El candidato a Presidente, con boscosas patillas blancas, deja el pueblo por el camino de tierra después de saludar a esta pujante ciudadanía. Los periodistas regresan con los grabadores y cámaras hasta los autos. La polvareda se asienta: podemos ver las carpas de los gitanos al fondo de la calle Alvear. Allí vive Imara, la niña de ojos oliva. Me enamoró ayer al salir de la despensa de doña Tuera. La acompañaban dos mujeres. La de inmensas tetas colgantes parecía su mamá, quien la retó en un extraño idioma y la tironeó del brazo apenas la chica me dijo su nombre; igual que tironea mi papá apurando ahora el paso para volver a casa luego de conocer al futuro presidente peronista: porque gobernar es decidir en favor de los pobres, hijo, y a eso sólo lo hace el peronismo.
Un par de semanas después, el Benja, con el pecho hinchado desde que cumplió los doce, dice que el papá lo llevó a unas fiestas en las carpas y son fantásticas.
— Vayamos —le digo. No necesito pedir permiso: mi papá nunca está en casa, trabaja en la fábrica todo el día, y mi mamá está enferma, muy mal, dicen que se va a morir. Tiene voz de moribunda, es cierto, y grita de dolor. No puede salir de la cama hace meses y, cada vez que la escucho, se me ahueca la panza. Las visitas a veces lloran sentadas al borde de la cama, y le repiten lo mismo que yo, que no se va a morir. Es que no le creo al doctor, yo sé que se va a curar y vamos a volver a tomar helado y a comprar las remeras que me gustan.
Cierro la puerta y corro con el Benja hasta el fondo de la calle Alvear.
Los gitanos fuman tirados en colchonetas y miran televisión a la sombra de las carpas. Una vieja nos lleva de la mano más allá y nos ofrece comida. Unos barbudos tocan la guitarra y cuentan mucha plata arriba de una tabla de asado. Imara llega y saluda, me dice “buen mozo”. Le pregunto si la dejan salir y dice que no, pero que se escapa si quiero. El Benja pregunta cosas a los guitarristas, no le aviso. Salimos corriendo, nadie nos ve. Imara le robó a su papá cincuenta australes. Nos alcanza para dos helados y nos gastamos el vuelto en el parque de diversiones. Damos una vuelta al mundo y me asusto, ella ríe como si largara palomas: el diente plateado resplandece. Compramos algodones de azúcar y comemos sentados en la vereda. Se ven las casas más altas de nuestra calle allá abajo. Las antenas y los cables contrastan el cielo naranja igual que en el cuadro triste que está en la Galería Romi del centro y le encanta a mi mamá. Voy a conseguir plata y se lo voy a regalar, para que sane más rápido.
—¿Qué pensás? —pregunta Imara.
— Nada.
Le pido un beso, tira el palito del algodón y niega con la cabeza. Un trozo de azúcar se asoma en la comisura. El Benja me enseñó: a veces las chicas dicen no, pero quieren. Traga, cierro los ojos y acerco la boca a la suya. Siento fuerte la cachetada. Después nos quedamos mirando. No sé qué hacer, le digo chau, pero me quedo. No hablamos.
Ahora la acompaño enojado hasta las carpas. Cuando entra, ni se despide. El Benja sale por abajo de la lona y nos vamos. Tomó mucho vino, me doy cuenta porque camina muy lento.
Una o dos tardes después, en la vereda de la despensa con el maple de huevos que mi papá me mandó a comprar, vemos con el Benja el sol bajar y decidimos ir a las carpas. Cuando llegamos, Imara se acerca a mi oído y me pide perdón. El Benja entra levantando la lona. Imara me quita el maple, quiere que elija uno de los huevos.
— Ese —digo.
— El futuro —dice—, rompelo.
— No, ‘tas loca, mi papá me va a retar.
— Rompelo, dale —dice, me pone el huevo en una mano y en la otra el maple. Habla muy cerca, me doy cuenta que estoy sintiendo el aliento de una chica por primera vez. De más abajo viene el olor a pis que se mezcla con perfume. Ya no me gusta, habla como los grandes y está sucia. Veo a un gitano acostado en cueros en el piso de la carpa, agarra la guitarra y le pasa el cigarrillo al Benja. Le señalo el reloj y le hago el gesto de irnos, pero el boludo no me ve.
—Rompé que te adivino el futuro —insiste Imara.
—Me voy. Me tengo que ir.
—¿Tu mamita te espera? Ella te quiere, pichón, se preocupa por vos. Ese amor es este huevo. Porque tu madre te venera, te ama. Y te lleva con vos a todas partes, a todas partes te lleva y te va a llevar siempre. Rompelo para ver.
Se equivoca la gitanita, mi mamá no va a ir a ninguna parte en ese estado.
— Dale, rompé fuerte —dic —, ella te quiere y te va a llevar, rompé.
Rompo. Chorrea entre mis dedos una cosa negra asquerosa. Imara corre espantada, entra en la carpa pisando barro. Me lleva unos segundos despabilarme. Dejo caer el maple y cruzo a lavarme las manos en la canilla de una casa de enfrente. Le grito al Benja para irnos.
Corremos. Pregunta por qué corremos. No contesto, siento el miedo en el pecho. Mi amigo dobla en la esquina y entra al trote por el patio de su rancho. El pecho me da pequeñas puntadas, duele. Cuando llego a casa, la ambulancia arranca despacio, con las luces apagadas, hacia el centro. Algunos vecinos murmuran de brazos cruzados en la vereda y después se van. Corro adentro. Mi papá llora en el sillón del living. Mis manos huelen horribles y no puedo respirar. En la televisión siguen festejando el triunfo de Menem. Pero mi papá no ve la tele y no hace falta que me lo confirme, miro a la pieza oscura y la cama de mi mamá vacía. Mis manos no saben qué hacer, abro bien grande la boca pero no entra ni una gota de aire. Mi papá se espanta y me mira. Sus ojos están deformes. Abro grande la boca, sigo boqueando como un pescado tirado en la orilla.
Una versión sugerida en otro cuento se publicó por primera vez en un cuento perteneciente a Los muertos, El Mensú ediciones, Villa María, 2012
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