16 de septiembre de 2025
Lo que te quiero decir
12 de septiembre de 2025
Algún tipo de inflamación
10 de septiembre de 2025
Feliz Navidad, hermano.
Mi hermano empezó a convertirse en planta un verano a la tarde. Salió de la pileta, camino mojado hasta el sillón del living, agarró el Joystick y apretó start al GTA. Desde entonces hasta terminar en arbusto, lo único que hizo fue mover los dedos y comer lo que le llevábamos.
Dormía a cualquier hora y a la semana ya no respondía ni las preguntas de mi mamá. En el juego robó su auto preferido y lo cuidaba como si estuviese en la vida real. Se ponía muy nervioso si lo baleaban y usaba muchos trucos para sacar armas de guerra y tirar a cualquier cosa. Eso lo sé porque al principio le presté atención; a los días ni me importó y a las semanas a él tampoco: no completaba las misiones, exploraba la ciudad, quemaba helicópteros, buscaba errores de programación.
Papá y mamá no pudieron hacer nada para sacarlo de ahí. La transformación fue muy rápida. El médico lo vio cuando le salieron los brotes de las orejas y las uñas agujerearon el parquet como raíces.
—Pasó que su hijo —dijo el doctor mirando a mi mamá— estaba mojado; el viento con tierra del patio entró por la puerta abierta y formó un barro fértil en algunas partes de su cuerpo. En la tierra había semillas de los pinos, y germinaron. De haberse bañado, esto no pasaba.
La culpa la tuvo mi hermano, que no quiso dejar de jugar, ni bañarse. Estábamos en vacaciones y a papá y mamá les convenía dejarlo frente a la tele, de esta forma no molestaba. El problema fue volver al colegio. Las raíces le impidieron levantarse y la piel estaba cubierta de hojas. El doctor vino otra vez y explicó que el sistema circulatorio, digestivo y otros que no me acuerdo, estaban mutando al vegetal y era peligroso moverlo.
Le sacamos el Joystick enredado en los brotes y mi papá apagó la Play; y también sacó la partes de cuero del sillón para que la planta, o mi hermano, se pudiera aferrar bien a la madera. Lo miramos. Era un pino mediano. De a ratos se bamboleaba y mi mamá corría feliz a abrazarlo.
Una mañana mi papá entró al living con palas y un hacha. El árbol estaba gordo y alto, y mi papá iba a sacarlo. Mi mamá gritaba como loca. Para ella era un descuartizamiento. Mi hermano crecía rápido y ocupaba casi todo el living. En horarios en que mi mamá se iba, mi papá lo podaba un poco.
—¿Y qué vas a hacer, Roberto? —lloraba mamá mirando el hacha—. ¿Hacharle los pies y los brazos y tirarlo a la calle como basura?
—No, Norma. Podemos trasplantarlo al patio, donde tenga más lugar.
—¡Pero le vas a hachar las rodillas, Roberto! ¡Mirá los raizones que tiene!
Mamá ganó la discusión. Sacamos las demás cosas del living, mi hermano siguió creciendo sin molestias, aunque mi papá no aceptó la idea de sacar el techo para dejar entrar luz. Mamá le hablaba todos los días, no como a las plantas, sino como a un hijo, fue difícil convencerla de no vestirlo ni darle comida de humano, sino regar las raíces. En invierno fue la pelea fuerte. Mi papá le gritó a mi mamá que una manta bastaba para abrigarlo.
—No hace falta dejar el calefactor prendido la noche entera por un pino, Norma. Además los pinos se aguantan el frío.
—¡Ese es el problema, Roberto! ¡Qué para vos es solo un árbol!
—¿Y qué es, Norma, decime? ¿Tiene piernas? No. ¿Tiene brazos, cabeza, piensa? No.
—Qué sabés si no piensa…
—Norma, por favor…
—¡De ninguna manera voy a ponerle una manta a mi hijo —le gritó a mi papá—, además bien cara que la pagué a esta campera, se la ponemos y listo.
También había comprado medias de lana que no sabía bien dónde poner.
—Es un pino, Norma —mi papá levantó la voz—. ¡Un pino! No les hace nada el frío. ¡Nunca viste un pino lleno de nieve!
—Es las dos cosas —dije, y se dieron vuelta.
—¿Qué?
—Qué es las dos cosas: humano y árbol.
Se miraron… y entendieron. Era lo mejor: tratarlo como humano, y árbol. Así que jamás lo movimos de ahí y sigue bien. Es un pino grande, finalmente sacamos el techo, lo sobrepasó. Cerca de donde había tenido los hombros, unas palomas hicieron el nido. A la noche varios murciélagos duermen más arriba. Una madrugada me levanté a la heladera a buscar agua y salieron volando. Eran albinos, de los que cazábamos con mi hermano en el campo.
En Navidad llenamos al pino de adornos y luces (mi mamá tiene terror de electrocutarlo) y ponemos los regalos abajo y lo abrazamos, cantamos alrededor suyo y comemos. En el brindis le tiramos un chorrito de sidra y le deseamos Felices Fiestas. No le ponemos estrella en la punta porque con solo mirar para arriba, se ve todo el cielo estrellado y lo feliz que es.
4 de septiembre de 2025
Globos cósmicos
Por la ventana del laboratorio, Silvano ve jugar a unos chicos entre los árboles de la vereda. El ojo y la lágrima se reflejan en el vidrio. Llora porque los recuerdos le están invadiendo la cabeza sin permiso. Por ejemplo los del colegio primario, cuando después de pensar un lugar ideal para guardar la llave del cofre con la recaudación de la Kermesse, propuso que el mejor lugar era adentro mismo del cofre. Pasaron cuarenta años de aquel papelón, pero aún lo deprime. Grita y golpea la cabeza contra la mesa. No sabe qué hacer de su vida. Ya no espera tener una idea genial que lo convierta en inventor, cree que tiene que rendirse, y eso lo tiene mal esta mañana.
Silvano recuerda sus creaciones posteriores al colegio: el sacapuntas para lapiceras, tan inútil como el martillo de vidrio para ver donde clavar, y no, como sucedió, para hacerse añicos al primer golpe. Junto a lapiceras mutiladas y pedazos de martillo molido por todo el laboratorio, Silvano pasó los años de adolescencia con inventos igual de inútiles: el piyama con gusto a pizza, las boleadoras para bicicletas y el peligrosísimo hamster radioactivo. Nada funcionó, fallaron antes de llegar a los prototipos y muchas veces estuvo cerca de morir por fabricar alguno de ellos.
Ahora, frente a la ventana, siente que cambiará de rumbo y buscará un trabajo común y corriente para olvidarse de lo inútil que resultó como inventor. Basta de Edison, de Da Vinci. Es hora de trabajar en un banco contando billetes como un robot o barrer las calles de la ciudad antes del amanecer. Cualquier cosa le vendrá bien para olvidar su sueño.
La brisa de la tarde lleva las hojas secas a otros barrios y el sol baja por la ladera del cerro. Los techos forman sombras largas de sobre la calle, son dedos lúgubres, le arañan el alma. Ve pasar a algunos chicos que van a un cumpleaños, llevan bolsas de Chizitos. Silvano recuerda cuando iba a esas fiestas. También llevaba Coca-Cola, o una bolsa de chizitos, o Cheetos, como le dicen ahora. O sea: maíz inflado. Porque los Cheetos no son más que eso, piensa con bronca, maíz inflado. Alguien lo invento un día y se hizo rico. A alguien le vino a la mente esa bobada de invento y no fue a él. ¡Inflar maíz, qué estupidez! A cualquiera se le puede ocurrir. Pero no se le ocurrió a él, y eso le duele. Se odia, la envidia le hincha la vena del cuello. Golpea la cabeza una vez más contra la mesa. Sentado sobre la garrafa de helio, mete en su boca la manguera y aspira un poco del gas. Sale la voz aguda: “Hola, soy Silvano, un niño soñando ser inventor. Soy estúpido y por eso creo que alguna vez voy a inventar algo y hacerme famoso”
Entonces, como si la ventana se oscureciera y el laboratorio bajara la luz automáticamente dejando sólo iluminado el garrafón, a Silvano le crece la idea genial. La idea se abre como un paraguas en el cerebro. ¡Flup! La idea tiene olor, color, y puede tocarla; da vueltas, la ve desde todos los puntos de vista, flota y parece hablar, la idea es chillido de helio: “¡Lo encontré, lo encontré!”.
Tira al piso lo que hay sobre la mesa como si la limpiara de migas y baja unos libros de química del estante alto de la biblioteca. Enciende la tablet y busca cosas en Google, dibuja cálculos, llama por telefóno y, después de varias horas, el invento está listo: los Cheetos voladores. Maíz inflado con helio para que vuele.
Piensa en llamarlos: “Los Cheetos levitantes”, “Snacks antigravedad” o “Chizitos espaciales”, ya verá. El funcionamiento es simple: dentro de la bolsa los Cheetos se agruparán en la parte superior empujándola hacia arriba ayudados por el agregado de helio en la propia bolsa. Como levita, la venderán con un hilo, como un globo-bolsa. Acaba de decidir el nombre del producto: “Globos cósmicos” y no tiene dudas de que será un furor.
Después de trabajar con ingenieros y una marca de snaks que se interesó en su idea, los Globos Cósmicos empezaron a venderse y, efectivamente, son un furor. Silvano ahora es rico, y famoso. Dos empresas lo contrataron para trabajar como creativo, da entrevistas en muchos medios de comunicación, clases en colegios secundarios y publicó libros sobre cómo llegar a ser un inventor.
Las personas usan el Globo Cósmico de muchas maneras: cuando se cansan de llevarlo como un globo común, lo bajan enrollando el hilo y abren la bolsa o la agujerean, aspiran helio y hablan chistoso para reírse. Comer los Cheetos es lo de menos, a veces las ganas de liberarlos al cielo es más fuerte. Es un snack fantástico. El helio no es tóxico, ni inflamable. Los nuevos Cheetos son un juguete como casi toda la comida que venden hoy en las tiendas. No es muy fácil abrir la bolsa y eso a la gente le encanta porque se rompe y los Cheetos salen volando. Hay competencias y apuestas para ver quien caza más con la boca y a los saltos mientras vuelan, incluso en concursos de la tele. Una publicidad muestra a un chico abriendo una bolsa en el balcón de un departamento, los cheetos se elevan y la chica del piso de arriba, en su propio balcón, los va cazando como si fueran besos del chico.
Los Globos Cósmicos se venden más que nunca pero nadie recuerda a Silvano. El inventor está viejo, vive con la mujer y el hijo en una casa de Chile retirada del ruido de las ciudades; ya no inventa. Lee y escucha música, arregla la casa, mira videos de youtube y a veces un poco de tele. No le hace caso a las noticias de personas muertas por asfixia, tampoco le da importancia a los primeros incendios de bolsas y del depósito grande para vender en otros países. Sabe que el helio es muy caro y muchas fábricas inflan al maíz con hidrógeno, y a las bolsas también. El hidrógeno es muy barato, pero inflamable. Los incendios crecen en cantidad. También leyó que en Europa prohibieron el producto, y en los territorios en guerra usan las bolsas como bombas incendiarias.
Una vez al año realizan en Coronel Pringles la famosa Suelta de Cheetos. Por las noches del 28 de Enero, sus fanáticos se reúnen y sueltan centenares de bolsas al cielo. A la mayoría les encienden el hilo para que el fuego las haga visibles en lo alto de la noche. Vuelan como los globos de navidad y año nuevo. Cuando las bolsas se queman los Cheetos caen en llamas. Son bolitas verde-azuladas, lejanos paracaidistas brillantes en el horizonte, como mil luciérnagas. Caen en los campos cercanos incendiando maizales. Silvano sigue el evento por televisión.
Allá van sus Cheetos, altos y lejos, viajando como ideas, pequeñas malas ideas desapareciendo en lo oscuro de la noche, quemándolo todo en su caída.
1 de septiembre de 2025
La frazada asesina
Detrás de la puerta de la habitación, la frazada esperó agazapada como un arquero a punto de atajar un penal. Cuando lo vio entrar, atacó. A los nueve años Fede no peleaba bien. La frazada lo envolvió y lo revolcó por el piso. Como la asfixia es el método de las frazadas para matar, Fede intentó mantener la nariz afuera de la colcha. Logró zafarse y la frazada quedó abollada en un rincón, como si nunca hubiese cobrado vida. Él no pudo ni gritar del miedo. Su mamá no le creyó cuando corrió a contarle.
—Fue tu imaginación —le dijo su papá— . A veces el cerebro nos confunde porque no piensa bien cuando le faltan vitaminas.
No pasó un año cuando la vio venir por la esquina. Él llevaba las bolsas de las compras y se paralizó. La frazada pasó a su lado y lo miró como si nada. Fede agarró un fierro de una obra en construcción, por las dudas volviera. La frazada tenía algunas manchas, quizá de cuando anduvo por las alcantarillas, pero no lo atacó, se notaba que andaba preocupada con otras cosas.
Ese verano, en un ascenso lento de la montaña rusa, Fede llegó a lo más alto y la vio detrás de unos árboles cercanos. La frazada lo amenazó con un gesto. Se veía muy pequeña desde tan alto pero sintió miedo igual. Cuando terminó la vuelta y se bajó, no dijo nada, temblaba. Esa tarde no se quedó solo ni un rato.
Cuando volvió de las vacaciones, la frazada lo atacó a la salida del primer día de clases, en la esquina. En el piso parecían un gusano electrocutado. En el revoltijo, Fede abrió la cartuchera y con la tijera le hizo varios tajos. La manta se levantó y corrió como pudo, o eso le pareció ver antes de desmayarse. En el Hospital, los padres llegaron por la noche, para el alta. Fede contó toda la historia, pero siguieron sin creerle. Le dijeron que tenía que ir al medico urgente porque esos revolcones que se daba podría ser epilepsia o algo parecido. Con el tratamiento médico no volvió a ver a aquella colcha nunca más. O eso pensé.
Ayer Fede cumplió dieciséis años. En un instante de la fiesta me llamó desde el fondo del patio.
— Vos que sos el único que siempre me creyó —dijo— . Ayer acompañé a mi tío a ver un auto que quería comprar y vi a la frazada en el subte. Estaba muy maltratada, toda remendada, como enferma. Me acerqué y me vio de reojo pero no se dio vuelta. Daba lástima. Además de los cortes, el viento de los trenes la hacía tambalear y si se caía, alguno le iba a pasar por encima, la iba a destrozar. ¡Qué fácil hubiese sido empujarla!
— ¿Y qué hiciste?
— Mirá allá, en la cucha del Tobi. ¿Ves ese trapo?
— ¿Es ella?
— Parece inofensiva ¿no? Está muy vieja.
— ¿Ese trapo que ahora muerde y revuelca?
— Si. Lo ama, le encanta ese trapo.

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