Me daba miedo detonar cebitas,
pero las víboras no, ni lagartos.
Inquietaba lo oscuro, o quedar solo,
no la brisa mortuoria en los potreros
en primavera. Me espantó un insecto
que entró en la oreja, pero no ese día
en que con el tirón saqué el anzuelo
del pulgar. Pero sí me hacía a un lado
cuando un grandote pateaba el fulbo
de cerca. No temimos ni un cachito
al rumor tembloroso de las calles
marcando ya las dos de la mañana,
o si me despertaban las arañas
al cruzar cautelosas las cobijas,
pero si a los caballos silenciosos
que en una misma fecha de cada año,
trotaban horas rodeando el barrio.

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