No escribo como mis contemporáneos,
no tengo,
nadie puede serlo de un muerto.
Ayer casi me acaricia una mujer,
fue bajando Palo Verde,
su mirada cruzó cansina mi carne dudosa,
siguió más allá de Nelson Alley Street.
El verano tomó mis brazos,
revoloteó sobre Santa Anita,
una sustancia sanguínea recorrió las venas.
Nada cambia.
Tipeo con la máquina de una sola tecla
en mi sien.
Matemos al pobre feo en ese rancho frío.
Ese loco tipea con dientes
amarillos de dolor,
calva flamante como placenta,
orejas de loco y andar de flan.
Su corazón timbra a la puerta de la mente
y no le abren.
Hay que matarlo,
entrar en él como el ladrón por la ventana.
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