La bola de fuego verde cruza el cielo del barrio y se pierde atrás de los zanjones. Veo las caras de los chicos coloradas de tanto correr, alumbradas con verde. A varios nos compraron bicis nuevas y nos volvemos a buscarlas. El Paco no habla. Los otros días la madre lo despertó morado. Le abrió la boca y le sacó un ovillo de pelos rubios de la garganta. Según él, los pitufos no lo dejan dormir, lo quieren matar. Escondidos en la piecita de la limpieza del colegio, el Paco nos contó que se miró y tenía rayones azules en los codos y sangre… los pelos eran de Pitufina. En el otro recreo, la hermana del Paco pasó por el pasillo sin un mechón en la frente. Según el Jenjo, el Paco empezó a ver cosas cuando el padre se le murió.
Si mi papá se muere, me mato. Hay un mural en el living donde está con los otros dos Bee Gees de camisas celestes abiertas en el pecho. Para el Paco, los del mural son unos músicos de Estados Unidos. De envidioso lo dice. Yo pienso que a la noche mi papá se va a tocar, le miente a la mami: dice que trabaja en la fábrica de lavarropas. Quiero ver un ensayo en mi casa, así puedo cantar y los veo a los otros dos Bee Gees. En el patio hay una soga colgada de un árbol con la manija de la damajuana del jugo. La usamos de micrófono. Al verdadero, mi papá lo guarda en un cajón de la cómoda y no se lo presta a nadie. Mi hermana canta Raffaella Carrà, y yo los temas de los Bee Gees que me invento, porque la verdad que nunca los escuché.
Y quiero ser mago. Inventé un truco espectacular: salgo desnudo al escenario, sin aparatos, ni capa, ni asistentes, ni nada. Después, moviéndome despacio, saco un chancho de la espalda. Es más grande que yo y se cae y nadie sabe de dónde lo hice aparecer y de dónde me viene tanta fuerza. También saco perros, pájaros, palomas, monos, y al último el pavo real se acerca al público y abre la cola. Los animales se juntan en el escenario y el truco termina. Me voy sin saludar. Unos hombres entran con jaulas y se los llevan. Vuelvo al escenario vestido y la gente aplaude.
El Paco se ríe, dice que para hacer ese truco hace falta un telón-espejo reflejando el piso del escenario y el color del fondo. En la piecita donde mi papá guarda chatarras no hay ningún telón-espejo. Hay un pila de revistas Tony y D'Artagnan y leemos varias horas. El Paco se ríe, busca puteadas en los globitos. A la tarde fui a “El Rebusque”, y el hombre me las cambió por diez Lupines. Pero mi papá se iba a dar cuenta, así que busqué las Tony. Revolví atrás de un estante mugriento y saqué un libro envuelto con una bolsa roja de plástico, lo único que alcancé a leer fue: “Adoración por el diablo”. Era un librito viejo. El dueño se dio vuelta a bajar una pila y me lo escondí en el pantalón. En la caja revisó las revistas y me dejó ir.
Llegué a mi casa, le mostré el libro al Paco sin abrirlo y lo escondimos en la piecita, atrás de las latas de pintura con pinceles petrificados adentro. Nos dio un poco de miedo.
En la radio dijeron que la bola verde era un meteorito o algo así. Una vuelta, en vez de la bola vimos un avión. Escuché la explosión y salté en calzoncillo por la ventana. La vieja Aghemo y el marido miraban al cielo. El avión era de guerra y largó mucho humo. Rozó la torre de E.P.O.S. y en menos de dos segundos, las casas. Casi nos deja sordos. Me vestí y agarré la bici.
Cuando llegué al campo vi a los de la televisión, los bomberos y un montón de gente alrededor del fuego. Vi partes del avión por todos lados. No encontraron al piloto. Los mellizos Juárez dijeron que se eyectó y andá a saber dónde fue a caer. Para el viejo Ríos, no: él lo siguió bien al avión y el tipo no se eyectó en ningún momento. Las viejas se quejaban que cómo podía ser, que mirá si cae arriba de las casas, es un peligro.
Estaba espectacular si caía arriba del barrio, pero no en mi casa ni en la del Paco, ni en la del Pelusa. ¡Menos en la de la Caro!
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