18 de septiembre de 2025

El loco de la galera





                                                                                                                                                
                                                                      "Conviértete en el hombre de tus desgracias, 
                                                                      aprende a encarnar su perfección y su estallido".

                                                                                                                             Joe Bousquet


   El tornado nos obligó a refugiarnos en la sala de videojuegos desde donde vimos las ráfagas horizontales de agua arrancar los árboles del Centro Cívico. Los truenos ahogaban los sonidos del Flipper y un escozor subía por el estómago. Mejor no ver, no escuchar, darle a la bola de metal sin asco. Al rato, como moneda detenida entre las manos y mostrada, la tormenta fue sol.
   Se iba la tarde. Descalzos, con las zapatillas colgadas al cuello, volvimos al barrio. El aire aclaró lento y los autos nos salpicaron indiferentes. Algunos, empantanados, subieron por las veredas entre árboles y cables caídos.
   Bajando el terraplén, lejos, vimos al Loco de la Galera. Un hombre de más de dos metros con gamulán negro hasta los tobillos, y galera. Su andar inmune al clima, como si no esquivara ramas caídas o saltara charcos y la lejanía en las nubes eléctricas, completaban lo fantasmal. La obviedad era un giro hacia el autódromo, pero flotó sobre la continuidad angustiosa de los campitos. La alta figura se hizo transparente en el óxido del poniente.
   Guillermo Pedroni, un gordito más bien fortachón de once años, repartidor de latas de pintura para “La colorada”, no dudó: aquello era un espectro, y corrimos.
   En la cena, el noticiero local adelantó el chisme. El Loco de la Galera, así lo bautizaron los propios periodistas, merodeaba los lindes del barrio Alberdi, la zona del terraplén y la abandonada cabaña de los Romario. La policía no dio con él a pesar de hallar restos de sándwiches de miga, frescos, en la mesada de la cabaña. No se registraron denuncias que lo acusaran, sí molestias vecinales sin explicación que le adjudicaron. Otro noticiero marcó la diferencia: lo percibieron más alto, de cinco metros, volando de noche en el centro. Señoras viudas gritaron frente a la cámara de televisión que este extraño hombre intentó forzar las rejas de las ventanas para violarlas.
   Mi madre no alentaba este tipo de noticias, más bien era embaucada por las de un noticiero capitalino de lo más amarillo llamado Nuevediario que todos los días se encargaba de realizar un amplio informe sobre el marcado aumento en el país de casos de tráfico de órganos; el modus operandi se llevaba a cabo en autos Ford Taunus o en Trafics blancas, traficantes de cocaína a la vez, dedicadas a secuestrar niños y practicarles la ablación in situ para luego librarlos mutilados. Recién en la adolescencia supe que se trataba de un mito urbano de los años ochenta reflotado por la TV, pero por entonces el pánico nos ganaba.
   Fue la época en que encontramos la bola de cristal en el campito. Cavando para enterrar los arcos de la canchita, Mariano sacó la bola de vidrio llena de burbujas. Su nombre era Mariano Cuellar, un niño capaz de encajar en cualquier parte, y de enmudecer toda la tarde sin sufrir.
   No encontró uso a la cosa y la dejó caer. Para Guillermo era una bola de cristal de adivino, pero para Pedro Herralde, lector obsesivo de revistas científicas que ya tenía computadora en la casa cuando nosotros cambiábamos el televisor blanco y negro por uno a color, era un desperdicio “vítrico” de la fábrica. Lo explicó bien detallado, “desperdicio de la cristalería”, dijo, de las botellas sopladas, de los vasos, más precisamente.
   Escéptico nato, insoportable sabelotodo, de lo más irritable; Pedro rara vez se juntaba con nosotros, se aburría o alguien lo echaba.
   Guillermo levantó la bola y la puso delante del sol. No sé si exageró, fabuló o lo vio en verdad, pero soltó la bola aterrado al instante. Dijo ver al Loco de la Galera arriba de una mujer desnuda. Nadie le creyó. Le arrebaté la bola. Delante del sol, solo produjo bellísimas burbujas naranjas.
   Guillermo la llevó a la casa y la mañana siguiente mintió que mientras dormía, el cristal iluminó la pieza y mostró el futuro: los del barrio Bonansea se consagraban campeones del regional; Marina Loza, de sexto grado (la preciosa rubia de los labios más raros y perturbadores jamás dibujados) se casaba con un torero en España. Agregó al Loco de la Galera con un hacha en la cabaña de los Romario y la foto de una mujer.
   En esos días no hablamos de otra cosa.
   Con Mariano y Guillermo jugábamos al boxeo, Tableta nos llamó y nos preguntó por el par de guantes. Agustín Romario, se llamaba, el apodo era porque de niño ingirió un blister entero de aspirinas. Sus padres construían una casa mansión fuera del pueblo y eran dueños de esa cabaña siniestra antes de venir a vivir a Los Fresnos.
 —Son míos —le dije—. Me los regalaron en Navidad.
  Los inspeccionó alucinado. Propuso un campeonato entre los tres, y el ganador boxearía a él en la final. Sacó llaves del bolsillo y cerró las rejas del jardín. Se iba la tarde: un guante en la mano diestra, la otra en la espalda. Peleé con Mariano. Nos amagamos un rato largo, sin tirarnos.
   —A la primera piña fuerte — reglamentó Tableta alzando un dedo — , termina la pelea.
   Mariano lo miró. Aproveché la distracción y le entré bravo en la oreja. Tapó bien, sentí el revés en la jeta. Sangré.
   —¡Afuera! —gritó Tableta. Le di el guante a Guille para pelear con Mariano. Pegaron duro, muchas trompadas. Guillermo fue al piso, denunció la piña en la nuca.
   —Cuando le pegaron de revés a él —dijo Tableta señalándome—, valió. Así que en la nuca también vale.
   Nos sentamos a ver la final. Mariano creía reunir coraje moviendo los pies como los boxeadores. Tableta lo tanteaba de derecha, inmóvil, le daba soga, lo sobraba. Hasta que descargó ese pesado derechazo en la sien de Mariano y lo tiró.
   —Lo mata —indicó Guille.
   Nos levantamos. Tableta le entró a dar patadas y piñas en la cabeza gritando cosas inentendibles. Nos tiramos arriba de él, le apretamos el cuello. Vinieron unos vecinos, no pudieron abrir. Mariano perdió mucha sangre. El padre de Sarandieri saltó la reja, le gritó a Tableta que lo soltara y lo tumbó con un tacle.
   —¡Al suelo! ¡Policía!
   La ambulancia demoró, Mariano tenía trapos hasta en las orejas, llenos de sangre. Lo cargaron en el Di Tella de Herralde y lo llevaron al Hospital.
   En esas noches le “hacía las pasaditas” a una chica oriental de la última cuadra. Me encantaba frente al televisor o tumbada sobre la carpeta con la calculadora y la regla haciendo la tarea, inclinando su fino cuello descubierto por la cola de caballo que solía atarse. Sólo una vez me vio pasar y no saludó. Fui un fantasma, triste, solitario.
   Una de esas noche dobló el Taunus veloz.
   Corrí. Nnunca mi corazón saltó así; fueron dos cuadras de barrio, el alambrado y el campito de yuyos altos. Los crucé sin importar que el Taunus doblara por el negocio de Doña Cata hacia el terraplén. Seguí corriendo, después desaceleré, calmé la respiración, logré agacharme hasta disminuir la respiración. Me quedé ahí un rato hasta estar seguro de que no pasaba nada, y volví.
   Al tiempo, Tableta volvió a buscarnos. Nos contaron lo del problema psicológico y que estaba tomando unas pastillas (lo que nos causaba mucha gracia, por su apodo). Una noche apareció en la cancha de Frontón y le pidió perdón a Mariano. Lo abrazó y le explicó lo de la paliza. Desde entonces Tableta no registró otro acto violento por meses. Es más, impidió varias peleas: la vez que separó al morocho Juárez cuando quiso tajear a Patato en la placita y casi liga un chuzazo.
   A veces nos insistía sobre libros y escritores. Con los chicos veíamos mucha tele, leer era estudiar. Bañándonos en el club, dijo la palabra “literatura” mostrando los pendejos enredados alrededor de la chota:
   —Lo más no es tener pendejos, sino leer a los locos franceses. ¡Eso es poética! ¡Qué hijos de puta! Rimbaud escribió lo más groso de la poesía. Puto, dejó de escribir a los veinte años. Se hizo traficante de marfil en África. Murió a los cuarenta. Esa vida está buena, y no tener pendejos. Pendejos, cualquier boludo saca.
   Nuestro barrio era un manglar imaginado por Tim Burton: las ramas de los árboles se enredaban con las de los de la vereda de enfrente y los de las plazoletas. Los toboganes, y los autos en oxidación estacionados desde hacía quince años en las calles, terminaban de componer el cuadro. La pesada noche de verano nos desairaba, bamboleantes, suspendidos en una realidad derretida, espiábamos por el tapial a la Crivelli. Los jueves bailaba con el novio en el patio con la música al mango, podían verse algunas revolcadas. Los hubiéramos visto desnudos, más o menos a las cuatro de la mañana como contaban, pero volvimos a la esquina a las dos, la triste hora en que los padres juntan las reposeras, entran el televisor bostezando y arrastran los pies por los pasillos.
   Una noche de tormenta, por la ventana del lavadero, vi los rayos gigantes y afilados resplandeciendo atrás de la casa de los Romario. El viento doblegaba los fresnos que barrían las baldosas entre gordas cortinas de agua. Vi la figura, un hombre alto. ¿El Loco de la Galera tragado por la esquina?
   Un auto dobló veloz por la esquina. Era el Taunus. Paso por mi esquina y seguro me vio. Me quedé en la ventanita un tiempo más. Pensé de todo antes de irme a la cama mientras amanecía, cantaban las ranas del terraplén.
   En las últimas vacaciones del primario fuimos a robar bombachas del canasto de saldos en Baravalle. Guillermo sacó una blanca de florcitas amarillas, apretada en el fondo de la pila, igual a la bombacha de Marina, juró. Mariano robó la blanca con rayitas rosas de la punta. No quiso revelar a quién le vio ese dibujo de bombacha.
   Entonces entró la Gómez, la hija del verdulero manco, la flaca Gómez. En el acto del 25 de Mayo el viento le levantó la pollera y alcanzamos a ver la cosa gordita. La Flaca tomaba sol en tetas en el patio, un fenómeno redondito adelante y atrás.
   Apenas entró fue a ver las blusas. Nos hicimos los giles, rogamos una agachada al estilo de las películas del Gordo Porcel, donde las mujeres no doblan las rodillas al hacerlo.
   Mariano fue rápido: con el paraguas robado de la marroquinería, por atrás como un tigre al acecho, le levantó la pollerita. Vimos todo. Dos cachetes carnosos masticaban la bombacha allá adentro.
   —¡Qué le hacen a mi novia, pendejos! —gritó Tableta, atrás nuestro, con los brazos listos. No lo vimos entrar, nos reímos por su porte de villano de historieta.
   —No, no —dij —, les hablo en serio. Fabiana es mi novia.
   —¡Qué va a ser tu novia la Gómez! —largó Guille.
   —Pará, estamos jodiendo.
   —¡No importa, no se hagan los culiáus con mi novia!
   —¡Andá! —le gritó Fede—. Andá a cogértela, si es más puta que las gallinas.
   Tableta lo revolcó en el piso. Nos tiramos arriba, lo mordimos, ni así lo frenamos. La Gómez le gritó:
   —¡Pará, Agustín, pará!
   Guille sangraba en la frente, Mariano ligó la “paralítica”. El policía de Baravalle nos sacó a patadas, y a Tableta lo llevaron en el patrullero. A la noche, en la plaza, nos amenazó con un palo. En esa época se desquició. Ideó un plan de tortura con chatarra del galpón: pedazos de mangueras, lámparas y bancos de hierro forjado distribuidos en un recorrido marcado a cal. El plan era usar el circuito infernal con las que comían pururú en la plazoleta: Cintia, Naty y Caro. Hacía desde la siesta que las miraba. Natalia nos iba a matar, pero Tableta era más grande, me protegía. Les preguntó por arriba del tapial si entraban a “El Recorrido del Amor”; y entre divertidas y calentonas, lo hicieron.
   Les atamos las muñecas a la espalda y les vendamos los ojos antes de entrar. Yo las guiaba, y él atendía los mecanismos: latigazos de ramas en los tobillos, agua helada lanzada desde el techo, golpe de rodilla al banco de hierro, ardor en pantorrilla por escape de una moto encendida, humo del dispersor de apicultor lanzado en la boca, pinchazo de abeja, tocada de teta, hilito de pasto en fosa nasal -cosquilla atroz-, tocada de culo y gallo final en los ojos al quitarle la venda. Pasaron de a una, y no todas recibieron torturas, fue difícil mantenerlas en la línea. Después de discutir, por fin Tableta les abrió el portón y corrieron.
   Enseguida los padres de las chicas golpearon la puerta de la casa de los Romario. Los padres no estaban. Tableta agarró la escopeta del viejo, caminaba nervioso, se le notaba la verga dura en el pantalón de gimnasia.
   A la semana lo visitó la policía, por otro tema. Los vi a través de la ventana discutir con los padres. Las chicas, excepto por las quemaduras, se divirtieron. Por eso organizamos el cuarto oscuro. Nos tocó encerrarnos, y a ellas buscar. Tableta acostado en la cama, la peló: alguna mano ciega chocaría el terrible mástil. Naty, perdida en la oscuridad, lo apretó con las uñas largas (creyendo agarrar uno de los barrotes de la cucheta, se excusó). Oí el alarido y las cachetadas.
   —¡¿Qué pasa?! —gritó Cintia encendiendo la luz. Tableta y Naty, de los pelos, se revolcaban en una pelea de lo más bizarra.
   Varios problemas policiales menores se presentaron en esa época. A mí me maltrató, por ejemplo. Para ir al colegio, lo pasé a buscar saltando el tapial porque lo escuché en su patio. Él iba al secundario cerca de mi escuela. Vimos revistas porno en el fondo de la pileta vacía. Le pregunté si iban a llenarla, no respondió. Estaba ido, los ojos en el piso. Le pregunté qué le pasaba. Saltó y fue a la casa, lo corrí. Entonces giró y dejó caer las dos manotas en mis hombros. Caí al pasto. Lo vi sacar el pañuelo y fabricar la mordaza, con la soga de la pileta me ató al palo borracho, amordazado. Revisó la hora y se fue. Saludó a la madre y salió por la puerta de calle.
   Grité varias veces. El sol era una chapa incandescente en la espalda. La madre, planchaba en el lavadero con la televisión encendida y lejos. De a ratos cerraba un poco las cortinas oscureciendo la sala. Miró hacia mí, fue horrible: los ojos perdidos, ahuecados por el reflejo del vidrio, quizá. Parecía ciega. Cerró las cortinas y apagó las luces.
   Tableta me despabiló a cachetazos a las cinco desanudando la soga:
   —Te tostaste bastante bien, ¿eh, boludo? —dijo.
   Fue en 1991, la época en que los doctores del neuro se lo llevaron por varios meses.
   Yo promediaba el secundario y Tableta terminaría después de repetir el año por la internación. Escuchábamos, movilizados por lecturas de izquierda, a Los Olimareños y Zitarrosa. Las jarras de vino eran interminables. El caso del Loco de la Galera se diluyó. Registraron dos o tres apariciones dudosas y nada más. La vida, bien de mierda, como todo en la adolescencia, tan prístina y hermosa como la mina de jean roto, delante en la cola del súper a la siesta. Siempre iba a esa hora a comprar galletitas; y podíamos verla las veces que nos hacíamos la chupina. La musculosa de Pearl Jam rota le marcaba dos tetitas felices en la tarde nublada. En el cordón cuneta, en la bici, su compañera: “la otra”. Una morocha de pantalones bahianos y tatuaje en el brazo.
   Tableta masticaba Artane como si fueran caramelos Sugus. Una siesta quisimos seguir a las minas. En el instante de salir entró la preceptora Rita a comprar sus ridículas pastillas y nos “informó” que “inmediatamente” llamaría a nuestros padres. Con el acné brillante, pantorrillas de escoba y carpetas en las axilas, corrimos hasta la moto. Intentamos alcanzar a las minas. En una curva nos caímos. Le dije que dejara de drogarse un poco o me dejara manejar. Íbamos a fumar a un rincón descampado atrás de la Planta de Reciclaje. A los fasos los armaba yo, él temblaba demasiado. Una de esas siestas habló de su abuelo que lo crío golpeándolo con el mango de la pala a la noche. Incluso en la cabeza.
   Detrás del alambrado una cabra se acercó. Fuimos dulces, la bautizamos Courtney y nos hicimos amigos. Fumábamos hablando con ella. Otras veces en la fraccionadora de arena abandonada, en la cima de la escalera, sentados a mirar el pueblo desde las alturas, en silencio, flasheamos. El sol en los techos de la fábrica de polietileno, atrás de los ductos de aire, iluminaban el pequeño domo de Astronomía del colegio. Era hermoso pero ninguno de los dos se animaba a decirlo. La ventana a la que miramos con los prismáticos de papá estaba lejos, salida de escuadra como si la distancia la dilatara. Se veía a Mariano, chiquitito atento a la maestrita vestida de verde, moviendo las manos delante de dos o tres cabezas indistinguibles. Lejísimo, la vida continuaba, pequeña y ridícula. De nuestro lado, gorda y plácida, la tarde dormía sobre el lomo de una ballena.
   Cuando pintaba el hambre el Club Hugo Wast hacía unos sándwiches terribles, ponían Nirvana y Tableta sacaba del baúl de la Honda Tack un pañuelo nazi y me lo mostraba por abajo de la mesa como si fuese un arma de guerra. Eso es lo que hacíamos cuando no nos encerraban en el curso, donde lo más productivo que podíamos hacer era dibujar en los márgenes de las hojas el logo de Iron Maiden.
   No sé si por esa dejadez, la insistencia, las canciones, o qué, pero a los dos años la vida cambió. Marina Loza, se llamó el milagro. Fue bastante raro, de la amistad al sexo no hay ningún trecho, hay un muro, altísimo. Rara vez alguien logra trepar y caer del otro lado. No pregunten cómo lo hice, no lo sé.
   Ella regaba las plantas con el shorcito a cuadrillé rojo tan famoso. Bajé de la moto, y cuando la saludé -un beso en la comisura de la boca- olí el aliento a palitos de la selva y piel a recién bañada. Las indirectas y los roces fueron en aumento y a los días apretábamos en la pared del pasillo de la casa. Así de fácil. El culito contra mi bragueta me provocaba erecciones insoportables, dolor de huevos.
   El día que fuimos a la cama, no pude evitar contarlo. Los amigos varones querían saber lo que siempre me pregunté también. “¿Cómo es cogerse a una pendeja así?”. La respuesta, pobre, es: esas yeguas, todo piernas, terribles hombros y tetas, esas caritas de nenas golosas y esos ojos de mañana feriada, por no describir la fruta edénica llamada culo, no cogen. Se acuestan, esperan excitadas que la metas, y ya. No hacen nada, solo disfrutar y gemir, son inexpertas, aniñadas. Ni olor a concha tienen, son tan limpitas que lo máximo a oler es antitranspirante.
   Sin embargo algo les oculté: ver ojos en los tuyos deseando más y más, tetas en rebote corto, su aliento de beba jadeando, colmillitos infames, sus costillas golpeando tu cuerpo, mojándote con transpiración, la desesperación del final, la muerte decantando en las puntas del pelo desparramado por la almohada.
   Como es habitual al iniciar un noviazgo, mantuve el encierro mucho tiempo. Solo conté dos amigos: El colchón y la TV. Entonces ocurrió lo que quiero contar desde el principio:
   Los Romario se mudaron a la casa nueva del otro lado del pueblo y le regalaron al hijo la cabaña del monte, a unos dos kilómetros. Tableta la refaccionó y el rumor de que nos drogábamos ahí no tardó en correr, también orgías, actos Umbanda, laboratorio de barbitúricos, y realización de abortos. Menores de edad, traficábamos a lo loco, y un par de muertos descansaban bajo la tierra del patio. Era muy gracioso escuchar los chismes en el barrio.
   Un viernes lo encontré en la calle, lo vi avejentado. Me invitó a la cabaña y esa noche cenamos ahí. Además de recordar historias gratas y otras no tanto, expuso su teoría sobre los fantasmas. Las apariciones visuales y sonoras de los muertos se deben a una “grabación” natural, explicó. Por circunstancias físico-químicas poco comunes, los componentes de un entorno natural generan soportes electromagnéticos. Así, un evento -fragmento del tiempo, escena de nuestra vida- es grabado en el soporte, ambiente, aire o como sea. Luego, por otras -o quizá las mismas- circunstancias, el evento es reproducido.
   —Pensá en un casete —hacía ver—, en el magnetismo de la cinta. El planeta tiene magnetismo. ¿Por qué no van a combinar distintos elementos del ambiente en “cinta” capaz de grabar y reproducir? ¿Y si en realidad el devenir de cada uno de nosotros es grabado constantemente de manera natural y no puede reproducirse sino por circunstancias anómalas inexplicables todavía?
   —Es cierto… cuando éramos más chicos por acá aparecía el Loco…
   —…de la Galera, sí, el fantasma —sonrió—. Vení a ver.
   Fuimos a la pieza donde levantó los tablones del piso y sacó de allí un sobretodo negro, un par de zancos y la galera. La del Loco.
   Lo miré, un poco desorientado.
   —Era yo —dijo—, quería espantar a la gente, quería que la gente hablara de mí. O sea, del Loco. Quería ver qué sucedía con un fantasma. Después me obsesioné y anduve por el barrio, mis viejos salían en el Taunus a buscarme, los médicos decían que era una de las múltiples personalidades.
   —¿Tenés múltiples personalidades?
   —No, ja ja, tomo unos remedios, pero todo bien.
   Y recordé.
—¿Tus viejos tienen un Taunus?
—El polarizado, sí, casi nunca lo usan, salían en ese por vergüenza de buscarme vestido así en el auto que todos conocían.
   La vida, cosa alucinante, pensé tirado en la cama de Marina. Ella dijo algo del amor, alguna cosa distante, errática. Pero ¿qué era eso comparado con la historia de Tableta? Nada. Dudé si mi cerebro no estaba construyendo mi realidad, pero no de la manera en que construye la de todos. Las medias de Marina Loza, tiradas sobre el televisor emitiendo una vieja película americana mal doblada ¿eran las medias de Marina Loza tiradas sobre el televisor emitiendo una vieja película americana mal doblada, o era lo construido, el sueño? ¿Todo estaba inventado por mí, enfermo de esquizofrenia, mientras los demás vivían una realidad objetiva y me cuidaban como enfermo sabiendo que mi novia, la chica más linda del mundo, era una creación de mi cerebro?
   En la sala de videojuegos, despejandome de Marina y de todo, Tableta se puso violento apenas perdió en el Flipper de Arma Mortal en la otra punta, no lo había visto. Me vio y corrió hasta donde estaba y apretando mi cuello me advirtió que la dejara.
   —¿A quién?
   —A Marina, gil, ¿a quién va a ser? Si no —apretó—, cobrás con la mafia del barrio.
   Sarandieri y el Pluma -un pibe nuevo importado del cortadero Unión con varias policiales en su haber- miraron desde el Gálaga.
   —¿Que mafia, boludo? Somos amigos.
   —La mafia del barrio, gil. Y no sos amigo nuestro, ¿tamo?
   El empujón fue duro: golpeé la espalda en el Pac-Land y los vi irse. Antes de cerrar la puerta, miró arrepentido, o eso creí.
   Fue la tarde en que fui a hablar con ella. Barría el patio con cara rara. Tableta apareció por la puerta de atrás. Me saludó pero no le respondí, ¿me había seguido?
   Entré a la casa de Marina a buscar una cerveza con plan de echarlo. Cuando volví Tableta sentado al lado de Marina, le apretó las dos manos y le dijo:
   —O nos besamos, o no te suelto.
   Los miré con la botella en la mano y le grité que no hinchara más. Volví a la cocina a dejar la cerveza, la madre de Marina preguntó si todo estaba bien.
   Tableta pedía cigarrillos. Nadie tenía, le soltó una de las manos, sacó la billetera y me mandó a comprar. Desgranó con los dedos tres o cuatro pastillas, Rivotril creo, y las inhaló -incluso pedazos grandes- como si nada. No le recibí el dinero. Le pedí que rajara. Marina negoció la libertad ofreciéndole un piquito. Y se lo dio, la hija de puta.
    Tableta, sonrojado -grandote hijo de mil puta-, no la soltó. Le dijo:
   —O nos ponemos de novios, o no te suelto.
   —¡Cortala! —le grité—. Mandate a mudar, tarado.
   —¡Vos, andate! —me dijo tranquilo.
   —Dejá a mi novia, Agustín. ¡Basta! En serio.
   —¡Andate! — gritaron sus ojos de loco.
   Entonces lo vi perfecto: fue ella quien le soltó las manos a él, la provocadora del juego. Fue como si me hubiese revolcado con su femenina fuerza en el piso y abierto las piernas en mi cara para mearme. De ahí salté a un flash, no recuerdo nada entre eso y el instante de descolgar la pala y de darle a Tableta en el lomo varias veces. Se defendió débil, aunque adquirió el porte y poder a punto de atacar. No tuve otra: le di en la cabeza y cayó.
   Y no se levantó. Marina le movió la cara, la abracé y apreté, pero gritó llorando y empezó a rebotar por todo el patio desesperada. La madre se asomó, vio lo que pasaba, y llamó a la ambulancia. El charco impresionaba cuando llegaron. Los médicos lo movieron, le revisaron las pupilas y lo cargaron.
   En el Hospital imaginé al fantasma de Tableta persiguiéndome por siempre. Episodios de su vida, grabados, breves, fantasmales, loopeados donde ocurrieron: Tableta levantándose en calzoncillos a tomar agua a las cuatro de la mañana; en el fondo de su pileta como un plasma, sentado en un rincón, llorando (como una noche lo descubrí); tras el árbol en madrugadas de humedad y luna nueva; o en los pasillos del colegio en los recreos casi transparente. O peor: escucharía para siempre sus pasos sobre el techo de mi pieza llamándome despacio, amistoso, como hacía cuando no podía dormir.
   Los padres llegaron con unos bolsos sin saludarnos. Apenas si vi los bultos mover las sillas. La cara era un peso difícil de sostener. Miré mis zapatillas rotas y me sentí pobre. Levanté la vista como quien se incorpora a una farsa.
   —Ya avisamos a la Policía —aclaró la madre de Tableta a Marina mientras me miró.
   Por la ventana, como las cortinas metálicas de los negocios cerrando, el cielo cayó de a tramos dejando el pavimento huérfano de luces. Realidad pura, sin interpretar.
   Entonces tuve ese deja vú horroroso cuando el Doctor llegó por el pasillo y anunció que Agustín había muerto.


                                                                                                                           2006

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