
Pablo Giordano recrea, en su escritura, paisajes. Como el hábil pintor que representa de una escena urbana la parte por el todo, este autor apela a la más pulida síntesis para llevar al lector por infinitos mundos posibles. En su vocación de poeta que describe situaciones donde él mismo se encuentra inmerso, desenmascara con acertados versos ciertos misterios de la vida, como el juego de seducción que la vida y la muerte ejercen sobre los mortales, la decadencia humana en los gestos cotidianos, y tantas otras tragedias. Algún filósofo de antaño hubiera preferido redactar volúmenes enteros explayándose sobre el asunto. Sin embargo, este poeta prefiere dar rienda suelta a la profundidad propia de las palabras para crear sentidos. Por otro lado, la ausencia de comas es un recurso gramatical que apunta hacia el mismo lado: los poemas se leen de inmediato; casi un amor a primera vista que salta sobre el lector; que éste toma por vocación casi irrenunciable. En lo viejo de la plaza, Ni puertos ni muelles y No más que una lluvia son los tres ejes donde se desarrolla la acción poética. En cada uno, Giordano vuelca una personalidad distinta, se trata de atmósferas que envuelven con su clima particular. La riqueza de los personajes que allí yacen, se choca con quienes viven y sufren de igual forma de este lado de los versos; sus letras se tornan un espejo de tinta. “La felicidad es un Gordini/que despierta”.Dentro de este poemario se viven poemas previos a este suceso.
Juan Castro (Revista Lamás Médula, 2009)
La agresividad de los incisivos versos de este libro es la traducción, en clave de poesía, del cross a la mandíbula que exigía nuestro más grande expresionista. Con su poética del desamparo y del hastío, Pablo Giordano logra trascender el costumbrismo, y a fuerza de mordacidad y precisión. Sabe que no es
necesario ser aburrido para hablar del aburrimiento, ni oscuro para expresar la oscuridad: su poesía es una gema profunda y negra, pero tallada con claridad absoluta.
Marcelo diMarco (del prólogo, 2008)
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