Mi madre ensayaba poemas
en la agenda escondida en el segundo
cajón del closet.
En las noches en que salía con mi padre
a cenar al Ca Brea de Los Ángeles,
leí pudoroso,
solo,
a la luz del porche,
las espantosas cursilerías
en esa primera casa que rentamos
sobre Loma Vista.
Era descubrirla vistiéndose,
estrenar otro tosco algodón
en la entrepierna iracunda,
o ver al vecino podar el césped
en calzones.

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