Aprieto fuerte el fiel manubrio helado
de la bici, me ubico en estas calles
desiertas bajo un cielo azul desierto.
Es lamida de muerto el aire. Abajo
las zapatillas de delgada lona,
una por vez, al campo visual entran.
El aliento se escarcha, difumina
a la maniobra atenta al pedaleo;
levantar la cabeza, darle duro,
mil cuadras, mil doscientos años hasta
la escuela con las puertas que no cierran
del todo, y no funcionan las estufas.
¿A cuál demente maquinaria damos
-durante una existencia, alguna gente-
tanto inconsciente, firme pedaleo?
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