5 de noviembre de 2025

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Emily Grey tenía treinta años y un duende,

la boca reseca cerca 

de media mañana

unos calores demoníacos le subían 

por las piernas y 

se alojaban allí 

donde arde. 


El resto del día Emily vivía sin ilusiones 

podando el jardín,

hablando con su gnomo,

mintiéndole, 

sobre vacaciones en Denver,

en San Diego; sobre sus sueños 

de convertirse en pintora, sobre lo 

que los doctores dicen de ella.


Su vecino el presbiteriano Joseph Kirsten 

en su reposera reclinada 

veía irse la tarde oyendo apenas el murmullo de Emily.

América ya no es lo que fue.

Bajo los nubarrones 

veía ángeles,

Joseph Kirsten. 


Una tarde con su cerveza 

y el bamboleo de los árboles, 

los vientos del sur le hablaron.

El sol se retiraba de la cerca, 

tenue la sombra oblicua. 

Joseph saltó, 

cambió de patio 

y Emily lo vió venir, 

gritó

un segundo hasta que Joseph Kirsten

le tapó la boca,

la arrastró dentro de casa

y afuera tronó 

y llovió 

hasta el día siguiente.


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