El tiro pega en el travesaño y la pelota se va lejos. El Paco la busca y vuelve corriendo, dice que ya se siente el olor a jabón de la vieja Rosetto. Marina, se llama. Tiene treinta años y vive sola. Si sentimos el olor es porque se depila la concha en la ventana del patio, es un asco. Corremos por la bajada del cortadero y nos escondemos entre las cubiertas de tractores tiradas. La miramos. Una vez el Lucas se acercó y se la quiso tocar. La vieja Marina lo arrastró de la oreja siete cuadras hasta la casa. Cuando los padres abrieron la puerta, el Lucas se meó encima.
Nos sacamos los botines, tomamos Coca-cola y hablamos de las chicas y de cómo tendrán las conchas. El tío del Jenjo nos había explicado:
—Para tocárselas hay que chamuyarlas mucho. Y la tienen al medio, no adelante. Por adelante mean y por atrás cagan, al medio está la concha.
Una noche espié a mi hermana por la cerradura del baño y la vi enjabonándose. Tenía un triángulo de pelos entre las piernas. Al triángulo lo dibujó con la maquinita de afeitar. Según el Paco, aunque sea tu hermana, el pito se pone duro igual. Cuando vi la maquinita de afeitar cerca del triángulo, me desmayé contra la puerta, y se abrió.
Desde ese día mi hermana cuelga la toalla de la manija para que no se vea adentro. A veces subo al techo a espiar por la claraboya, pero no se ve.
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