Mi primer amor fue Julieta,
la chica de Tampa.
Después amé a la noche,
ese velatorio
de los amaneceres
que lavan el desvelo.
Algo imperceptible me picó,
como esa abeja en la alberca del primo Jefry
en Covina
a los seis años.
Vinieron otras pasiones,
normales, femeninas, matrimoniales.
Hoy hago el amor a no sé quién,
cultivo no sé qué cosa ni con qué fin.
En algún lugar del cuerpo,
la marca que no encuentro,
debe ser lo que siento latir
y me enloquece.
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