primeros poemas, Giordano exhibe una lucha interior en el intento por definir su lugar en la poesía. A través de la negación, y como si sólo pudiera ubicarse afuera, sea de su generación o de una determinada línea de escritura, llega a afirmar: “no seré / el poeta que lee un cielo / para escribir la tierra / tampoco el de la justicia / civil ni poética / repito / ni retórica”.
   En el universo emocional del poeta desfilan maleantes de escuela nocturna, el trabajo en los tambos, niños y niñas que destellan maldad, un padre que grita de miedo en la madrugada. Aparece también un nombre de mujer inscripto en una noche con claras reminiscencias de Neruda: “voy a mirar los astros más tristes esta noche / mirar, por ejemplo, los ojos de Leticia / variables luminarias de otro tiempo”.
   Sin embargo, los vínculos sentimentales que atraviesan los poemas están signados por el fracaso. Entonces, la soledad convoca al aislamiento y determina el tono de Multiversal. Y es esa soledad la que, con dulzura y timidez, ubica al yo en un abismo desde el cual se explora hasta encontrarse en distintos cuerpos: un hombre viejo y cansado que apela a la poesía como arma de seducción, un niño refugiado en la escritura, un adulto que busca vengar las desventuras del pasado, un poeta haciéndole el amor a una libreta de notas. La materia cambia, se transforma. Así, la palabra poética alcanza para resolver la paradoja cuántica y, al mismo tiempo, justifica la creación: “debo existir para otra cosa aún no revelada / que también / se completa escribiendo.”