En esa casa fría, enorme
zepelín relleno del pesado gas del pensamiento,
gran cerebro con su homúnculo,
materia vibrante y neura en la gelatina gris,
sinápsis de fusión inestable;
eras asimilado Robert Delayer
por tu orfandad.
Pero los días de sol
paseabas,
veías escaparates, nubes;
sin reír ni saludar, sudar,
ni dar marcha atrás,
seguro caminabas, Robert,
las aceras y parques sin abrir la boca ni perder el paso
hasta que compraste esa muñeca en Valery Dolls
y te vimos bailar con ella
peinarla, sentarla en el porche
mientras leías a Tom Wolfe,
feliz.
Pero aquel fresco viernes tu enorme perro,
con el que solías dormir cuando no lo hacías con ella,
te la arrebató y,
una vez en su rincón del patio,
descuartizó con parsimonia.
Llovió esa tarde
y la Mossberg 500 te reventó la garganta
y los vecinos corrieron tras el estampido,
también de pájaros y de las patas de tu perro.
Vi tu boca abierta al cielo
o lo que antes había sido tu boca y ahora
era mueca de la carne.
En tu mano izquierda
los dedos apretando los hilos plásticos,
la cabeza cercenada de tu amor,
el agua roja escurriendo hacia la acera
bajo las ruedas de la inútil ambulancia
frente a tu casa,
con largas luces espectrales,
norteamericanas.
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