Gina,
a las dos de la mañana
tirando al aro en el perímetro de Picadilly y Renton,
con sudadera y capucha
bajo la llovizna;
el sónico rebote del balón,
las piernas tersas elevándose
cada noche.
Con mi taza de café
desde la ventana del primer piso,
pienso:
alguien le romperá el corazón
por primera vez
en cualquier fiesta de Anita Beach.

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