20 de noviembre de 2025

Paula

 



Me empujaste, anulaste el gol furiosa. 

Los labios apretados, largos mocos 

secos en la remera transpirada, 

tus pupilas: los rayos que miramos

cerca del Hípico ya oscuro, muerto.


¿Qué, querés pelear? te me viniste, 

ese temblor preciso en tus pestañas:

ortigas al cruzar el campo al trote

la tropilla iracunda de Saluzzo.


¿Vamos a pelear...? miraste y dije: 

si sos nenita, no te hagas la macha.

A mí qué mierda me calienta, pavo,

y otro empujón, igual al golpe de agua

del trampolín del Huracán, de panza.


Al movimiento no lo vi, de lleno

en los huevos el seco rodillazo,

fuimos al piso; ahí inspiré el perfume;

en mi cara, tu axila suave, dando

vueltas los dos, arriba el griterío 

de aliento, y el ¡basta, no peleen, chicos!


El amor era un apretón de cuello.

¿Pedí disculpas? ¿Te acordás qué dije?

Me soltaste en silencio, yo tenía

los ojos de muñeco maltratado.

Cuando nos levantamos uno al otro

la bombacha asomada del Adidas

de gimnasia, era blanca con rositas.


Junto al polvo de tierra descendía 

lo que te dije, igual a las gotitas

del flit que mi mamá terca rociaba

en la cocina y espantaba a todos.


Creí pedir perdón como ordenaste,

pero dije otra cosa, no recuerdo.

También lo escribiré en aquella tarde

de la flotante confesión, o como 

llames a la hora de escaparnos juntos 

a chorear los nísperos pasados.


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