Me empujaste, anulaste el gol furiosa.
Los labios apretados, largos mocos
secos en la remera transpirada,
tus pupilas: los rayos que miramos
cerca del Hípico ya oscuro, muerto.
¿Qué, querés pelear? te me viniste,
ese temblor preciso en tus pestañas:
ortigas al cruzar el campo al trote
la tropilla iracunda de Saluzzo.
¿Vamos a pelear...? miraste y dije:
si sos nenita, no te hagas la macha.
A mí qué mierda me calienta, pavo,
y otro empujón, igual al golpe de agua
del trampolín del Huracán, de panza.
Al movimiento no lo vi, de lleno
en los huevos el seco rodillazo,
fuimos al piso; ahí inspiré el perfume;
en mi cara, tu axila suave, dando
vueltas los dos, arriba el griterío
de aliento, y el ¡basta, no peleen, chicos!
El amor era un apretón de cuello.
¿Pedí disculpas? ¿Te acordás qué dije?
Me soltaste en silencio, yo tenía
los ojos de muñeco maltratado.
Cuando nos levantamos uno al otro
la bombacha asomada del Adidas
de gimnasia, era blanca con rositas.
Junto al polvo de tierra descendía
lo que te dije, igual a las gotitas
del flit que mi mamá terca rociaba
en la cocina y espantaba a todos.
Creí pedir perdón como ordenaste,
pero dije otra cosa, no recuerdo.
También lo escribiré en aquella tarde
de la flotante confesión, o como
llames a la hora de escaparnos juntos
a chorear los nísperos pasados.

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