Se desvirga la boca acá en el techo
al darle fuego al Chesterfield robado
al viejo. Acné facial al horizonte,
marea y quema la segunda seca.
Lejos los camioncitos por la ruta,
vuelvo a pitar sin convicción, suelto humo.
El poeta peor es el que quiere
serlo. Disuelto en ciegos, en perdidos
cielos surcados por las ves de patos,
el fuego, las antenas de esas casas
iguales. Los veloces nubarrones:
ropa estrujada en brazos de los vientos.
Hombres sobre colmenas encorvados,
armas de humo; la pieza de nona Alda:
panteón donde plácidos fantasmas
acariciaban al dormir la siesta.
La oscuridad aún en el día, honda
desde la puerta al fondo de mi patio.
Agazapado ahí habitaba un monstruo
silente como el vuelo de los búhos,
aunque ninguno lo tomara en serio.
Un atardecer lo hice, crucé el patio,
vi unas chapas, la pila de ladrillos.
Lo obscuro no soltó a su vil criatura,
me acongojó. Lo sé, picotea en tierras
aradas, luego de cumplir seis años:
radiantes crisantemos de mi madre,
la marrón renoleta de mi padre,
sus jeans para los domingos, oxford;
las perforadas láminas sobrantes
que de la fábrica traía en rollos,
con las que fabricaba revisteros.
El filoso ornamento navideño
que, empuñado, soñé contra mi hermana.
Tras la ventana los colores muelen
los pensamientos de mi madre absorta
en los ya florecidos Pensamientos,
la pala de papá en el suelo, el hacha,
sus bermudas de patio, de pileta,
limpiar, salir; sus dedos del pie, largos,
fuera del cuero de unas franciscanas.
De los diminutivos, el abuso.
En las paredes, armas de vikingos,
los adornos comprados a viajantes.
Los vestidos de lana de mi madre
con agobio en veranos impiadosos,
la tía idéntica a Florinda Mesa,
el mural con poema de Neruda.
El triciclo de Mali quien, treinta años
después, lo ve en la foto al desvestirse
en la cama de tiempo y reencuentro.
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