por David Voloj para Hoy Día Córdoba.
Editado por Los Ríos en 2022, “Zombis de porquería y otros cuentos”, del escritor cordobés Pablo Giordano, es un libro versátil, compuesto por seis relatos muy diferentes entre sí pero que logran darle una vuelta de tuerca a ciertos lugares comunes en la literatura para las infancias.
El primer cuento pone al lector en la situación de testigo y espectador de un coloquio de muertos en un pequeño cementerio de un pueblo. A contramano de aquellas historias de terror en las que el personaje del “zombie” se presenta como un ente irracional y guiado por un hambre voraz, acá nos encontramos con cuerpos en descomposición que, por alguna razón, piensan, sienten, exponen sus preocupaciones, sus miedos, sus deseos.
Los muertos de este cuento quisieran ser fantasmas, pero no pueden: cargan con huesos y restos de carne. Deciden, voluntariamente y como si pudieran tomar semejante decisión, ser zombis. Pero tampoco saben muy bien qué es ser un zombi así que se debaten entre salir y cruzar la ruta, con los riesgos que representa, o seguir ahí, como hasta ahora, sin hacer nada por toda la eternidad.
“Mesalina”, el segundo cuento, cambia de tema y de género para contar la historia de una extravagante mesa viviente, que a veces se comporta como una mascota y a veces como un miembro más de la familia. Lo fantástico de la situación intenta ser explicado por los personajes, pero pronto deja de importar si se trata de un espíritu alojado en la madera u otra cosa porque la mesa se deprime y sube al techo, con la firme decisión de arrojarse.
Muy distinto es el tono de “La empresa cinematográfica de la vida real de Eduardo Bud”, otro cuento del libro. La infancia y la adolescencia de un grupo de compañeros de escuela se describe con realismo, pero la historia de Eduardo Bud se ubica al límite de lo imposible cuando decide complementar la vida cotidiana con recursos cinematográficos, guionando, musicalizando y hasta incorporando efectos especiales a las necesidades sentimentales de quien lo requiriese.
El humor, la exageración, la recreación de voces infantiles y, en especial, la ausencia de enseñanzas en clave moral, permiten leer cada cuento de “Zombis de porquería” con un asombro renovado y la certeza de diversas interpretaciones en cada lectura.

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