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11 de septiembre de 2025

Escribe, escribe que algo quedará.




Estoy notando en muchos lectores, periodistas, redactores de blogs (y en algunos escritores también) una especie de apatía hacía la poesía. No la entienden. No les mueve un pelo. Les parece una truchada, o su lectura les exige un esfuerzo que, dicen, nunca da frutos. Acusan al género de críptico, difícil, aburrido, pomposo, y por último, elitista. Sin embargo, es lo que más se publica, aunque lo que menos vende.

Con el boom de las bitácoras personales, todos aquellos nutridos cuadernos adolescentes que antes se degradaban en cajones de muebles o márgenes de apuntes universitarios, ahora se publican. Cualquiera puede colgar sus cosas en la web y ser leído por amigos, que (en la mayoría de los casos) nunca leyeron poesía. Cualquiera que abra un blog tendrá visitas, lectores y comentarios. En resumen: un público. Cualquiera puede convertirse en escritor de la noche a la mañana, y creérselo. Muchas jubiladas se dedican al género así como otras empiezan croché o a pintar cabezas de caballos y tapices. Las docentes siempre han sentido inclinación por llenar páginas con edulcoradas elucubraciones y las adolescentes sucumben a su período coloreando carpetas de secundario con versos propios en distintos colores de biromes.

Cuando una persona (generalmente en la adolescencia) decide dedicarse a escribir, elige hacer sus primeras armas literarias en la poesía. Creen ver en el hecho de escribir versos una facilidad: no hay que escribir mucho (una poesía puede tener un solo verso); no hay que ser necesariamente coherente; no hay que contar necesariamente una historia, no hay que plantear ninguna teoría u opinión e, inclusive, un golpe de azar puede convertir a nuestro mejunje de palabras y sensaciones en un muy buen poema. Y después, el factor determinante en los últimos tiempos: la web. “Lo cargo y a alguien le va a gustar”.

Hay, también, una valoración social (¿fetiche?) en el hecho de que alguien sea poeta. Me sorprendió, en un recital de Spinetta, escuchar a parte del público gritarle ¡poeta! al músico. Poeta así sin adjetivos, pero con un tono elogioso. Poeta, sin que haga falta más. Es como si camináramos por nuestro barrio y al pasar frente a la carpintería escucháramos a un tipo que pasa por la calle en bici gritarle “Carpintero” en tono elogioso al señor que corta las maderas.

Gracias a esta inmadurez inaugural de los aspirantes a escritores, muchas editoriales subsisten. Aparentan organizar concursos literarios para elegir a los iluminados que integraran una antología importante. Después, todos los que se presentaron son seleccionados y ponen la guita para la edición (cooperativa, así le llaman) y todos contentos con sus letritas de molde y las promesas por parte de la editorial de una distribución y prensa que en el fondo no existe. Yo también pagué para aparecer (pero con cuentos) en un libro del 97 junto a Oliverio Coelho.

Ante este fenómeno, llegando al extremo de resultar molesto, algunos intelectuales han llamado la atención sobre las toneladas de basura poética que circula. Y esta idea salpica injustamente a toda la poesía, tiñendo de sospechas al mismísimo género. Cuando le pregunté a Carlos Barbarito si era verdad que la poesía estaba subvalorada con respecto a otros géneros me contestó que un poeta actúa a través de las grietas, de los intersticios, no porque lo quiera, porque está obligado a hacerlo. Generalmente, y al decir generalmente me expreso con suavidad, fracasa. Fracasamos. La única estética posible es la del fracaso, dice Cocteau. En los setenta se acostumbraba a decir que el arte debía bajar al pueblo. Yo me imaginaba al arte como una especie de satélite en órbita alrededor de la tierra que debía ser atraído mediante artes magnéticas. Una nave construida por alienígenas o por ciertos elegidos que miran al mundo desde arriba a través de las ventanillas. Hago poesía. Desde hace más de treinta y cinco años. No provengo de Marte y mi padre es telegrafista jubilado, mi madre ama de casa.

A Marcelo di Marco, con respecto a lo elitista de la poesía, le parece que no es que la poesía haya alcanzado tales alturas. Lo que pasa es que la humanidad ha descendido a profundidades bestiales, que es distinto.

Juan Gelman confesó que al publicar su primer libro se lo llevó a su madre, ella lo miró con una anchísima sonrisa y le dijo: ‘De esto no vas a vivir, Juan’. Pero estaba muy orgullosa. Gelman ha recibido hace poco el Premio Cervantes, y cuando le toca el turno de definir a la poesía prefiere abstenerse de catalogarla como oficio: “No me parece un oficio — dice — , yo sé que se le dice así. No lo es porque ahí el tema de la voluntad para producirla no puede existir. Nadie se puede sentar a escribir poesía. Y luego uno escribe cuando ella te visita. Cuando viene la señora, golpea la puerta después de haberse acostado con medio mundo, hay que abrirle la puerta y entonces, ahí, uno escribe. O es escrito, porque es la mejor situación”.

En términos comerciales, la poesía no vende. Lo que alimenta a las editoriales es la novela, pero sin poesía no habría existido novela. Bien lo supo Bolaño y se nota en su obra. La literatura esta hecha de palabras, y en la poesía es donde la palabra juega de capitán. Anaximandro, nacido hacia el final del siglo VII a. C. compuso el tratado Sobre la naturaleza, el primer tratado filosófico de Occidente y el primer escrito en prosa de los griegos. Se había vuelto necesariamente una nueva forma de composición literaria ya que el logos debía quedar libre de las cadenas de la métrica y del verso, para responder con plenitud a sus propias exigencias.

Hay en la poesía, me parece, un protagonismo de la forma sobre el contenido, se resalta el valor del artificio, del poeta como orfebre, de la respiración de lectura, de abstracción. Considero a la poesía (la buena) una cosa íntima que barre mis venas, que ensueña, que me agarra la mano para mostrarme cosas maravillosas, fantasmales, universales, o mínimas pero sin importar nada más que ese acto personal entre esa columnita irregular y yo.

Hay que revolver toneladas de basura para encontrar algo, es verdad, pero vale la pena. Digo esto a punto de publicar un libro que reúne las poesías que escribí durante diez años (93/03) para contribuir quizá a la confusión general. Pero también adhiero a lo que escribió Hölderlin en una carta a su madre de enero de 1799: “la poesía es la más inocente de todas las ocupaciones”.

Para Hölderlin, la poesía crea su obra en el dominio y con la “materia” del lenguaje. El fundamento de la existencia humana es el diálogo como el propio acontecer del lenguaje. Pero el lenguaje primitivo es la poesía como instauración del ser. Sin embargo, el lenguaje es “el más peligroso de los bienes”. Entonces la poesía es la obra más peligrosa y a la vez “la más inocente de las ocupaciones”. En efecto, cuando podamos concebir ambas determinaciones en un solo pensamiento, concebiremos la plena esencia de la poesía.

(Cosas de mimbre, 2011)

6 de septiembre de 2025

¿La nueva Argentina?




Argentina ha conseguido un sueño fuertemente atado a una polarización que nos atraviesa a todos: la egolatría y el sentimiento de inferioridad. ¿Qué piensan de nosotros los argentinos afuera? Es una de las preguntas más recurrentes. ¿Qué piensa de la argentina? Es la que se le hace -desde que soy niño- a un extranjero famoso que nos visita. Egolatría y sentimiento de inferioridad. “No vas a comparar con Estados Unidos”, “En Europa esto no pasa”, “Y… somos el tercer mundo, hermano” son los clichés resignados más populares. Cuando nos ofenden, sacamos nuestros premios noveles, nuestros inventos, nuestra hermandad, nuestros científicos, nuestros escritores, nuestro fútbol. Cuando perdemos, somos los peores del mundo, nadie habrá como Maradona. Es decir, nos atamos a la vez que fuimos felices, como un duelo mal hecho. Cuando ganamos, creemos que el mundo se interesa por nosotros.

La concreción de esta desesperada búsqueda de equilibrio polar fue posible en lo único que creemos ser buenos y es capaz de unir de verdad a todos los ciudadanos en un país lleno de grietas de todo tipo, desde políticas hasta deportivas: el campeonato mundial de fútbol ganado, principalmente como deuda pendiente, por Lionel Messi.

¿Este hito pone fin a la discusión sobre quién es el mejor jugador del mundo de todos los tiempos? En argentina no incluimos a extranjeros, aquí -y en muchos lugares del mundo- los exponentes son Diego Maradona o Lionel Messi. Hasta el momento, Maradona era el ganador indiscutido por su épica político-deportiva y por haberse hecho con una copa del mundo, cosa que Messi no había conseguido. El poder de Diego se agigantó con su muerte, pero también fue cancelado en varios ámbitos por su comportamiento hacia las mujeres y niñas; más allá de los antiguos odios despertados en sectores políticos de ultraderecha y derecha, y de magnates de las corporaciones deportivas.

La respuesta a la pregunta que abre el párrafo anterior es sí. Un argumento ante la inminente caída de Diego como número uno era que no se pueden comparar las épocas, el fútbol que se jugaba en cada una y la épica del anterior 10, convirtiéndole a Inglaterra post guerra de Malvinas y enfrentándose con la FIFA y el capitalismo. Messi no tiene nada de eso, a nadie importó, siquiera, el apoyo al jugador iraní condenado a muerte por participar de una marcha feminista en el país musulmán. Por lo demás, Messi tiene, futbolísticamente, todo lo de Diego y más. No es sólo efectivo o una máquina de hacer goles, lo vimos en jugadas igual o más virtuosas e increíbles que las de Diego y en un momento del fútbol más igualitario, donde un equipo de segundo orden puede marcar mejor que cualquier defensa de los años ochenta o noventa. Maradona se mantiene en pie por lo ya dicho, y porque llevó a la gloria al equipo más popular del país, Boca Juniors y, por sobre todas las cosas, hasta el advenimiento de Messi, nadie le pisaba los talones. Messi ya se consagró, Messi lo igualó, y lo superó.

Ahora, ampliando el territorio exploratorio hacia las preguntas sociológicas, es bueno preguntarnos si se viene una mejor Argentina. Cuando digo “mejor” me refiero a una que no simbolice en el fútbol y defienda como constitutivo del ser nacional a la viveza criolla, una especie de entidad ventajera o tramposa que logra los resultados buscados porque “somos mejores que cualquier otra nacionalidad hasta para hacer bien las trampas”. Y es que los dos campeonatos del mundo ganados antes de este, están teñidos de sangre, dinero o argentinismo del peor. En el de 1978, no sólo la dictadura militar torturaba gente a pocas cuadras de los estadios festejando los goles, sino que se pagó una coima a Perú para que se dejara hacer los seis goles que Argentina necesitaba para seguir en carrera. En 1986, Maradona hizo lo que fue el mejor gol de todos los tiempos hasta que Messi hizo uno muy parecido, frente a mejores rivales, pero en un partido de poca trascendencia. El del 86 también fue el mundial en donde Maradona logró que argentina siguiera en pie gracias a la viveza criolla tan festejada, el famoso gol con la mano: “porque es contra los ingleses, que nos robaron Malvinas”, una especie de “quien le roba a un ladrón…”

El flamante campeonato mundial de Messi y los pibes fue durísimo, hubo que ganarlo a puro talento y lucha igualitaria con equipos fortísimos como lo es hoy cualquiera; y hubo de hacerlo sin apelar a trampas y reponiéndose de las adversidades con buen juego. Como siempre, en Argentina las calles se llenaron de gente, siendo su capital la más explosiva con cinco millones de personas coreando trepados al obelisco y a cuanto poste de alumbrado resistiera. En unas horas, hoy, el día de mi cumpleaños 45, una caravana paseará a los campeones por las calles, se decretó el feriado nacional, es un día de festejo. ¿Qué pasará después? ¿Se acabará el reinado de Maradona, el de la trampa, la burla, la pedantería y el quién la tiene más grande? ¿Se reemplazará la genialidad épica por un reinado mesiánico de humildad, respeto y genialidad -aunque descafeinada- en un mundo futbolístico cada vez más insípido?

Yo creo que no, si miramos el comportamiento de ese chico con problemas -aunque uno de los mejores arqueros del mundo- Emiliano Martínez, y de muchos de sus compañeros, más la hinchada, está claro que no. No comienza una nueva argentina, simplemente cambia el Rey. Ahora se llama Lionel. Sin embargo, el suyo, me parece un modelo mucho más sano que el que yo tuve de niño, bajo una mesa, mirando de reojo hacia el televisor y escuchando los gritos de mis padres en la mesa de los amigos desaforados por un manotazo tramposo de un gordito argentino que parecía devolvernos las Malvinas. Ese modelo de argentino me construyó, y en tiempos de deconstrucción, quizá haya que sacrificar un poco de épica en pos de salud mental.

Egolatría y sentimiento de inferioridad. Quizá sea hora de pensarnos a fondo, o, mejor aún, dejar de pensarnos tanto.

30 de agosto de 2025

Escribir sobre nada



Flaubert se manifestó motivado con la idea de escribir un libro sobre nada. Bioy Casares pensó en escribir un libro así. “No estoy seguro -reflexionó después- (para no decir que no creo) que sea posible”. Cuando leí el Libro del Desasosiego, de Fernando Pessoa como Bernardo Soares, creí descubrir una enorme obra vacía. “Así como quien hay que trabaje por hastío, escribo, a veces, por no tener qué decir. El devaneo, en el que naturalmente se pierde quien no piensa, es algo en lo que yo me pierdo por escrito, pues sé soñar en prosa. Y hay mucho sentimiento sincero, mucha emoción legítima que extraigo de no estar sintiendo”. Teniendo en cuenta la cantidad de cosas que surgen de semejante paradoja, a nadie se le ocurriría afirmar que el Libro del Desasosiego es vacío.

De adolescente creemos que escribir sobre nada es no contar, apenas describir, desvariar, volcar sentimientos en los márgenes de algún cuaderno y por sobre todas las cosas, aburrir. El aburrimiento como técnica para transmitir al lector el vacío, no está mal. Pero no resuelve. A los quince años quise escribir una novela en donde no ocurriera ninguna cosa. Se parecía a las películas de Perrone, el cineasta argentino que reflejó el vaciamiento menemista en los años noventa con varios films donde -en apariencia- no ocurría gran cosa. Una parte del cine de esa década intentó (quizá inconscientemente) escribir el vacío. En Mundo Grúa, la película atinadamente en blanco y negro dirigida por Pablo Trapero en 1999 cuando ignorábamos que al año entrante el país comenzaría a desmoronarse en la peor crisis de su historia; hay una escena donde dos amigos viajan al sur a visitar a un tercero que hace tiempo no ven. Una vez juntos, los tres amigos casi no hablan, se sientan en el desierto patagónico y observan el paisaje: la nada. El viento les da en la cara, no se miran, de a momentos parece que alguien va a decir algo, pero no, el viento se ha llevado todo.

En la música, es imposible no remitir a Stockhausen, el famoso compositor alemán que se presentó al concierto, se sentó frente al piano, y no tocó durante veinte minutos. La gente se quedó oyendo el sonido de la calle que entraba por las ventanas. También nos encontramos con los argentinos Reynols, la banda de música experimental más rara del planeta, quienes grabaron Blank Tapes, un disco donde se escuchan los diferentes silencios (soplidos) de las cintas vírgenes de casetes que se vendían en distintas épocas, aunque más acertado sería destacar su disco desmaterializado. Al comprarlo y abrir el packaging, encontrabas solo el soporte donde tendría que haberse colocado el CD.

¿Podemos entender al vacío literario por su contrario? ¿Una novela que diga todo? Las novelas de Tom Wolfe me parecen cercanas a este concepto. Lo cuentan todo. Pero con ese criterio evaluativo, una novela sobre nada hablaría de manera ínfima sobre un tema no bien definido. Mario Levrero lo intenta en El discurso vacío: una obra sobre el arte de escribir a mano, cuidar la caligrafía, anotar esos ejercicios y crear una atmósfera. Me recuerda a un monje que comenzó a escribir a los diez años la historia de su vida y murió a los ochenta sin haber terminado de dibujar la primera letra. El grafismo que dejó no permite dilucidar de qué ideograma se trata. También dicen que esta historia es falsa, es decir que no es, no existió.




























En USA, donde todo existe, se creó en 1958 la Sociedad Estadounidense del Vacío. Según sus postulados, el término se refiere a cierto espacio lleno con gases a una presión total menor que la presión atmosférica, por lo que el grado de vacío se incrementa en relación directa con la disminución de presión del gas residual. La definición universal de vacío es mucho más accesible para los no-científicos: El vacío (del latín vacīvus) es la ausencia total de material en los elementos (materia) en un determinado espacio o lugar, o la falta de contenido en el interior de un recipiente. Por extensión, se denomina también vacío a la condición de una región donde la densidad de partículas es muy baja, como en el espacio interestelar; o la de una cavidad cerrada donde la presión de aire u otros gases es menor que la atmosférica. Puede existir naturalmente o ser provocado en forma artificial, ya sea para usos tecnológicos o científicos, o en la vida diaria. Se aprovecha en diversas industrias, como la alimentaria, la automovilística o la farmacéutica. Nada dice de la literatura.

Creo que escribir el vacío es imposible. El acto de escribir ya es algo. Un amigo decía que su abuelo era un escritor genial. El viejo no había producido obra en su vida, pero cuando lo miraba cuidar la huerta con tanta tranquilidad creía adivinar en su interior innumerables historias. A mi me remitió a los recuerdos, esa forma imprecisa que tiene el cerebro de mostrarnos archivos viejos. Mi amigo quería convencerme de la potencialidad de ciertas personas para la literatura, aunque no ejerzan. A eso él llamaba escribir el vacío. Para mí, eso es directamente no escribir.

Cuando supe que el tema de este número de Spleen era éste, tuve la tentación de decirle a mi editor: deje mi espacio vacío. Luego recordé que ya no soy un niño y que tenía que ponerme a trabajar. Hay cierto vacío literario cuando se es chico, uno puede leer toneladas de libros a esa edad, meterse en mil historias, pero no veremos a la literatura, así como no vemos el código fuente y la página web al mismo tiempo. Quizá solo se pueda escribir el vacío en la infancia, donde todo es nuevo, donde hay que llenarlo todo, donde el espacio sobra, o está en blanco.

No lo sé, hace unos meses me quedé sin trabajo, sin esposa, sin un disco rígido de dos terabyte y todo su contenido. De a momentos creo que escribo el vacío cada vez que tipeo para ganar una monedas, cada vez que camino los pasillos ya vacíos de la casa, que rememoro algún viejo video familiar que no volverá.

Es verano y el sol ahueca la tarde. Mirando por la ventana hacia la plaza vacía, el sol decae como un plasma enfermo sobre los techos de las casas bajas del barrio y el teclado bajo mis dedos dispara ráfagas de contenido. No hay blanco ya en la página de Word. Releo este extracto de Bernardo Soares que dejé a un lado y no supe donde usar: “Escribo demorándome en las palabras, como ante vidrieras en las que nada veo. (…) Escribo acunándome, como una madre loca a un hijo muerto.”


Publicado por primera vez en Spleen Jornal (México, 2012)