En las camas, mi hermana y yo de noche,
por campitos del barrio rodeados,
murmuramos a oscuras. No dejamos
un minuto de hablar, porque en silencio
crecen temores de que, en la otra nave,
se haya dormido el otro, y lentamente
mengüe el mundo guiado por sonidos
de los grillos narcóticos lejanos.
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