Dio un portazo de viernes por la tarde la mujer esa
mientras los sonidos abajo en el centro presagiaban
las fiestas y los lobos.
Telefoneó más tarde
desde un hotel alojamiento cerca de Jacksonville.
Se oía a los vecinos bañarse con música a alto volúmen,
me lo decían las cañerías, y a ella
otras cosas le decían, según dijo, en esa ladera
de la ruta, sola y con miedo.
No supe si levantar vuelo o crear nido
y nada hice porque el silencio sentado
frente a mí en el cuartucho de Pasadena,
me miraba muy serio con las manos en la mesa
pidiendo que escriba y beba.
Y ella por teléfono hola hola hasta colgar
y yo mirando al hueco que grita, boca que muda
dicta: ¡Escribe,
escribe de una vez!
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