28 de enero de 2026

Encontrar al bravo

 



   Las explosiones asustan. ¡Boom! El tío vuelve a cargar, me concentro en el caño de la escopeta y me tapo los oídos. ¡Boom! La culata golpea su hombro, sacude el sobaco que huele insoportable. Camacho arma un cigarrillo. Guiña el ojo derecho cada tres segundos, los conté. Debe ser muy feo vivir con un tic. O a lo mejor no, a lo mejor te acostumbrás, como el chico de la panadería que levanta una ceja cuando te habla.
   La bolsa de cartuchos pesa. ¿Por qué no me dieron una mochila y listo? Seguro no existían las mochilas cuando mi tío era joven, seguro cazaban con estas arpilleras y la ropa verde gastada que se camufla en la tierra. Mi mamá dice que la gente no cambia mucho, y ahora que miro al tío me parece que tiene razón. Yo creo que las mochilas ya existían cuando él empezó a cazar, por lo menos en los documentales de las guerras los soldados las usan, y los que escalan montañas. Así que no sé por qué no se compran unas mochilas y se dejan de joder con estas bolsas de mierda.
   Este lugar es nuevo. Lo único que vi hasta ahora fue la bandada levantar vuelo lejos. Tomaban agua de un charco. Las alas blancas eran enormes y reflejaban mucha luz. El Yica y mi tío tiraron para espantarlos, los perdigones cayeron cerca.
   En el guadal a la sombra de un espinillo, Camacho aprovecha para armar cartuchos con polenta, municiones y pólvora; pone el detonador y cierra el tubito de plástico con la prensa. Eso le pasa por salir a chupar, porque los cartuchos tienen que estar listos la noche anterior a venir al campo, se lo dijo mi tío en el rastrojero.
   Varias veces ayudé a armar cartuchos hasta la madrugada, por eso a la polenta le siento gusto a pólvora y transpiración; mi mamá ni me sirve cuando la cocina con salchichas, ya sabe.
  —Yo sigo sin entender —dice el Yica, que los vio más de cerca porque usó los prismáticos.
   El cigarrillo de Camacho se bambolea en el labio de abajo, jamás se cae. Mi tío me manda a juntar ramas de chañar para el fuego del almuerzo. Cuando cruzo el alambrado, siento olor a bosta en unos matorrales que se mueven. Los rodeo agachado y lo veo: es un chico de ojos grises con las alas plegadas. Está cagando. Me mira como si dijera algo importante pero indescifrable. Algo de la vida, mi futuro, las cosas que puedo llegar a sentir.
   —¡Shuuuu! —lo espanto. Levanta vuelo rasante y sube hasta donde vienen dos grandes. Más allá está mi tío y el Yica. Se gritan. El Bretón se clava al cielo. ¡Boom! Tres tiros. ¡Boom! ¡Boom! Uno de los grandes cae, lejos. El otro abraza al chico y escapa alto, a los gritos. El perro corre tras la presa. Corremos. La bolsa con cartuchos me cansa rápido. Entonces camino, sigo el rastro de la sangre espesa colgando de las ramas: ae nota que tropezó entre los espinillos. Cuando los alcanzo, el herido ya está muerto.
   —Este es de los comunes —dice mi tío empujando el cuerpo con la de doble caño—, de los que andan desnudos, hay un montón.
   —¿Que increíble, che! —El Yica no deja de mirarlo. Yo le acaricio las alas; son más grandes que el cuerpo. Lo levantan de los pies y los brazos. Lo suben a los hombros. Voy abajo, acomodo las alas que cuelgan. Me cae sangre, pero la mayoría le cae en la camisa al Yica. Al rato lo bajan.
   —Hay que cortatarlas acá —dice el tío, y le hace un gesto con la cabeza a Camacho.
   —Vamos, pibe —dice, y me arrebata la bolsa—, hay que buscar mejor leña.
   —¿Le van a cortar las alas? —pregunto.
   —Vení, allá hay ramas más secas.
   Escucho los hachazos mientras nos metemos entre espinillos. Camacho saca un hierro con horquilla en la punta, dice que es para las yarará. Junto algunas ramas, trato de no pincharme.
   —¿Qué es eso? —le grito.
   Camacho levanta la cabeza como si fuera el Bretón, guiña el ojo y viene.
   —Es un badajo —dice. Lo levanta. Le grita a los otros—. Che, acá hay un badajo.
   —Traelo —le gritan.
   Camacho lo levanta y se lo guarda en el bolsillo.
   —¿Qué es un badajo?
   —Seguí juntando. Es lo que va adentro de un cencerro.
   —¿Qué es un cencerro?
   —¿Vas al colegio, vos? Es como una campana.
   —¿Una campana de ángel?
   —¡Juntá, dale!
   Volvemos y armamos la carpa, después armo la fogata y me meto en la carpa porque hace mucho calor. Camacho sale a mantener el fuego. La llama arde alta. Tengo hambre. La radio dice que hace cuarenta y dos grados, cincuenta de sensación térmica. Mi tío y el Yica llegan cubiertos de sangre. El Yica trae un hacha, pregunta en cuánto estarán las brasas, cómo hay que prepararlo. Camacho me mira y no le contesta. Mi tío se agacha al bidón de agua y se lava la sangre, se saca la camisa, le pasa el bidón al Yica.
   —Igual que cualquier otro animal —dice—, como un costillar, ponele.
   Camacho dice que no tiene apuro, pero el Yica quiere saber.
   —A las cuatro seguimos para encontrar al bravo —dice mi tío.
   —¿Y tenías que traer al pibe justo hoy?
   Los escucho desde adentro de la carpa, miro si las linternas tienen pilas, la noche me da miedo.
   —Qué se curta —dice el tío—, ya es grande.

   El canto en el cielo nos sorprende. Salgo con los demás. Nos hacemos viseras con las manos. Son unos cincuenta, cien, no sé. Vuelan demasiado alto para tirarles. Tienen ropas coloridas y cacharros de bronce. Los chicos revolotean, se adelantan, dan vueltas alrededor de los grandes. Algunos dirigen a los de atrás con un cencerro, lo veo clarito, lo lleva colgando del cuello con una larga cadena que parece de oro. Vuelan de paso, como los patos en días nublados hacia las lagunas que dejaron las lluvias. Desaparecen en el horizonte.

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