Emily Grey tenía treinta años y un duende,
la boca reseca cerca
de media mañana
unos calores demoníacos le subían
por las piernas y
se alojaban allí
donde arde.
El resto del día Emily vivía sin ilusiones
podando el jardín,
hablando con su gnomo,
mintiéndole,
sobre vacaciones en Denver,
en San Diego; sobre sus sueños
de convertirse en pintora, sobre lo
que los doctores dicen de ella.
Su vecino el presbiteriano Joseph Kirsten
en su reposera reclinada
veía irse la tarde oyendo apenas el murmullo de Emily.
América ya no es lo que fue.
Bajo los nubarrones
veía ángeles,
Joseph Kirsten.
Una tarde con su cerveza
y el bamboleo de los árboles,
los vientos del sur le hablaron.
El sol se retiraba de la cerca,
tenue la sombra oblicua.
Joseph saltó,
cambió de patio
y Emily lo vió venir,
gritó
un segundo hasta que Joseph Kirsten
le tapó la boca,
la arrastró dentro de casa
y afuera tronó
y llovió
hasta el día siguiente.
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