Los padres suben al oscuro tren cuyo destino
se desconoce hasta el abordaje.
Con enormes bolsos
buscan los asiento asignados.
Los árboles por las ventanillas
en los campos que ondulan,
marcan el ritmo.
Sus hijos
quedamos atrás.
El reflejo de plata en las montañas lejanas,
avanza quieto.
A la hora de la tarde que sangra
se quedarán irreversiblemente dormidos.
Nosotros
volveremos a casa.
También algún día
seré el manojo de palos y cuero
en el hueco de un árbol,
el descenso
la música oscura y ciega
que no canta ni suena.

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