Las manos hacia el fogón. Algo traman
los tres vecinos cinco años más grandes
que yo. Algo peligroso. Las aristas
de la noche: solapas del baldío.
Suena honda la palabra policía
en boca de ellos. Y mis ojos mudos,
los dos indignos grandes redondeles,
ante rudos muchachos con jeans.
Hay que planificar, variar ataques.
Es un raquítico animal el frío
que para oír mejor, se nos arrima.
Recorren lento el aire, algunos verbos
nunca oídos. Tuvieron, estas noches,
días frágiles, muy cortos. Los ojos,
absortos ante el mal, aquellos robos
de plomo en llantas de autos, atacados
una hora luego de mear el fuego.
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